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El demos republicano en la revuelta catalana

Jordi Serrano, rector de la UPEC, ha escrito ‘Carta a un republicano español. La revuelta catalana. Unos meses que estremecieron a España’. El propio autor define el libre como de denuncia y escrito desde la indignación, pero realiza un repaso histórico bien fundamentado para comprender lo que denomina ‘revuelta catalana’. Bru Laín, profesor de sociología de la UB y miembro del consejo editorial de la revista Sin Permiso, reseña la obra.

Profesor de sociología y miembro de Sin Permiso
13/09/2021

Carta a un republicano español. La revuelta catalana. Unos meses que estremecieron a España, Jordi Serrano Blanquer, Bellaterra ediciones, 2021.

Ya hace cuatro años desde el 1-O. Hay quién valora este como un lapso de tiempo lo suficientemente dilatado como para olvidarse de lo que representó aquella fecha. Hay quien, por el contrario, la tiene muy presente, hace bandera y de los acontecimientos vividos entonces una hoja de ruta a seguir con los ojos cerrados. Sea como fuere, los hechos de octubre marcan un antes y un después en la historia reciente de la política española y catalana y, se utilice como se utilice su legado, son ineludibles por cualquier persona que quiera entender de verdad la situación actual.

Jordi Serrano, rector de la Universidad Progresista de Verano de Cataluña (UPEC), laico, librepensador, soberanista y, por este motivo, republicano de verdad, acaba de publicar un libro que tú, lector o lectora, tienes que leer: Carta a un republicano español. La revuelta catalana. Unos meses que estremecieron a España. Serrano tiene el don de la palabra adecuada, la virtud de la lengua afilada y el apreciado atributo de la ironía tenaz que denota inteligencia y una buscada complicidad con el público. El libro lo abre un magnífico prólogo de Xosé Manuel Beiras donde, como yo mismo hago ahora, destaca que Serrano no ha escrito tan solo un libro para explicarnos-ve-a-saber-qué, sino para dialogar con nosotros de forma directa y sin contemplaciones. Es un libro que nos interpela de forma descarnada y dialécticamente nos acorrala para exigirnos tomar partido. Está claro, defiende el autor, es un libro de denuncia, escrito desde la indignación (p.32), donde él mismo se conforma cono ser apasionado y militante (p.24). Lector, lectora: puedes estar de acuerdo o no con su postura, pero en cualquier caso tienes que reconocer su honestidad.

¡Alerta! ¡El libro lo componen 420 prietas páginas con poco más de un centímetro de margen! Además, por si no fuera poco, cada palabra, cita y acontecimiento relatado está explicada, referenciada y justificada con –de nuevo, alerta– 1.200 notas a pie de página. Es una obra extraordinariamente contrastada e informada de todos los acontecimientos históricos, fenómenos políticos y sociales, casos de corrupción, evolución de la demoscopia electoral y las transformaciones sociodemográficas, etc. Por eso me pregunto cuántas horas debe de haber pasado Serrano encerrado en casa buceando entre archivos, libros y diarios para documentarse. Busco algún adjetivo que astrosamente pueda ayudarte a comprender el estilo. Pienso de nuevo con el prólogo de Beiras. Encuentro, y añado: fluidez, precisión, ironía, distanciación, proximidad, desdramatización, información, documentación, crítica y mala leche. Además, el texto tiene la virtud de no ser solo un simple relato, sino un análisis crítico. Las causas de la revuelta catalana, defiende Serrano, arrancan mucho más allá de 2017. En efecto, la “cuestión nacional catalana” y en consecuencia “el proceso”, no es un bluf espasmódico maquiavélicamente orquestado por una casta de dirigentes pequeñoburgueses nacionalistas, sino que hunde sus raíces en la historia de, como mínimo, los últimos trescientos años. Los fenómenos sociales son, por definición, históricos, y Serrano contribuye a hacer explícita esta verdad.

Acabo de decir que te interpela de forma directa, a ti, lector o lectora. Pero ¿quién es este “tú”? Fijaos: el mismo autor se define como “independentista accidental”, es decir, un “federalista a quien no le han dejado serlo”, pero que pretende dejar de serlo transformando las circunstancias que lo han llevado a serlo. La autodefinición política de Serrano puede parecer un trabalenguas, pero creo que es el hashtag más oportuno para denominar (y entender) a buena parte de catalanes y catalanas ahora mismo. Así es fácil entender que “el interlocutor mudo” de este libro no es el 47% de indepes que aproximadamente se calcula que hay hoy en Cataluña, sino el 80% de republicanos y republicanas. Y este es uno de los grandes aciertos del libro. Es fácil escribir para convencidos. Los de un lado y los de otro se sienten reconfortados al leer un relato que refuerza sus convicciones y demoniza las de los otros. Es el “twitter procesista”: estamos más conectados y disponemos de más información que nunca, pero en realidad estamos enfangados en un espiral de endogamia autorreferencial de los que “nos sabemos que tenemos la razón”. Serrano, por el contrario, se aleja del relato autocomplaciente y desplaza la atención, no sobre los indepes, sino sobre los republicanos; no sobre la independencia, sino la república. Difícil ejercicio al que ciertamente no le faltarán twitteros híper-procesistas encantados de acusarlo de “querer cambiar de tema” y “despistar al personal”. Este es también el terreno más abonado para francotiradores de izquierdas y republicanos que, por un lado y el otro del Ebro, no le perdonarán su transfuguismo –aunque sea “accidental”– y de querer confundir lo que es un causa justa y noble –la república– con el que es una excreción pequeñoburguesa y esencialista –la independencia. Serrano es atrevido y apela a un público lector y a una mayoría social que raramente es invocada, ni por unos ni por otros, ni en los libros ni en los programas políticos. Y así nos va.

