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3 propuestas para una estrategia climática

periodismo y ciencia política
21/04/2022

Mientras las tertulias y periódicos se indignaban ante las masacres en Ucrania y la inflación imparable, a principios de mes se publicó el último informe del IPCC, el grupo de expertos de Naciones Unidas sobre cambio climático. De nuevo, el grito de alerta de la comunidad científica, que advierte de que será imposible limitar el calentamiento global a 1,5 grados si no se reducen las emisiones a la mitad para el 2030. “Es ahora o nunca”, dicen los autores. Como en otras ocasiones, activistas, divulgadoras científicas y periodistas especializados en crisis climática intentaron desesperadamente que la nueva hornada de datos hiciese mella en las conciencias y produjese los cambios necesarios.

Pero cada vez es más claro que ningún informe científico por sí mismo conseguirá la movilización necesaria para impulsar la transición ecológica, rápida y profunda que nos exige la ciencia. Por eso, cada vez más autoras dedican sus esfuerzos no ya a explicar los efectos del calentamiento global y las políticas necesarias para revertirlo, sino a hacer propuestas estratégicas, lanzar ideas sobre cómo puede ganar el movimiento por el clima. Aquí van algunas propuestas, basadas en aportaciones de algunas de estas autoras.

Abandonar el catastrofismo, explicar los beneficios de la transición ecológica

Antònio Guterres, el secretario general de la ONU, llamó al anterior informe del IPCC “atlas del sufrimiento humano”. Hace unos meses hablaba de un escenario “aterrador”, después de presentar datos de la Organización Meteorológica Mundial. Como dijo cierto periodista, a Guterres se le “agotaban las palabras duras” para advertir de las consecuencias de la emergencia climática. Sin querer, el periodista estaba describiendo los límites del miedo como agente movilizador. Añadir datos y adjetivos estremecedores a los que ya conocemos no ha sido suficiente hasta ahora para modificar las políticas climáticas y ni siquiera hay una correlación directa entre información disponible y movilización social. De hecho, el divulgador Andreu Escrivá explica que el miedo puede resultar paralizante. En sus propias palabras, “Ante el cambio climático, con previsiones e imágenes catastróficas, percibimos que es un problema enorme, con consecuencias que nos sobrepasan. Y esto lo anteponemos a nuestras acciones, que creemos insignificantes”.

Por eso, Escrivá propone “hablar del pasado sin sonar a lamento y del futuro sin fatalismo, pero con esperanza”. La filósofa Kate Soper concreta esta propuesta en su libro Post-Growth Hedonism, donde señala el consumismo como una de las principales causas del desastre ecológico y defiende que superar este modo de vida que caracteriza la sociedad capitalista actual no solo es necesario para ajustar la economía a los límites materiales de la Tierra, sino que supondría una mejora de la vida de las personas. De hecho, sostiene de manera convincente que, aunque no existiese la emergencia climática, sería necesario dejar atrás el consumismo y la aceleración permanente que se han extendido como regla de vida en gran parte del mundo durante las últimas décadas.

De manera más general, los defensores de las distintas versiones de transición ecológica justa (propuestas radicales de Green New Deal o decrecimiento ordenado) conciben la descarbonización de la economía como una oportunidad para transformar el sistema económico mundial a favor de las mayorías sociales. Por justicia pero también por pragmatismo: para obligar a las élites políticas y económicas a impulsar la transformación económica verde será necesaria una movilización masiva y esta solo será posible si la mayoría social ve claro qué tiene que ganar con el cambio. Ya conocemos la alternativa: políticas ecológicas que castiguen a las clases populares y provoquen movimientos de oposición como los ‘chalecos amarillos’.

