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Alfons Quintà: último acto de servicio

La única reseña crítica que leerás del libro 'El hijo del chófer', de Jordi Amat. Miguel Martí habla de cómo Amat redime al poder de su oscuridad al volcarla en Alfons Quintà.

01/11/2021

En el último párrafo de El hijo del chófer Jordi Amat habla de redención: «contar lo que explico es moralmente discutible, pero al mismo tiempo socialmente necesario […] Se trataba de buscar la verdad oscura que el poder esconde para perpetuarse. Intentar encontrarla es experimentar el riesgo traumático y redentor de la libertad». Según el relato de Amat, todo el viaje de Alfons Quintà era un intento de redención respecto a un pasado que nunca lo dejó de perseguir y, a su vez, la voluntad del narrador es redimir a la ristra de vidas quebradas que aquel dejó por el camino.

De manera unánime se ha descrito este libro como un viaje al interior de la trama catalana del poder del 78. Ese es un primer espejismo en el que el texto consigue atrapar; la sensación de estar conociendo desde dentro la maquinaria de la historia. Pero es razonable preguntarse si puede conocerse la verdad del poder a través de un personaje monstruoso como Alfons Quintà, en tanto que este representa alguien o algo fuera de lo normal y quienes ejercen el poder realmente no son seres extraordinarios. Por ejemplo, retratar a un anciano venerable como Jordi Pujol al lado de una bestia inmunda capaz de representar el mal y todos los males, indudablemente tiene efectos benéficos sobre el primero. La ecuanimidad del juicio histórico que hace Amat sobre el expresident en las entrevistas realizadas a raíz del libro, es en sí mismo un efecto de ese contraste del demonio frente a todo lo demás.

Abundando en la noción de redención, lo que realmente hace Amat es construir, de manera impecable, un chivo expiatorio. El hijo del chofer representa a su protagonista como un espécimen único, un psicópata que arrasa allí por donde pasa, que vive bajo la carga de un pecado original, el abandono del padre, cuya relación causa-efecto se resume así: Quintà es la víctima de una infancia maltratada e infeliz que se convierte a su vez en maltratador. Eso hace de él alguien anormal que resulta devastador en su relación con la gente normal. Josep Pla aparece como alguien excepcional para quien hacer las cosas normales lo convierten en un ser excepciona; Quintà padre es el normal súbdito de Pla que abandona sus responsabilidades familiares con masculina normalidad; los compañeros de las distintas redacciones por las que pasa el periodista son gente de lo más normal en todos los sentidos; Manuel Ibáñez Escofet «es gritón pero paternal», o sea, que te grita lo normal (p. 63); Cebrián es alguien que censura dentro de la normalidad del sentido de Estado; y Jordi Pujol es simplemente alguien que ejerce el poder con la normalidad de un animal político. Entre ellos, Quintà es un monstruo de siete cabezas, que está en el momento y el lugar adecuados pero haciendo cosas fuera de lugar. Todos hacen lo que es normal en su función dentro de las estructuras de poder y su contexto histórico. En cambio, la bestia a la que persigue Jordi Amat parece la única de todo el coro que no tiene contexto, que hace las cosas desde el motor de un mal endémico, un desalmado, un sicario, cuyo mal sin sentido ni contexto se convierte en herramienta instrumental del poder.

