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El momento Alomar o las bases de las izquierdas catalanistas

En unos días podremos disfrutar de las jornadas dedicadas a Gabriel Alomar. Para ir preparándolas, Xavier Domènech escribe sobre el político e intelectual mallorquín.

Valentí Almirall el 1902 en el prólogo a la reedición de Lo catalanisme escrito el 1886 (libro que inició, de hecho, en términos programáticos el catalanismo político de la mano del que está considerado uno de sus principales creadores) hacía una serie de consideraciones que, hoy en día, demasiado acostumbrados a una historia canónica del catalanismo, pueden resultar absolutamente chocantes. En este texto, Almirall denunciaba a “aquesta generació de catalanistes que, a força d’exageracions patrioteres, ha arribat a descobrir que, com els antics grecs però sense tenir els fonaments que ells tenien, han de declarar bàrbars als no catalans o fins i tot als que no pensen, ni parlen, ni resen com ells, tot i que hagin nascut a Catalunya (…) Tot i que no han passat trenta anys -des de la publicació de Lo catalanisme–, hem de fer constar que no tenim res en comú amb el catalanisme o regionalisme a l’ús, que pretén sintetitzar els seus desitjos i aspiracions amb un cant d’odi i fanatisme, que ressuscita o mig ressuscita d’un període anormal i funest de la història de les nostres dissensions (…) Les excomunions que es llencin contra nosaltres comprovaran que el que ha variat no hem sigut nosaltres, sinó els que han volgut fer del catalanisme una arma de reacció contra les idees modernes i expansives, tant en el terreny polític com en el social i en el religiós. Han absorbit gairebé tot el carlisme de Catalunya…”[1]

Palabras dedicadas básicamente a la hegemonía de un catalanismo burgués, católico y conservador representado por la Lliga de Prat de la Riba y Cambó, donde él no veía otra cosa que las ideas transfiguradas de Torras i Bages. Este último, en su respuesta al propio Lo catalanismo de Almirall, en La tradició catalana publicado en 1892, recogía ideas, contra todo laicismo o republicanismo, como que “A Catalunya la va fer Déu, no l’han feta els homes; els homes sols poden desfer-la; si l’esperit de la pàtria viu, tindrem pàtria; si mor morirà ella mateixa”[2]. Era otro catalanismo, aunque por instantes parecía el único realmente presente, contra el que una anarquista como Teresa Claramunt había afirmado: “Volen Catalunya lliure, però al català esclau”[3]. Es en este marco en el que debemos entender que el mismo Almirall, como también un joven Francesc Layret o Lluís Companys, apoyaran y se integraran en las mismas candidaturas que Alejandro Lerroux. Es precisamente en esta contradicción de principios del siglo XX –en la que viejos y nuevos catalanistas se enfrentaban al “catalanismo”– donde debemos entender la gran aportación de la generación de Gabriel Alomar, que en este sentido se miró más en Pi i Margall que en Almirall para recuperar el anclaje republicano. En su singladura, donde el mallorquín Alomar brilló con luz propia, buscaron la creación de un tercer espacio político y social en Cataluña. Un tercer espacio sin el que las izquierdas no hubieran estado hegemónicas en Cataluña y, más allá de esto, sin el cual difícilmente Cataluña hubiera llegado una nación como proyecto ampliamente compartido.

El lerrouxismo fue un fenómeno que, a pesar de todo el que se haya escrito, fue puramente catalán, tanto que era irreproducible en cualquier otra comarca, y consiguió en 1903 el mejor resultado electoral que un partido de izquierdas sacaría nunca en Cataluña hasta el 1931. Pero cuando se desplegó el fenómeno de la Solidaritat Catalana contra la ley de jurisdicciones española (ley que permitía a los militares juzgar directamente cualquier acción que atentara según su parecer contra la unidad del Estado o contra el propio ejército) el republicanismo se escindió. Solidaritat Catalana, con el apoyo de los republicanos catalanistas como el propio Alomar, arrasa en las elecciones de 1907, posibilitando la creación del espejismo de la consumación final de la unidad patriótica más allá de cualquier facción o ideología. Las palabras de Almirall por entonces parecían poco más que la pataleta de un hombre grande. Pero el espejismo durará poco. No era solo que aquel mismo año se fundara la Solidaritat Obrera (contrapuesta explícitamente a la Solidaritat Catalana en la primera portada de su diario), iniciando el camino del que sería el gran proyecto anarcosindicalista catalán, sino que el dominio de la Solidaritat por parte de los elementos de la Lliga rápidamente la basculó hacia la derecha del espectro político. De hecho, un año después, en 1908, el lerrouxismo volvía a ganar unas elecciones generales. Y es en este contexto que emerge el momento clave donde la figura de Alomar toma un relevo fundamental y seminal por el futuro de las izquierdas catalanistas.