Y entre el formato y el contenido del libro, la crítica. Dos. Una en lo referente al diagnóstico. Y una a la solución propuesta. Las dos parten de esta frase: estamos asistiendo a una incipiente oleada republicana civíco-política absolutamente pacífica en España que tiene su vanguardia en Cataluña. Oleada que tiene que ver con los éxitos de la democracia española, es decir, con la irrupción de los jóvenes educados en democracia (p.32).

A lo largo del libro Serrano se esfuerza para ilustrar que el movimiento emancipatorio y soberanista (no solo el independentista) en Cataluña está causalmente vinculado con el del resto del Reino. En efecto, concluye hacia el final del libro, el desafío catalán es la vanguardia del republicanismo de izquierdas español (p.382). No discuto que esto sea cierto, pero si el republicanismo catalán es la vanguardia, ¿dónde está el resto de la tropa? ¿A qué esperan los republicanos españoles? (p.399) se pregunta el mismo autor intuyendo mi crítica. La pregunta que te estás haciendo ahora tú, lector o lectora, es si esta vanguardia republicana catalana verdaderamente ha conseguido arrastrar o propiciar un proceso análogo al conjunto del Reino. No sé tú, pero mi alentador pesimismo me dice que no, y la terquedad de la realidad parece corroborarlo. ¿Dónde estaba la fraternidad republicana durante el octubre de 2017? ¿Dónde estaba durante el discurso ultra y golpista de Felipe VI del 3-0? ¿Cómo es que buena parte de la izquierda republicana española no ha querido entender la revuelta catalana y la ha desaprovechado como oportunidad en clave rupturista para el conjunto del Estado? Es cierto que varios de sus dirigentes se han pronunciado repetidamente en favor de que los catalanes y catalanas podamos decidir nuestro futuro, pero no han sido capaces de convertir esta retórica ni en un programa de acción política ni menos aún en una estrategia de organización y movilización popular. Más bien al contrario: entre la perplejidad, el desconocimiento y la contradicción, la mayor parte de la izquierda republicana española (y parte de la catalana) ha tendido más bien a creer que los catalanes y las catalanas somos los responsables últimos de haber despertado a la bestia del fascismo español (p.25) y de creer consecuentemente que el problema solo es Cataluña (p.28). El mismo autor defiende que cualquier persona de izquierdas en España tendría que simpatizar con ello (p.31), pero concluye que el problema es que en el resto del Reino de España el republicanismo y el federalismo se encuentra hoy en las fosas de los ejecutados por los fascistas (p.51). Espero sinceramente que esto no sea así y que realmente exista una oleada cívico-política de base republicana en el resto del Estado que escuche y acompañe fraternalmente a la izquierda republicana catalana y que eventualmente vea en la lucha soberanista una oportunidad para construir un proyecto rupturista por el conjunto de los pueblos de España. De nuevo la pregunta que ahora tú te haces es si todo esto no es demasiado optimista.

Serrano concluye en la frase de más arriba que esta oleada cívico-republicana encabezada por Cataluña y presente al conjunto del Reino tiene que ver con la irrupción de los jóvenes educados en democracia. Estaríamos asistiendo a lo que él califica de una auténtica “revolución silenciosa” motivada por el cambio de mentalidad en clave republicana y emancipadora protagonizada por los jóvenes nacidos a partir de 1976. Se está produciendo una auténtica revolución silenciosa en el ámbito de las mentalidades. […] Esto es lo que estalla el 15M de 2011 y en la revuelta catalana (p.350). Y es en Cataluña donde precisamente este “desafío generacional” cristaliza de forma más nítida en la lucha por el derecho a decidir y la independencia: En 2010 un 13% de catalanas eran independentistas y a finales de 2017 la cifra había crecido hasta el 47%. Habían transcurrido solo siete años. […] es cuestión de tiempo (p.376-8). La diferencia con el conjunto del Reino es que, si la pirámide de edades en España no fuera invertida, ya estaríamos viviéndolo [el cambio de régimen en clave republicana] (p.392). Este diagnóstico es el que lleva a Serrano a concluir que probablemente, el horizonte 2030 puede ser el de la República (p.351). Y esto vale tanto por Cataluña como por todo el Reino. Serrano defiende esta doble hipótesis (juventud + cambio de mentalidad debido a la educación) mediante muchos datos demoscópicos que demuestran que la juventud de hoy es más laica, más republicana, más de izquierdas y menos monárquica que las generaciones anteriores. Y tiene toda razón. Pero Beiras, de nuevo, acierta alertando a Serrano de que la juventud no es el problema, pero tampoco la solución (p.15). El motor del cambio, sostiene el gallego, es el protagonismo que adoptan los sectores más conscientes y activos de la juventud así como la influencia que estos ejercen (o no) sobre el resto de su generación y sobre el conjunto de la sociedad. Serrano insiste: el gran mar de fondo apunta a un gran cambio de mentalidad protagonizado miedo los jóvenes republicanos que van incorporándose a la sociedad y que pronto van a ser totalmente hegemónicos (p.392).

