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¿Dónde está el europeísmo de izquierdas?

Es hora de que Europa renuncie a uno de sus inventos más exitosos, el estado-nación, y se plantee un proyecto político-territorial de base abiertamente postnacional.

Oficina de Drets Civils i Polítics
12/02/2021

La izquierda europea a la izquierda de la socialdemocracia oficial, y aún más la del sur del continente y muy especialmente la española y la catalana, ha tenido y tiene una relación incómoda y ambivalente con uno de los procesos políticos más decisivos y trascendentales de la segunda mitad del siglo XX y de esta primera del XXI: la integración europea. No se opone frontalmente (con algunas excepciones) porque sabe que hasta ahora el grueso de las clases populares asocian el concepto Europa a niveles superiores de desarrollo, libertad y bienestar, pero tampoco se le siente del todo suyo, el proyecto, y tiende a situarse en una posición distante, crítica y testimonialista.

Las razones de esta lejanía ideológica y emocional son diversas. Una es fundacional y tiene que ver con el contexto de la guerra fría y con el hecho de que las primeras estructuras europeas (la CECA primero y la CEE después) nacieran de la mano de los Estados Unidos y en oposición a la URSS. Otra tiene que ver con el justificado sentimiento de culpa por los horrores del colonialismo eurocéntrico. Y aún otra, la que ahora más pesa, es una reacción al enfoque prioritariamente económico y comercial de la construcción europea y la gestión insolidaria y a menudo inhumana de sus fronteras exteriores. Tampoco ha ayudado que tanto el fascismo clásico como la ultraderecha actual, y muy especialmente la de matriz más abiertamente racista y neonazi, se hayan llenado la boca de Europa. Por si fuera poco, en el caso español y me temo que también catalán, debemos añadir el atávico complejo de inferioridad hacia el norte europeo (donde dicen que la gente es limpia y noble, culta, rica, libre, despierta y feliz!, decía Espriu) traducido en la reivindicación de una mediterraneidad construida en oposición a la idea de Europa y popularizada a partir de tópicos ciertamente discutibles como los que proclaman Serrat o Francisco en sus canciones (soy cantor, soy embustero, me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero. Qué le voy a hacer, si yo nací en el Mediterráneo / Latino, tengo el calor de una copa de vino. No es por casualidad que viva la pasión apasionadamente, que no puedo guardar jamás fidelidad. No es por casualidad que entienda yo mi hogar Junto al Mediterráneo). 

La izquierda tiene una larga tradición de apropiación legítima y necesaria de los planteamientos nacionales y territoriales

Y, sin embargo, ni las circunstancias concretas en las que se inició la construcción europea, ni la hegemonía de la centroderecha en las instituciones comunitarias los últimos treinta años, ni el peso del pasado imperialista, ni el intento del fascismo y el neofascismo de apoderarse del concepto deberían ser motivos para inhibirse o distanciarse de la idea de fondo. ¿O es que no son todos los estados y naciones europeos producto de conquistas medievales y/o revoluciones burguesas? ¿No fueron también los estados nación los que protagonizaron las peores páginas del colonialismo? ¡Si fueron precisamente los estados miembros (también el español) los que en 2015 desobedecieron a la UE negándose a acoger los refugiados que les habían asignado! ¿Y no es también muy nacionalista la extrema derecha de todos y cada uno de los estados y naciones de Europa? Y no por eso la izquierda ha renunciado nunca ni a la idea de patria ni el patriotismo, ¿verdad? Seghers, Gramsci o Carrillo no renegaron de Alemania, Italia o España cuando estos estaban en manos del peor fascismo. Tampoco el independentismo de izquierdas abandonó el proyecto de liberación nacional de los Países Catalanes cuando éstos parecían condenados a ser gobernados eternamente por la derecha autonomista y la directamente españolista o jacobina. 

De hecho, la izquierda tiene una larga tradición de apropiación legítima y necesaria de los planteamientos nacionales y territoriales de origen digamos burgués, para llenarlos de valores progresistas y de clase. Lo hizo Guthrie en plena depresión norteamericana (This land is your land …) o Bragg en tiempos de la Thatcher (New England). Hacer lo mismo con Europa, construir un relato europeísta desde la izquierda es, pues, perfectamente posible y -creo- urgente. Si no es que ya nos sirve seguir utilizando Europa de chivo expiatorio, de culpable exterior y lejano al que cargar los males y contradicciones de la política nacional. 

Después de todo, la idea de una Europa unida tiene sus raíces en los planteamientos antimilitaristas y fraternalistas de Heine, Hugo o Zweig o en el Manifiesto de la Resistencia Europea de 1944 firmado por Blum, Visser’t Hooft y Spinelli, donde se reclamaba la creación de una federación de pueblos de Europa, la desaparición (!) de los ejércitos nacionales y la superación del mito de la soberanía absoluta de los estados. Y sí, es cierto que la integración europea surge como alternativa al socialismo soviético, pero lo hace domesticando el capitalismo hasta extremos inéditos. De hecho, es precisamente en los 30 gloriosos, en que este binomio (igualdad-libertad) evoluciona favorablemente, cuando el proyecto europeo avanza y gana prestigio; y es precisamente cuando esto se pone en cuestión, con la involución neoliberal, cuando el proceso se atasca y (casi) descarrila. Dicho de otro modo, o se vincula la idea de unidad europea a los derechos humanos, la democracia, la justicia social y la transformación ecológica o el desencanto y el consecuente repliegue estatal/nacional serán inevitables. 