Para el escritor y agitador mallorquín aquella derrota de la Solidaritat, interpretada como una derrota del catalanismo, se había producido “Per què? Perquè el color de la llibertat en aquella hora fou… antisolidari”[4]. “I així com les nostres esquerres sofrien als ulls del poble qui no judica matisos, el malefici de la unió circumstancial i delimitada amb les dretes, els antisolidaris aparegueren com a encarnació de la veritable esquerra, de la vera llibertat. (…) No hem estat derrotats com a homes d’esquerra ni com a republicans, ni com a autonomistes; sinó solament com a solidaris. I la Solidaritat és un «moment» del republicanisme català i del catalanisme”[5]. Un momento, para él, a superar.

Es en este marco que Alomar condensa una reflexión fundamental entre 1908 y 1910, aunque las bases de la misma se pueden encontrar en su obra anterior. Había que separarse de la unidad patriótica para garantizar la propia pervivencia del catalanismo y acoplarlo al proyecto republicano y de izquierdas. La magnitud de este proyecto se señalado en una carta pública de 1909 a Amadeu Hurtado (futuro defensor del Estatuto de Cataluña en las Cortes en 1932), “Crec, com vós, il·lustre amic, que la tasca nova podria anar sintetitzada en aquesta frase: «donar un sentit nou a la paraula històrica catalanisme» (…) Un nació d’esclaus, encara que fos independent, no seria una nació[6]. Para iniciar este camino, se hacía necesario superar la hegemonía conservadora dentro del catalanismo, porque según señalaba en otro artículo de 1909: “Lo qui ens danya és l’etern prejudici de retrogradisme herència de els Bases de Manresa. I com les Bases de Manresa són el Codi d’un “moment” del catalanisme, ens cal establir sobre nosaltres a ulls del món una nova «legislació pròpia», ja que ella serà, per si sola, una prova de capacitat per a l’autonomia”[7]. Esto significaba delimitar el campo de esta nueva izquierda catalanista frente a la Lliga donde “Prat de la Riba, en nom d’un moment ja passat del catalanisme, proclamés el sufragi corporatiu com a part integrant de les nostres aspiracions. Per això, diguis lo que es digui, no basta encara la coloració actual de la nostra esquerra, i és precís enrogir-la més…”. Y a la vez proclamar frente al foralismo la apuesta federal: “La federació és doncs, república, o millor encara, conjunt de repúbliques «república de repúbliques», ja que cada cantó és també, en realitat una república”[8].

Gabriel Alomar no hacía sino dar una forma política determinada a la idea del modernismo catalán de que “Catalunya serà moderna o no serà” frente a la idea de que “Catalunya o será catòlica o no serà”. Señalaba en este marco una realidad fundamental: la apropiación del catalanismo por una sola corriente ideológica conservadora, y la misma lectura que hacía esta corriente de lo que era la tradición nacional y la propia catalanidad, significaba la reclusión del catalanismo y el fin de su propia posibilidad de llegar a ser mayoritario. Todo esto, no le hacía negar tampoco la importancia de la cultura, y en ella especialmente de la lengua, en la configuración nacional, incluso más allá de Cataluña, puesto que, tal como escribía a la publicación mallorquina Mitjorn el 1906, hablando de la unidad de las tierras de habla catalana “I vet aquí que, sobtadament, contra la voluntat imperativa de les lleis, i els convenis dels governaments, i els interessos de l’estat, la unió se refà més forta que mai, les mans s’ajunten de nou fraternalment i la fumera dels fogars distants se confon en una sola boira lluminosa. Qui ha fet el miracle? Una sola espira vivent, que ha persistit en tot el nostre territori (…): l’idioma. Els germans s’han reconegut germans, a l’atzar de la seva ruta…”[9]. En este sentido, no hay un nacionalismo cívico o un nacionalismo étnico, como dos opciones absolutamente separadas, hay una matriz cultural desde la que se opera políticamente. El problema es si esta es abierta o cerrada, y por tanto sustenta un proyecto cívico o tan solo uno étnico, si mira al futuro o tan solo se queda en la afirmación del pasado en el presente. Todo esto no le impedía afirmar que: “Jo sóc, ho dubteu? Ben catalanista; però rebria amb tota la destemprança possible la visita del que volgués obligar-me a tenir sobre el meu portal la bandera catalana o cridar cada matí, com oració, un Visca Catalunya, o endomassar amb les quatre barres d’oriflames els ferros del meu balcó”[10].

