Compartir

El soberanismo fraternal de Arcadi Oliveres

Gerardo Pisarello nos habla del soberanismo fraternal y el internacionalismo impenitente de Arcadi Oliveres.

Profesor de Derecho Constitucional
11/04/2021

Se nos ha ido Arcadi Oliveres, tan querido y admirable en su forma de estar en el mundo como en la manera de marchar de él. La dignidad y la serenidad con la que afrontó la muerte dejará una impresión imborrable en quienes nos beneficiamos de su presencia hasta el último momento. Se fue como vivió, como una curiosa especie de cristiano epicúreo. Creyente, pero de una manera laica, sin temor de dios alguno. Terrenal en los placeres que disfrutó con entusiasmo adolescente: bromear, pasear, departir generosamente sobre los temas más variados con propios y extraños. Y sobre todo, incansable, persistente, con un compromiso público que parecía movido por una fuerza que conecta con algo trascendente, con algo que no se acaba cuando el corazón enmudece para siempre.

En medio de lo mucho que se ha vertido sobre él en estos días, se me pide una reflexión personal sobre el “soberanismo” de Arcadi. Difícil. Si tuviera que definirlo con pocas palabras, diría que siempre lo vi como un soberanista fraternal y como un internacionalista impenitente. Como alguien que heredó de su padre el amor por la lengua y la cultura catalanas. Que se reconocía discípulo de Lluís Xirinacs. Que nunca ocultó su apoyo a la independencia de Catalunya. Y que, sin embargo, tampoco tuvo problemas en declarar -como en una entrevista que dio al diario El Punt Avui– que no era lo que más le preocupaba. Es decir, que era un independentista al que le preocupaban y le ocupaban más muchas otras cosas. La principal, quizás, tomar partido y situarse siempre del lado de lo que sus amigos Jaume Botey o Paco Fernández Buey llamaban la humanidad sufriente: las gentes oprimidas y los desheredados de la Tierra.   

Arcadi era independentista, pero era también, y sobre todo, un crítico insobornable del capitalismo y del militarismo. Le dolía la injusticia cometida contra cualquier mujer o cualquier hombre en cualquier rincón del mundo. No en abstracto sino de manera muy concreta. Por eso su independentismo no fue nunca en detrimento de su sentido de la fraternidad. Con una larga trayectoria antifranquista a cuestas, denunció las tropelías del nacionalismo de Estado, antes y después de la Transición. También apoyó con convicción los reclamos democráticos de pueblos y naciones oprimidos del mundo entero. Pero nunca hizo de la independencia de Catalunya una causa que justificara postergar el diario compromiso con otras prioridades irrenunciables: la abolición de la deuda de los países empobrecidos, la crítica sin contemplaciones de la voracidad capitalista, de los señores y de las empresas de la guerra, el compromiso evangélico, sin fisuras, con las personas migrantes perseguidas por el horror, la guerra o por la promesa de una vida menos brutal.

Si tuviera que definirlo con pocas palabras, diría que siempre lo vi como un soberanista fraternal y como un internacionalista impenitente. Como alguien que heredó de su padre el amor por la lengua y la cultura catalanas

Arcadi nunca pensó que la independencia podía suponer desentenderse de la suerte de los pueblos y gentes del resto del Estado, comenzando por los más humildes. Era impensable que de su boca saliera un comentario despectivo sobre la gente de África, de América, de Andalucía o de Extremadura. Dedicó su vida a dar charlas en todos los rincones de la Península al que lo convocaran. Y lo hizo siempre con el máximo sentido de la fraternidad y de la amistad cívica. Es más, cuando defendía su independentismo, no dejaba de aclarar que una República catalana, en su opinión, debería contribuir más y mejor a la solidaridad con el resto de pueblos del Estado.

Nunca oí a Arcadi descalificar a alguien con el término “unionista”. Es más, cuando se decidió a impulsar Procés Constituent -una iniciativa que entre otras cosas nos brindó el privilegio de acompañarlo por los más recónditos rincones de Catalunya- lo hizo convencido de que podía ser un gran espacio de confluencia y de (auto) pedagogía colectiva. Entre gentes de izquierdas o sencillamente harta de los abusos de un sistema político y económico inmoral e insostenible. Entre gente politizada, con distintas biografías de partido, o sin experiencia política alguna. Entre personas genuinamente federalistas, confederalistas o independentistas. Lo verdaderamente importante era la confluencia, los puentes. Porque Arcadi no fue solo un constructor de justicia y de paz: fue un gran constructor de puentes.

