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Contra el Marxismo de Billar

19/07/2022
Fuente: La Causa de Catón

A pesar de haber perdido presencia en el ámbito académico internacional, los planteamientos del Marxismo analítico siguen oyéndose hoy en los entornos de partidos y grupos auto-denominados marxistas. De entre los Marxistas analíticos, el que planteó una tesis más consistente fue G. A. Cohen. Durante las décadas de 1970 y 1980, su interpretación de la teoría de la historia de Marx generó mucha controversia. Su argumento, inicialmente expuesto en Karl Marx’s Theory of History: A Defense, provocó duras respuestas tanto de marxistas como de no marxistas. A pesar de la polémica que generó su obra, Cohen se mantuvo firme en su posición: «una vez que […] el marxismo preanalítico se encuentra con el marxismo analítico, entonces debe convertirse en analítico o en una mierda».[1] En este artículo no pretendo infravalorar la propuesta de Cohen, ni el impacto que tuvo su obra. Cohen plantea de manera lúcida y contundente una reformulación de un relato tradicional del materialismo histórico, inspirado en los marxistas soviéticos del siglo XIX, como Karl Kautsky y Georgi Plejanov. Lo que sí pretendo es destacar que, por mucho que se revindique con contundencia, la re-interpretación del Marxismo que sugiere Cohen, y que aún hoy sigue teniendo seguidores, no nos llevará a buen puerto. 

Cohen resume la teoría de la historia de Marx en dos puntos principales: la tesis del desarrollo y la tesis de la primacía. La primera postula que las fuerzas productivas tienden a desarrollarse a lo largo de la historia; y la segunda, que constituyen la fuerza motriz del cambio histórico. La tesis del desarrollo se explica en términos de características pre-sociales y biológicas: la naturaleza racional y perezosa del ser humano explica su inclinación a desarrollar las fuerzas productivas, con el objetivo de ahorrarse trabajo. En cuanto a la tesis de la primacía, da una explicación más compleja. El desarrollo histórico es, para Cohen, el resultado de una interacción «funcional» entre tres componentes que constituyen todas las sociedades humanas: las fuerzas de producción, las relaciones de producción y la superestructura. Según Cohen, las fuerzas de producción refieren tanto a los medios físicos de producción como a la fuerza de trabajo (incluyendo, además de la destreza física, el conocimiento productivo); las relaciones de producción refieren a la forma en que las personas se relacionan entre sí y con los medios de producción en el proceso de utilizarlos; y las superestructura refiere a las instituciones jurídicas y políticas que constituyen la sociedad.

Cohen sostiene que la tesis del desarrollo y la tesis de la primacía explican conjuntamente la teoría del cambio histórico de Marx. Dado que los seres humanos tienen una tendencia natural al ahorro de trabajo, les favorece el desarrollo de las fuerzas productivas. Éste impulso, además, afecta tanto a las relaciones de producción como a la superestructura y, consecuentemente, hace progresar la historia. Es cierto que Cohen afirma que las fuerzas productivas no condicionanúnicamente el resto de elementos de la sociedad; está dispuesto a reconocer que tanto las relaciones de producción como la superestructura también pueden afectarlos. Pero como su relato es de tipo «funcional», sigue reivindicando, no obstante, un proceso causal lineal. Aunque las relaciones de producción y la superestructura pueden desempeñar un papel importante en el modelo de Cohen, éstas son inertes en sí mismas: son sólo «funcionales» al desarrollo ahistórico de las fuerzas productivas, que a su vez se explica por una comprensión igualmente ahistórica de la naturaleza humana. Dicho de otra manera, y usando una metáfora del mundo del billar: la interpretación de Cohen explica la historia como si fuese el resultado de golpear la bola blanca con un taco para que golpee a otra: la interacción de ambas bolas es una interacción entre objetos pasivos e inerciales, que sólo transmiten el movimiento impartido por un golpe inicial.