Finalmente, esta condensación política acaba formulándose en la propuesta de los tres momentos del catalanismo. Y había un marcado sentido dialéctico en esta idea que, además, partía de su propia visión de las tres etapas de la poesía (épica, lírica y dramática). Así, si para él el primer catalanismo había sido obra de los burgueses, éste había pasado, en un segundo momento, a manos de la pequeña burguesía y la menestralía, y había que afianzarlo, finalmente, en su tercer momento, en el proletariado. Un tercer momento que tomaba un sentido doble para el escritor y político mallorquín: el de la plena nacionalización de todos los sectores catalanes, pero también en el de la transformación de la propia nación hacia la modernidad de carácter universalista. No se trataba en este sentido, tan solo de nacionalizar, sino de transformar la propia matriz de la propuesta y la realidad catalana a partir de la centralidad de nuevos sujetos[11]. Por eso hacía falta “enrojecer” la propuesta del catalanismo de izquierdas, así como construir el nuevo republicanismo como republicanismo socialista -y aquí el referente de toda esta generación será mucho más Pi que Almirall–, y a la vez convertir todo este movimiento en una idea especialmente cara al conjunto del catalanismo a lo largo de toda su historia, en un eje de transformación de España, puesto que “l’ideal del catalanisme, fins avui, ha consistit més en fer de Catalunya un refugi contra l’Espanya liberal, afrancesada, jacobina, com n’hem dit, que no en fer de Catalunya una acció contra l’Espanya pretoriana i clerical. Ens hem acostumat a imaginar el foc de Catalunya com un fogar («pro aris et focis»), com una llar, com una foganya, un fogó, o un escalfapanxes, com una escalfor de domicili tancadet, i no com un «focus», com un far irradiant…”[12].

El momento Alomar, o el tercer momento del catalanismo, parece tener un primer posible inicio en la primera de 1909 cuando en las elecciones municipales en la capital de Cataluña una nueva propuesta, bajo el nombre de Esquerra Catalana, superó a la Lliga y quedó solo a 10.000 votos del lerrouxismo. Y es este el contexto donde Alomar propone profundizar todavía más el camino socializante para absorber el lerrouxismo. Pero esta historia, la de la consolidación del espacio del republicanismo catalanista, será más larga y difícil. El legado de Alomar será recogido por las diversas izquierdas catalanistas y se podrá encontrar en el largo viaje de Lluís Companys hasta la II República; como también en la fundación de la Unió Socialista de Catalunya el 1923, de la cual Alomar llegará a ser presidente, y que transmigrará en el PSUC de 1936; en la reformulación de los tres momentos del catalanismo por Joaquim Maurín[13] dirigente del BOC y, posteriormente, del POUM; o en la propia creación del mallorquinismo político republicano y de izquierdas de los años treinta. De hecho, en el legado de su generación se encuentra la creación de un espacio republicano, de izquierdas y socializante que en algunos momentos de la historia de Cataluña ha sido claramente hegemónico y que ha permitido la hegemonía del conjunto del catalanismo en la caracterización nacional de Cataluña. De hecho, el catalanismo, más allá de los intentos de presentarlo como un proyecto acabado, a partir del cual se distribuye la mayor o menor pertenencia al mismo, es un proyecto, como todo proyecto de cualquier nación, que se resignifica en cada nuevo momento. En este sentido, el momento Alomar es inmanente al propio catalanismo, tanto en su necesidad constante de imaginarse no tan solo a partir del pasado, sino del futuro, como en su necesidad constante de salir de las clausuras identitarias, para abrirse a las realidades cambiantes del país y transformarse con ellas.


[1] Almirall, V., “Pròleg a l’edició castellana de 1902”, en: Almirall, V., Antologia de textos, Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2011, pp. 629–634.

[2] Torras i Bages, J., La tradició catalana, Foment de Pietat Catalana, Barcelona, 1924, p. 25.

[3] Culla, J.B., El republicanisme lerrouxista a Catalunya (1901 – 1923), Curial, Barcelona, 1936, p. 32.

[4] Alomar, G., “La veu de les urnes”, La Campana de Gràcia, 8 de mayo de 1909.

[5] Alomar, G., “Lliçó de coses”, La Campana de Gràcia, 19 de diciembre de 1908.

[6] Alomar, G., “Sobre el tercer moment del catalanisme”, El Poble Català, 6 de enero de 1909.

[7] Alomar, G., “La tradició catalanista”, El Poble Català, 10 de enero de 1909.

[8] Íbid.

[9] Alomar, G., “El Verb de Catalunya”, Mitjorn, noviembre de 1906.

[10] Alomar, G., “Bizanci?”, El Poble Català, 16 de noviembre de 1907.

[11] Alomar, G., “La Fórmula”, El Poble Català, 28 de enero de 1909; Alomar, G., “Negacions i afirmacions del catalanisme”, conferencia organizada por La Campana de Gràcia, 18 de diciembre de 1910. Hay una evolución entre las primeras formulaciones de los tres momentos del catalanismo de 1909 y las finales de 1910 donde el papel de la burguesía y la pequeña burguesía se ven transformados. Probablemente eso tiene que ver con la creación y los resultados de Esquerra Catalana en las elecciones municipales de 1909 que conciencia a Alomar de la emergencia de la pequeña burguesía y la menestralía como sujeto propio, pero no aún del proletariado.

[12] Alomar, G., “Negacions i afirmacions del catalanisme”, conferencia organizada por La Campana de Gràcia, 18 de diciembre de 1910.

[13] Maurín, J., “Les tres etapes de la qüestió nacional”, La Batalla, número 50, 16 de julio de 1931.

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