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El Barça y Catalunya. Más que un club. Más que una victoria a la presidencia del Barça

La victoria de Joan Laporta a la presidencia del Barça vuelve a evidenciar porque “Más que un club” es el lema más representativo del barcelonismo a lo largo de su historia.

periodisme i dret
25/03/2021

La victoria de Joan Laporta a la presidencia del Barça vuelve a evidenciar porque “Más que un club” es el lema más representativo del barcelonismo a lo largo de su historia. Aquel emblema pronunciado por primera vez por Narcís de Carreras en su discurso de posesión de 1968 expresaba la voluntad del Barça de trascender su condición de club de fútbol, y nadie puede negar que esta frase formulada hace más de 50 años es hoy una realidad palpable.

La pretensión de este artículo, poco recurrente en el ámbito de la izquierda, no es otra que la de desmontar la idea de que el Barça es un instrumento más al servicio del capitalismo o una simple distracción que aliena las clases populares. Y es que me gustaría contribuir a evidenciar que el Barça, y también la victoria de Joan Laporta a la presidencia del club, tiene una trascendencia política y social para Catalunya, hecho que debería tenerse en cuenta por parte de todas las personas que aspiramos a una transformación del país.

En este sentido, la voluntad no será la de entrar en el papel del club como estructura económica y de negocio capaz de formar vínculos particulares entre las élites catalanas, un plano de análisis materialista que ya ha sido tratado ampliamente por otros autores y que se escapa al objeto de este texto, sino la de entender el barcelonismo como un dispositivo central en la hora de construir la identidad catalana y, en particular, la del independentismo. Asimismo, analizaremos qué implica la victoria de Joan Laporta en términos de liderazgo y atributos en un momento en que el humor político en nuestro país, después de los 10 años de procés, ha caído en un estado de moral decaída sobre la que el actual Presidente del Fútbol Club Barcelona, Joan Laporta, ha sabido construir una campaña exitosa apelando, por un lado, a la nostalgia y, por el otra, a la victoria.

No se puede entender el Barça sin entender Cataluña

El deporte tiene una relación muy estrecha con la política, y los equipos de fútbol han jugado un papel muy destacado a la hora de expresar conflictos políticos. Y, si hablamos de fútbol y de conflictos políticos, es evidente que el Barça, el club más importante de una nación sin estado como Catalunya, ha tenido un papel muy destacado.

Si echamos la vista atrás, la voluntad de la entidad de trascender la práctica meramente deportiva se manifestó desde sus inicios con posicionamientos como el del apoyo a la Mancomunitat, pero no será hasta 1932 que quede recogida explícitamente en el boletín oficial del club desde donde se afirmaba que “en la popularidad de nuestro club entran, innegablemente, elementos extradeportivos”. En este sentido, los años de la Segunda República estuvieron marcados por el compromiso de la entidad con Catalunya y su contexto político, un recorrido que culmina en 1935 con la elección a la presidencia del diputado de Esquerra Republicana de Cataluña Josep Suñol y Garriga, fusilado por el bando franquista solo un año después de su nombramiento.

Esta relación casi indisociable construida a lo largo de los años entre catalanismo y barcelonismo implica que cualquier aspiración soberanista y de transformación social de nuestro país tiene que asumir que el fútbol, por su papel aglutinador, en particular, para el conjunto de las clases populares, es un espacio de disputa central

La Guerra Civil y el Franquismo fueron años especialmente complicados para el Fútbol Club Barcelona durante los cuales el régimen obligó al equipo a sacar la señera de la equipación y a utilizar el castellano. Sin embargo, tal como describe Johan Cruyff en el libro Testigos para la historia, cuatro décadas después, años antes de la muerte del dictador, el espíritu de las primeras décadas permanecía intacto:

“Algo se percibe con nitidez cuando fichas por el FC Barcelona: este equipo es la referencia de toda una nación y supone, también, una vía de expresión de las reivindicaciones nacionales. El Barça es más que un club. En aquella época, el Barça simbolizaba muchos sentimientos y aspiraciones que no podían ser canalizadas políticamente. No tardé en identificarme con este simbolismo. La expresión de alegría suscitada por nuestro triunfo en 1974 no puede ser narrada. Pasó todavía en vida Franco, y bajo el entusiasmo culé resonaba el sonido de la protesta ante la represión de las libertades y cultura catalanas”.