La tesis del desarrollo de Cohen se basa en una afirmación pre-social, lo que la hace directamente incompatible con el materialismo histórico de Marx. Cohen necesita apoyarse en ella porque importa sus métodos analíticos al marxismo. Las fuerzas de producción, las relaciones de producción y la superestructura se consideran categorías claramente diferenciables. Por tanto, necesita incluir una fuerza exógena en su modelo para explicar el progreso histórico. Es en este punto donde su interpretación tergiversa la de Marx. Siguiendo la dialéctica hegeliana, Marx entiende los elementos de la realidad sólo en relación con el conjunto al que pertenecen, y no como partes individuales y aisladas las unas de las otras. Esto se debe a que un burro, a modo de ejemplo, sólo puede considerarse una fuerza productiva bajo un conjunto de relaciones de producción, que están necesariamente determinadas socialmente. Por sí solo, no es más que un animal en abstracto; y esto no nos dice nada sobre el papel, si es que lo tiene, que puede desempeñar en una sociedad. (Los burros han sido absolutamente claves, pero también completamente innecesarios en términos productivos en diferentes sociedades). 

De hecho, Marx ya había criticado los relatos materialistas de su época precisamente en esos términos. Estos concebían, según el filósofo alemán, «la cosa, la realidad, la sensoriedad, […] sólo en forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana «.[2] Al igual que Cohen, éstos reivindicaban un materialismo de tipo mecanicista, porque confundían los procedimientos epistemológicos con las categorías ontológicas. Aunque Marx admite que la separación de los elementos de la realidad es útil para la investigación científica, sostiene que pierden su oposición en la práctica, en donde no se pueden discernir claramente. Por eso no cree que las teorías de la historia puedan basarse en la interacción mecánica entre elementos distintos. Por el contrario, Marx afirma que hay que entenderlos en sus contextos socio-históricos, donde necesariamente interactúan y se fusionan.

A lo largo de toda su obra, Marx mantuvo firme su convicción de que el progreso histórico no esta impulsado por ningún elemento estático. Una explicación del progreso histórico basada en una determinada noción de la naturaleza humana, por tanto, resulta profundamente anti-marxista. Precisamente, Marx planteó esa crítica a los economistas políticos clásicos, como Adam Smith, que veían el proceso histórico como resultado de la «tendencia natural del ser humano al intercambio».[3] Para Marx, basar el cambio histórico en una comprensión abstracta y ahistórica de la naturaleza humana es sencillamente «estúpido […]; porque toma al hombre aislado como punto de partida».[4] Marx reivindica, por tanto, que el movimiento histórico debe ser entendido socio-históricamente, porque los hombres y las mujeres sólo pueden ser entendidos en esos términos -y no por una antropología a priori.

No confundan éstas palabras: no estoy planteando que Marx fuese un completo relativista. Que Marx enfatice la especificidad histórica no quiere decir que ignore los rasgos comunes que existen en todas las sociedades. A través de su particular comprensión de la economía, Marx abarca esta aparente contradicción. Marx considera que los seres humanos, como seres biológicos, requieren siempre de ciertas necesidades materiales, que se satisfacen a través de una economía. Pero esto no significa que, como consecuencia de la condición material del ser humano, el lugar de la economía sea el mismo en todas las sociedades. Para Marx, aunque todas las sociedades necesitan una economía, el papel que ésta adquiere en cada sociedad pueda ser cambiante.

La teoría de la historia de Marx, por tanto, «no parte del hombre, sino de un periodo económico determinado de la sociedad».[5] Y de nuevo, que Marx estudie las sociedades socio-históricamente no implica que ignore los hilos comunes que las conectan. Para Marx, las formaciones económicas no evolucionan al azar de una sociedad a otra. Marx acepta que las fuerzas productivas son un elemento clave del sistema económico y que tienen una tendencia general, aunque débil, a desarrollarse. Esto se debe a que el conocimiento tecnológico tiende a ser acumulativo. De hecho, esto le lleva a afirmar que algunos modos de producción sólo podrán surgir cuando se haya alcanzado un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Las sociedades capitalistas, por ejemplo, no se desarrollan directamente a partir de comunidades pastoriles. Por lo tanto, es cierto que Marx aceptaría una interpretación débil de lo que Cohen denomina la tesis del desarrollo. Sin embargo, y aquí está la clave, Marx considera que ésta sigue siendo una afirmación demasiado amplia para explicar una teoría de la evolución histórica. Según Marx, las fuerzas productivas han pasado por momentos de estancamiento y momentos de rápido desarrollo. Su desarrollo, pues, no puede explicarse en términos de una tendencia natural, exógena y constante a economizar el esfuerzo o aligerar el trabajo.