Más allá de la orfandad fraternal que sufre la revuelta catalana en el resto del Estado, encuentro discutible que la oleada cívico-republicana que tan acertadamente describe Serrano se pueda atribuir única y exclusivamente a este desafío generacional. Esta hipótesis se apoyaría así sobre dos premisas que veo muy arriesgadas. Primero: imputar un cambio de régimen a simplemente un relevo generacional (técnicamente sería una “sustitución”) parece obedecer a una perspectiva unilineal evolucionista que ha pervertido buena parte de las ciencias sociales (sobre todo la historiografía) desde el segundo tercio del siglo pasado. Esta perspectiva renunciaría a identificar en la capacidad de agencia de las personas (independientemente de su edad) las causas del cambio social, para acabar imputando este a una “sustitución mecánica” de las preferencias de la antigua generación por las de las nuevas según la educación recibida por estas. Ni cada generación empieza el juego “desde cero”, ni se impone políticamente al anterior de repente, ni sus preferencias políticas son genuinas –en el sentido de oponerse o nacer desvinculadas de las de la generación precedente. Sin desmerecer la presión que ejerce una generación sobre otra en el relevo en las direcciones políticas y profesionales (el “cuello de botella” español es famoso en este sentido), lo cierto es que nunca hay un efecto sustitución automático que, por sí mismo, explique los grandes cambios políticos.

La segunda premisa de la hipótesis de Serrano parece imputar en la educación la responsabilidad única de los cambios políticos que las personas protagonizan. Es cierta la premisa del individualismo metodológico según la cual, en última instancia, los cambios sociales están motivados por las decisiones y las actitudes de los agentes intencionales individuales, es decir, por cada una de las personas. Pero es erróneo imputar únicamente a las preferencias individuales la capacidad de generar todas las transformaciones de orden macrosocial de forma directa y unicausal. Dicho de otro modo, el hecho de que los jóvenes de hoy hayan sido educados de una manera diferente a la generación precedente no implica necesariamente que estos protagonicen ningún cambio de régimen político. De nuevo, sin negar la importancia de la educación en la conformación de la mentalidad y de las preferencias políticas de las personas, los fenómenos sociales son siempre multicausales y la educación, por más importante o preponderante que sea, no deja de ser una variable más entre muchas otras. Los que opinan que “el primero y el más importante para cambiar la sociedad es la educación” a menudo obvian que existen poderosos intereses económicos y financieros, industriales y empresariales, políticos, ideológicos y geoestratégicos de personas y clases sociales que –nada casualmente– hace mucho tiempo que reciben la misma educación (en los mismos centros privados, religiosos y elitistas) y que acostumbran a ser quienes más poder tienen a la hora de provocar la mayoría de cambios sociales, políticos y económicos. Dicho de otro modo, hace falta que nos fijemos en el rol y la capacidad de influencia de las élites (sean jóvenes o no) si queremos entender los cambios sociales. No siempre son los responsables, pero siempre, siempre, tienen mucho que ver.

De todos modos, ambas premisas –la sustitución generacional y la preponderancia de la educación– no desmerecen en absoluto el resto del texto ni en cuanto a su contenido ni al enfoque, ni mucho menos en cuanto a su acierto al provocar el debate político. Lector, lectora: lee Carta a un republicano español. Hayas nacido antes o después de 1976, vivas en Cataluña o en el resto del Estado, seas indepe o no. El republicanismo democrático es el único marco conceptual e institucional (el frame, como dice Serrano) en que el conjunto de la ciudadanía puede ejercer su soberanía en pie de recíproca libertad (es decir, en pie de igualdad) y es, por lo tanto, el marco donde todas las propuestas políticas (desde el autonomismo hasta la independencia) pueden y deben ser debatidas. ¿Puede el independentismo renunciar a parte de este demos, el mismo que inevitablemente tiene que conformar su república, por no compartir la totalidad de su agenda política? ¿Puede la izquierda no independentista (de Cataluña y del Estado) creer que el demos indepe no es sino una minoría de patricios disfrazados de plebeyos? Republica(nismo) o barbarie. ¡Venceremos!

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