Y es que la conexión emocional del club con Catalunya no se explica sin la implicación del Barça en los episodios trascendentales de la historia de nuestro país, una filosofía que se mantuvo con el apoyo al Estatuto de Autonomía de 1979 hasta nuestros días con la defensa del ejercicio del derecho a la autodeterminación y la libertad de los presos y exiliados políticos. De hecho, a día de hoy, este vínculo entre barcelonismo y catalanismo queda recogido en el capítulo primero de los estatutos de la entidad donde se afirma que “la promoción y la participación en las actividades sociales, solidarias, culturales, artísticas, científicas o recreativas adecuadas y necesarias para mantener la representatividad y la proyección pública de que disfruta el Club en Catalunya y en todo el mundo, fruto de una tradición permanente de fidelidad y servicio a los socios, a los ciudadanos, y a Catalunya”.

Esta relación casi indisociable construida a lo largo de los años entre catalanismo y barcelonismo implica que cualquier aspiración soberanista y de transformación social de nuestro país tiene que asumir que el fútbol, por su papel aglutinador, en particular, para el conjunto de las clases populares, es un espacio de disputa central. Más, cuando hablamos de una nación sin estado abocada a múltiples conflictos políticos que ha construido a su rival histórico desde una expresión determinada de la identidad y modelo político español. Así, el Barça, de facto, ha representado históricamente el rol de una selección nacional y una victoria futbolística en este escenario llega a ser interpretada, incluso, como una victoria en el terreno político.

Un escaparate para explicar Catalunya en el mundo

El Barça es la entidad catalana más conocida a escala mundial. Estamos acostumbrados, pero merece la pena recordar que, a día de hoy, podemos encontrar un niño con una camiseta de Messi con la señera en el barrio de Shibuya en Japón, en medio de una de las calles más abarrotadas del mundo, y también encontrarlo en el último pueblo de la frontera de Senegal con Gambia. Que esto suceda con el club de un país de siete millones y medio de personas, que no cuenta con un estado propio, es un factor que no se puede ignorar. El Barça tiene una dimensión enorme para explicar qué pasa en el país de la ciudad que lleva el nombre de uno de los clubes de fútbol más conocidos de todo el mundo. Es el mayor atractivo internacional para aumentar nuestra influencia.

Joan Laporta ha centrado su campaña en la reafirmación del laportismo y de los valores del club a través de su figura personal y con esto ha tenido suficiente para ganar

Los valores del club, la identidad barcelonista, su estilo de juego y la apuesta por crear algunos de los mejores jugadores del mundo en “la Masía” también son una carta de presentación de Catalunya. Despreciar el papel que juega el Barça para proyectar el conflicto político que sufrimos sería, entonces, un mal negocio.

El laportismo, más que un proyecto futbolístico

El fútbol va más allá de las condiciones técnicas que pueda tener, y el laportismo es la máxima expresión de que la actitud de victoria, en el ámbito futbolístico, pero en tantos otros, puede ser a menudo más exitosa que la lógica de la razón. Los catalanes sabemos bien que la razón no siempre gana. Si el Barça es más que un club, es evidente que la victoria de Joan Laporta representa algo más que ganar las elecciones a la presidencia del Barça. Las conexiones con el terreno político son tan evidentes que al día siguiente de su victoria, el Ministro de Cultura y Deportes, José Manuel Uribes, señaló que Joan Laporta haría mal en poner el Barça al servicio del independentismo, añadiendo que desde el ejecutivo español tratarían de “despolitizar” la cuestión.

Pero parémonos un momento en la figura de Joan Laporta y en su liderazgo. El nuevo presidente del Barça es el reflejo de cómo un liderazgo “fuerte”, hijo, de alguna manera, de los liderazgos populistas que se han construido durante estos años en Europa y el mundo, ha contribuido a recuperar el orgullo del barcelonismo. Una personalidad que transmite, un comunicador excelente que entusiasma más allá del terreno propiamente deportivo. Si tenemos en cuenta la conexión sentimental del club con Catalunya antes explicada, podemos concluir que esta moral entre la nostalgia y la victoria, una especie de “Make Barcelona Great Again”, puede tener también consecuencias en la moral del país.

En este sentido, no deja de ser sorprendente que en el mismo momento en el que un liderazgo del estilo de Laporta arrasa en las elecciones del Barça, los referentes políticos del independentismo de hoy vayan por el camino contrario. A mi parecer, esta diferenciación se explica por la evolución de un movimiento político que después del 1-O ha ido asumiendo de forma gradual el marco mental del enemigo en lugar de hacerse cargo de que, en momentos de resistencia, lo mejor que se puede hacer es reafirmarse en la identidad propia. Al contrario, Joan Laporta ha centrado su campaña en la reafirmación del laportismo y de los valores del club a través de su figura personal y con esto ha tenido suficiente para ganar.