Para explicar por qué el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas ha variado tanto, Marx estudia las sociedades de forma inmanente: analiza cómo se relacionan las personas al utilizar las fuerzas de producción.  Hay una diferencia sustancial, afirma, entre la lógica de las sociedades pre-capitalistas y las capitalistas. En las primeras, no hay una presión sistemática para desarrollar las fuerzas productivas. En consecuencia, la mayoría de las veces, éstas sólo han tenido una tendencia débil y esporádica a desarrollarse.  Con respecto a la segunda, Marx afirma que su lógica interna la diferencia de todas las demás sociedades: el capitalismo «no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción».[6] La diferencia entre las lógicas de las formaciones económicas precapitalistas y capitalistas se explica por un cambio en sus relaciones de producción.

En el capitalismo, los trabajadores han sido separados de los medios de producción, lo que les obliga a entrar en el mercado para subsistir.  Cuando las clases dominantes pre-capitalistas quieren aumentar su poder, tienen que recurrir a medios como la guerra o el robo para apropiarse del fruto del trabajo de los demás. Como resultado, la productividad global no se ve afectada: las clases dominantes se aprovechan de una producción ya existente. En el capitalismo, por el contrario, los trabajadores dependen del mercado para subsistir. El poder de negociación de las clases dominantes es, por tanto, mucho mayor; por eso no necesitan medios de coacción extra-económicos para adquirir riqueza. En lugar de recurrir a la fuerza física directa, desarrollarán las fuerzas de producción para aumentar la productividad global, incrementando la cuota de plus-valor.[7] Para Marx, las relaciones de producción son, por tanto, cruciales; determinan las leyes particulares del movimiento de las diferentes formaciones económicas -si las fuerzas tienen o no una presión sistemática para evolucionar. Por lo tanto, Marx no argumenta, como hace Cohen, que necesariamente fomentan el desarrollo de las fuerzas productivas; esto es sólo una característica específica del capitalismo que no tiene por qué aplicarse a otros tipos de sociedades.

El relato mecanicista del materialismo histórico de Cohen, pues, no puede atribuirse a Marx: su perspectiva analítica no encaja con el relato dialéctico del filósofo Alemán. Cohen considera el desarrollo histórico como el resultado de una tendencia ahistórica de las fuerzas productivas a desarrollarse, a su vez explicada por una comprensión a priori de los seres humanos como animales que ahorran trabajo. Por el contrario, la teoría de la historia de Marx se explica de forma inmanente, es decir, argumenta que las fuerzas de producción deben entenderse dentro de las relaciones de producción en las que se encuentran. Es cierto que Marx considera que el conocimiento tecnológico suele ser acumulativo, lo que hace que las fuerzas productivas, elemento clave de la economía, tenga una amplia tendencia a desarrollarse. La afirmación de Marx, sin embargo, sólo equivale a una versión débil de la tesis del desarrollo de Cohen. Marx no fundamenta su teoría de la historia en una concepción estática y ahistórica del ser humano porque se aplica a demasiadas formaciones económicas para tener valor explicativo. 

En la teoría de la historia de Marx, las relaciones de producción son cruciales en sí mismas para el desarrollo histórico. Su interacción con las fuerzas productivas es lo que explica el cambio histórico, sin que necesariamente fomente su avance. La tesis de la primacía de Cohen, que explica «funcionalmente» las relaciones de producción en términos de su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas, queda por tanto en entredicho. Cohen no logra ofrecer una interpretación plausible de la teoría de la historia de Marx porque la basa en una característica humana infundada y exógena. Para Marx, la fuerza motriz de la historia es la interacción dialéctica entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción (socio-históricamente específicas). Reivindicar el materialismo histórico, pues, tiene poco que ver con asentar cátedra sobre lo que “realmente” es la naturaleza humana, y con los comportamientos que supuestamente se derivan de ella. Por mucho que se formule de la mejor de las maneras, para Marx, la Historia no es una partida de billar.


[1] G.A. Cohen, Karl Marx’s Theory of History: A Defence.

[2] Karl Marx, Tesis de Feuerbach.

[3] Marx, El Capital: Crítica de la economía política; Adam Smith, La riqueza de las naciones.

[4] Marx, Formaciones económicas precapitalistas.

[5] Karl Marx, Notas sobre el «Lehrbuch der politischen Ökonomie» en Simon Kennedy, Karl Marx’s Theory of History.

[6] Marx, El Manifiesto Comunista.

[7] El excedente de trabajo sólo aumentará si el aumento de la productividad es necesariamente superior al aumento de los salarios que pueda producirse.

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