Ojalá que no. Porque más allá del argumento pacifista, siempre vigente, la gran razón de ser de la construcción europea es la posibilidad de contar con un instrumento político dimensionado capaz de hacer frente a los problemas que tenemos planteados como humanidad (el cambio climático y el desequilibrio norte-sur, básicamente); que nos permita dialogar y negociar con las dos grandes potencias mundiales y, no menos importante, hacer frente (si hay voluntad política, naturalmente) a los grandes poderes económicos mundiales ante los cuales los estados se vuelven pequeños e impotentes. Por eso decimos que el neoliberalismo globalista y la extremaderecha nacionalista son falsos enemigos y que en realidad se complementan perfectamente. 

Es hora -propongo- de que Europa renuncie a uno de sus inventos más exitosos, el estado nación, y se plantee un proyecto político-territorial de base abiertamente postnacional

Y, sin embargo, una de las críticas razonables que se hace a la construcción europea, es precisamente que la falta de sentimiento o conciencia de pertenencia impiden revertir los efectos polarizadores de la moneda y el mercado único de la forma que lo hacen (o lo intentan) los estados: compensando la tendencia a concentrar la riqueza y la actividad económica en determinadas áreas con movilidad (migraciones internas), solidaridad fiscal (los territorios ricos pagan los servicios de los territorios pobres) y un terreno de juego político reconocido y practicable tanto para la lucha de clases como para las disputas territoriales. Esto, dicen, no puede pasar en Europa debido a la diversidad cultural, la falta de cohesión interna y la indefinición del marco político. 

Ciertamente, la realidad desmiente en parte estos argumentos: la movilidad intraeuropea es una realidad creciente (2.3 millones de polacos o 200.000 catalanes viven y trabajan en otros estados europeos), los Fondos de Cohesión y ahora el Next Generation implican flujos monetarios internacionales europeos nada despreciables y la política europea está cada vez más presente en nuestro imaginario. Sin embargo, la pregunta de fondo que plantea esta última objeción sigue siendo pertinente: ¿existe Europa como realidad humana capaz de soportar un proyecto político que pueda llegar a convertirse en una verdadera federación o incluso en una república (como propone Guérot)? Y de este debate, que es el debate de fondo, la izquierda no puede quedar al margen esperando a que los demás se aclaren para después criticar las conclusiones. Hay que definir esto de Europa no sólo a partir de los valores progresistas (por definición universales) sino también de componentes específicos vinculados a siglos de una interrelación mucho más profunda y constante de lo que los nacionalismos nos han querido hacer creer. Unos flujos permanentes y complejos que han acabado configurando un mosaico coherente, pero de límites difusos, en lugar del rompecabezas de difícil encaje que algunos quieren ver. Europa, como señaló Steiner, son calles con nombres, cafés, tradición grecolatina, un asceticismo y caminabilidad. Un territorio donde, como dice Llach, desde arriba de un campanario, siempre se puede ver el campanario vecino. Europa sería, en definitiva, lo que queda entre el desierto y el ártico, entre el océano y la estepa, un espacio donde la humanización (para bien y para mal) domina sobre la naturaleza. Sólo hay que salir para darse cuenta. 

Con la base física e histórica, sin embargo, no es suficiente, se debe también llenar la idea de contenido y de futuro estimulantes y aquí es dónde la izquierda tiene un papel insustituible. Hace falta una definición que supere para siempre la identificación con el cristianismo y la blanquitud, que no se detenga ni en Dniéper, ni en Gibraltar, ni en Estambul, que se desmarque del occidentalismo para proponerse como cruce civilizador y que, sobre todo, pretenda aprovechar su peso demográfico, político y económico para transformar, en positivo, las relaciones internacionales y las condiciones de vida en el planeta. 

Hace cien años nos hubiera costado imaginar una Europa política que no aspirara a convertirse en una nueva nación a imitación de los Estados Unidos de América. Ahora, en cambio, ya sabemos que si bien el nacionalismo ha sido una herramienta muy útil para superar la estratificación feudal y cohesionar (de grado o por fuerza) las sociedades surgidas de la revolución industrial, está hecho también de materiales altamente volátiles y responde mal a las necesidades de la actual sociedad de la movilidad y las identidades múltiples. Es hora -propongo- de que Europa renuncie a uno de sus inventos más exitosos, el estado-nación, y se plantee un proyecto político-territorial de base abiertamente postnacional, que haga bandera y proteja la diversidad lingüística y cultural, pero donde los derechos se vinculen estrictamente al ejercicio cotidiano de la ciudadanía, no a la identidad. Es en este contexto en el que conflictos de soberanía con raíces profundas y complicada resolución podrían encontrar un desatascador a partir de la fórmula del ni tú ni yo, ni estado matriz ni nuevo estado. En caso de tener éxito un proceso como este, de vaciado profundo de los estados -hacia arriba (hacia Europa) y hacia abajo (hacia el territorio y las ciudades) – y de renuncia no sólo a competencias concretas sino también a las funciones simbólicas y representativas, conseguiríamos sacar presión a los conflictos soberanistas y facilitaríamos puntos de encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. 

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