El Barça viene de una situación complicada tanto en el terreno deportivo como en el económico, y el barcelonismo ha vivido desilusionado estas últimas temporadas. Las comparaciones son odiosas y delicadas si comparamos un club de fútbol con un país, pero es evidente que podemos encontrar símiles entre la moral del barcelonismo y el estado de ánimo general en Catalunya. Un país que sufre una crisis económica y social, que tendrá múltiples consecuencias poco calculables aún, y que ha dejado en segundo término las aspiraciones nacionales que dibujaban un horizonte de futuro ilusionante, sobre todo para una generación de catalanes que vive con unas expectativas de vida muy inciertas.

En medio de este contexto de crisis, el famoso “lo volveremos a hacer” parece un hito difícil de cumplir, tanto para el Barça como para Catalunya, pero un liderazgo como el de Joan Laporta ha conseguido recuperar la creencia en que el Barça pueda volver a ser el mejor club de fútbol del mundo. En cambio, como movimiento político estamos estancados asumiendo la autocrítica y señalando constantemente nuestras debilidades. Así, salvo las distancias, si hay algo que se puede aprender del laportismo es la necesidad de recuperar liderazgos que representen una propuesta en positivo y nos permitan recuperar el orgullo ante un nuevo choque con el Estado, igual que hizo Joan Laporta con la famosa lona ante el Berenaveu.

El Cruyffismo, una filosofía para adaptar al terreno de juego político

Johan Cruyff llegó a ser entrenador del primer equipo del Barça en un momento en que el equipo vivía con nostalgia los éxitos esporádicos del pasado y gracias a su pensamiento futbolístico, lo transformó en una institución ganadora. Esto es, a mi parecer, un aprendizaje de país: dejar de pensar en las victorias puntuales de nuestra historia reciente para definir estratégicamente la táctica que nos llevará, no a ganar la Champions League, pero sí a lograr algunos de los propósitos que nos marcamos a medio plazo.

Hay que recuperar la iniciativa, ser rápidos en el terreno de juego respecto al estado y saber colocarnos en condiciones favorables para el choque. Este era el estilo de juego de Johan Cruyff

Volviendo al terreno de juego futbolístico, cuando Johan Cruyff vuelve al Barça como entrenador en la época del Dream Team, el equipo de sueño con el que acababa de ganar la primera Copa de Europa y con el que acabaría ganando cuatro Ligas consecutivas. Un equipo que era el reflejo de una manera de entender y de vivir el fútbol. Un pensamiento futbolístico totalmente válido a la hora de aplicarlo al terreno de la política catalana. Me explicaré.

Johan Cruyff nos enseñó que a través de un juego de hombres pequeños, no muy corpulentos, pero muy rápidos, la apuesta por la posesión a través del pase y de moverse poco a poco, pero siempre controlando el juego, era la mejor forma de ganar. Siempre a la ofensiva y bien colocados en el terreno de juego. Una táctica perfectamente válida y aplicable al terreno de la política para el independentismo. Es evidente que en el cuerpo a cuerpo el Estado siempre nos ganará, pero nuestra posición de hombres pequeños -Catalunya respecto a la maquinaria de un estado siempre será “el hombre pequeño”- cuando actúa con inteligencia, pero sobre todo cuando tiene iniciativa y juega a la ofensiva, avanza posiciones y favorece la correlación de fuerzas respecto del estado español.

Como el Cruyffismo, nuestro movimiento político tiene una personalidad propia enorme. Hay que recuperar la iniciativa, ser rápidos en el terreno de juego respecto al estado y saber colocarnos en condiciones favorables para el choque. Este era el estilo de juego de Johan Cruyff, un sistema táctico que ha sobrevivido y que es la esencia del juego del Barça. El neerlandés también nos enseñó que tener cabeza es igual de importante que tener olfato, intuición y saber entender los sentimientos del país y que ser creativos, abiertos de mente y tener capacidad para aceptar las ideas inesperadas, nos ayudará a explorar y jugar con ventaja en territorios desconocidos en momentos de incertidumbre.

La llegada de Johan Cruyff a Catalunya influenció en el ámbito deportivo, social y cultural a todo un país. A partir de su influencia en el mundo del fútbol, la sociedad catalana cambió la imagen derrotista que tenía del club, pasando de la derrota a la victoria. A través de su estilo de juego, su personalidad y de los valores que representaba, contribuyó a cambiar determinados marcos mentales de los catalanes: “Si quieres hacer una cosa, hazla”. Recuperamos el legado del cruyffismo.

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