Pero Quintà sí tiene un contexto, que Amat explica magníficamente, pero del que elude algunas conclusiones importantes. Estamos ante un mundo de hombres; las mujeres apenas tienen un papel como víctimas, no solo para sus protagonistas, también para el narrador. Resulta significativo la profunda descripción del vínculo de Quintà con su padre frente al escaso conocimiento de la relación con la madre, pese a que en esa historia de abandono el protagonista pasa en su infancia más tiempo con ella que con él. En ningún caso la violencia y la misoginia se asocia en las conclusiones con la exclusión que ese mundo de hombres hace de las mujeres en lo social, como sujetos, como referentes y como prescriptoras de lo que es la vida (eso era competencia del padre, de Pla, de Vicens Vives o de Miratvilles). La psicopatía de Quintà se manifiesta en el caso de los hombres en forma de luchas de poder y en el caso de las mujeres en formas de subordinación violenta, pero salvo algunas alusiones al silencio o la complicidad del entorno, no parece que para Amat juegue un papel importante la formación social de género. La búsqueda de una sola causa, de la causa de orden psicológico centrada exclusivamente en el sujeto y sus relaciones más inmediatas, permite una construcción aparentemente verosímil. Quintà parece desarrollar una psicopatía surgida en exclusiva de su fuero interno, de la que el investigador busca señales en algunos comportamientos de la infancia, y que cristaliza en ese ancestral sentimiento de abandono centrado siempre en el padre (o en quienes harán ese papel de manera sucesiva en diferentes momentos). La referencia al asesinato de su última pareja extrae una conclusión unívoca en ese sentido: «Victoria volvió para cuidarlo y, precisamente, por el gesto de humanidad de ella, él puede vengarse». No obstante, Amat ofrece suficiente información como para pensar esa violencia como fruto un contexto de fraternidad masculina donde la mujer es comprendida como una propiedad y donde el sentimiento de abandono es más un detonante o un pretexto que un motor.

También existe un contexto respecto a la actividad periodística del protagonista. Amat, sin pretenderlo, convierte esa psicopatía de Quintà en una especie de transferencia donde la bestia atrae como un imán toda la oscuridad de las malas prácticas de la industria mediática. El autor se refiere así a la profesión: «los ingenuos no sirven para este oficio. No es un territorio para la moral. Es una batalla destructiva. Abrasa a quien la juega y la pierde, encumbra a quien la gana» (p. 111). Pero el contraste entre esa figura satánica —que por mero afán de venganza se pone al servicio de su mayor enemigo, pacta con el diablo, para edificar la primera TV3— y el resto de hombres y prohombres mediáticos de su generación, de alguna manera absuelve a estos últimos. El protagonista se forma y crece profesionalmente en esa ventana histórica en la que los hábitos y los poderes mediáticos del franquismo se entrelazan y se fusionan con la construcción de una nueva estructura de poder informativo. Si pensamos que el periodismo de este país tiene un déficit en cuanto a la revisión crítica de sus herencias del ciclo franquista y de su papel como cuarto poder (que no como contrapoder) del régimen del 78, puede que Quintà sea un gran ruido que impide escuchar completa una determinada sinfonía. Entre las historias de la transición está por escribir una dedicada al relevo de los capos de la prensa del movimiento a los príncipes del oligopolio mediático, de cómo se transforma (y cuánto no) una determinada relación con el poder político y económico. Un período en el que Quintà no es una excepción sino parte de la regla.

Utilizando la teoría moral planteada por Amat sobre la profesión periodística, después de leer toda la mierda acumulada sobre Quintà, a su lado todo el resto de grandes figuras de poder mediático ejercen una dosis normal o justa de inmoralidad. La duda es quién decide cuál es la posología adecuada o si la establece de facto la presencia de una bestia que pone tan alto el listón que a su lado todo huele a rosas y azahar. Al fin y al cabo, si despojamos a la bestia de sus atributos más siniestros, nos queda exactamente un príncipe de los medios, caído en desgracia mucho antes que la media habitual, pero no muy diferente de los Juan Luís Cebrián, Pedro J. Ramírez, Luís María Ansón, Francisco Marhuenda, Marius Carol o Antonio García Ferreras. Sujetos que producen un poder propio aunque siempre subordinado a su señor. Ellos y sus justas dosis de inmoralidad son redimidos gracias a la figura hiperbólica de Quintà.  

Este es quizás el motivo de la unanimidad en torno al trabajo de Amat, con la inestimable ayuda de una investigación impecable y su calidad literaria. Del pozo de mierda que describe todo el mundo emerge más blanco que su protagonista. La trampa de El hijo del chofer es esta y es magnífica, porque una buena trampa solo puede construirse con buenos materiales: una investigación rigurosa, una trama bien construida, una prosa clara y concisa y un inteligente pero contenido sentido del drama. No sé si el libro ha servido de redención para las víctimas de la violencia del protagonista. Ojalá que sí. Pero, en términos políticos y de relato histórico, más que desvelar «la verdad oscura del poder», Amat redime al poder de su oscuridad al volcarla toda entera en el pozo de Quintà. Este hace, a través del propio Amat, su último servicio al poder.

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