Señalar a los culpables de la crisis climática

Durante mucho tiempo, los sectores más influyentes del ecologismo han manejado una retórica que colocaba a la “humanidad” como responsable de los problemas ecológicos, señalando la modificación de los hábitos individuales como la solución. Afortunadamente, con el agravamiento de la crisis climática y el crecimiento del movimiento por el clima se ha ido imponiendo un discurso más ajustado a la realidad, con el concepto “capitaloceno” ganándole poco a poco terreno al “antropoceno”.  Como explica Nancy Fraser en la New Left Review, no es la “humanidad” la responsable de la emergencia climática, sino la clase empresarial “que diseñó el sistema de producción y transporte basado en los combustibles fósiles y que inundó la atmósfera de gases de efecto invernadero”. Estamos acostumbrados a leer los porcentajes de emisiones de cada Estado, pero resultan aún más reveladores los datos sobre las empresas: 20 grandes multinacionales son responsables de un tercio de las emisiones globales. Para Fraser, la consecuencia es clara: el movimiento del clima tiene que ser anticapitalista, ya que el capitalismo “alberga una contradicción ecológica profundamente asentada”.

Poco a poco, el movimiento por el clima está pasando de una retórica apolítica centrada en la responsabilidad individual a un discurso explícitamente político, que asume el conflicto de intereses inherente a la transición ecológica y señala a los principales culpables de la crisis climática, con acciones como las de Fridays for Future o Extinction Rebellion contra gobiernos y grandes empresas de la economía fósil. Una vez identificados estos responsables, en palabras de Andreas Malm la pregunta clave del ecologismo contemporáneo sería “¿Cómo construimos el músculo social necesario para obligar a los estados a hacer lo que hace falta?”.

Usar todos los medios políticos posibles

Uno de los dilemas tradicionales del ecologismo ha sido la escala de acción política. Los problemas ambientales suelen ser globales, con manifestaciones específicas en ciertos territorios. Por ejemplo, el cambio climático es una dinámica mundial, que se manifiesta en diversas formas y con diferente intensidad (con la injusticia añadida de castigar más a los países y a los grupos sociales que menos han contribuido a provocarlo, incluidas las clases populares, las mujeres y las personas racializadas). Los movimientos ecologistas se han movido entre la acción local (un ejemplo sería los movimientos en defensa de ciertos ecosistemas específicos), estatal o internacional, con las movilizaciones en torno a las cumbres climáticas como ejemplo más habitual de las acciones de escala global.

En la actual situación de emergencia climática y sin una autoridad mundial capaz de imponer obligaciones a los Estados, nos encontramos con la paradoja de que el poder estatal es el único capaz de poner en marcha los cambios profundos y rápidos necesarios para detener el cambio climático, que es un problema global. Por eso los partidos políticos son un instrumento inevitable para la política climática, como defiende James Butler en The Guardian. Sin embargo, los tiempos de la política electoral-representativa son esencialmente contradictorios con la perspectiva a largo plazo necesaria para tomar decisiones drásticas para la transición ecológica. Por eso, resulta necesario complementar la política institucional con instrumentos específicos, como las movilizaciones en la calle o las asambleas ciudadanas que propone el movimiento Extinction Rebellion. Estas asambleas tienen el potencial de contribuir a visibilizar la mayoría social a favor de la transición ecológica, ampliar esta mayoría y presionar a los partidos políticos para impulsar las políticas necesarias.

Por otro lado, los litigios climáticos están mostrando sus primeros resultados. En Holanda, un tribunal condenó recientemente a Shell a reducir un 45% sus emisiones, una decisión histórica que implica una obligación concreta para una de las empresas más contaminantes del planeta y además tiene dos efectos políticos potentes: señalar la responsabilidad directa de las empresas en la crisis climática y dejar en evidencia la debilidad de las actuaciones de los Estados. Sería una imprudencia dejar en manos de la Justicia la lucha climática –también hay muchos ejemplos de fallos desfavorables–, pero el éxito de Amigos de la Tierra contra Shell muestra que es una línea de actuación que vale la pena explorar. Todas las herramientas son pocas para la batalla desigual que enfrenta al movimiento por el clima con las élites que se benefician de la economía fósil y sus representantes políticos.

Conclusión

Uno de los principales aprendizajes de la izquierda post-15M fue que desvelar la verdad no era suficiente para convencer, que para llegar a las mayorías sociales había que construir imaginarios ilusionantes, esperanzas creíbles de cambio… y que también ayudaba señalar un adversario claro, un rival político contra el que se pudiese agrupar gente muy diversa. Algunas señales sugieren que el movimiento por el clima está iniciando un recorrido similar, evolucionando hacia un movimiento más explícitamente político. Ojalá no sea demasiado tarde.

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