Desde ese punto de vista, diría que en sentido propio era más soberanista que independentista. O, dicho de otra manera, que más allá de su defensa de la independencia, creía que lo verdaderamente importante era la soberanía: la capacidad real de autogobierno personal y colectivo. En el terreno político, en el cultural, y muy especialmente en el económico. Porque aquí sí, Arcadi fue siempre un soberanista de todas las soberanías necesarias para vivir dignamente, con libertad republicana, sin tener que pedir permiso de amo, patrón, o rey ninguno. Por eso fue tan insobornablemente anticapitalista y antimilitarista. Porque sabía que el capitalismo, para reproducirse, estaba abocado a hacer de la guerra, de la destrucción del planeta y de la precarización de la vida un negocio indecente. Porque sabía que exigía patrones de consumo alienantes, deshumanizantes, que convertían a las personas en tristes marionetas de la publicidad y de los trucos amañados de los grandes mercaderes del templo.

Porque era consciente de todo esto, llegó a sostener que si la independencia de Catalunya servía para reforzar y no para transformar y superar esas relaciones capitalistas, mejor era no tenerla. Así era Arcadi. Un soberanista fraternal, que quería para Catalunya, su tierra, lo que quería para el resto de pueblos y gentes del mundo. Y pienso que, si por ventura Catalunya se hubiera declarado independiente, Arcadi habría sido de los primeros en defender su inmediata y libre federación o confederación con otros pueblos de la Península, o de África o de América.

Arcadi fue siempre un soberanista de todas las soberanías necesarias para vivir dignamente, con libertad republicana, sin tener que pedir permiso de amo, patrón, o rey ninguno

Él mismo solía decir que no le gustaba cómo había ido lo del Procés. Ni la cobarde represión del 1 de Octubre, por supuesto, ni el 155, ni los exilios, ni los encarcelamientos, ni las infames actuaciones de un Poder judicial que ya en esos días apareció atravesado por un impulso franquista y vengativo. Pero tampoco la regresión antirrepublicana, asfixiantemente identitaria e incluso xenófoba en la que había acabado derivando un sector del independentismo.

No fue condescendiente, siquiera, con las airadas manifestaciones que se generaron tras la sentencia contra los presos y presas independentistas o contra los encarcelamientos de raperos como Pablo Hasél, que habían criticado a la Corona. “Claro que se entiende la indignación -comentó en uno de los últimos encuentros que tuvimos- y yo defiendo las movilizaciones. Pero nunca he estado de acuerdo con la violencia. Y os digo más: no solo contra las personas. Tampoco contra las cosas”.

Ese era Arcadi. Por eso, sin negar su independentismo, diría que era ante todo un soberanista: integral, fraternal, e irreductible en su pacifismo, de los que están dispuestos a morir antes que tener que matar, como decía Manuel Sacristán. Un soberanista republicano, de todas las soberanías, y un internacionalista impenitente. Y porque era todo eso, pensaba que si el camino para conseguir la independencia suponía abandonar o postergar la crítica al capitalismo o al militarismo, o activaba los fantasmas de la xenofobia, entonces no valía la pena. Y nada de ello equivalía en él a bajar los brazos. Por el contrario: su compromiso era una tarea cotidiana e incansable. Nunca creyó que el anticapitalismo o el antimilitarismo consistieran en esperar un día “d” en el que alguien movería un interruptor del “on” al “off” y el “sistema” se desmoronaría: desaparecería por arte de magia. Lo suyo fue un apostolado laico, de las pequeñas causas cotidianas: rodear, megáfono en mano, una sede de la Caixa para denunciar los crímenes del poder financiero; apoyar un encierro de migrantes exigiendo el reconocimiento de papeles para todos; defender el cooperativismo en las aulas de la universidad, en un centro cívico, en una Iglesia o en la plaza del pueblecito más olvidado. Y todo ello, sin renunciar a otras “causas mayores” y sin perder jamás la esperanza. En una de las últimas visitas que pudimos hacerle, cuando la enfermedad ya había avanzado de manera implacable, comentó, desde el sillón de la vieja casa de la calle Prim: “una de las cosas que me da pena es que no veré caer la monarquía”. Por un momento, el hilo de voz parecía algo triste, pero la pesadumbre no le duró ni media milésima de segundo. De inmediato, se le encendieron los ojos, se bajó ligeramente la mascarilla, y como un joven que trama una última conspiración, nos dijo: “pero no dejéis de empujar, que le quedan cuatro días y ahí estaréis vosotros para contármelo, dondequiera que yo esté”.

Interacciones con los lectores

Newsletter

Responsable: Associació Institut Teoria i Praxi. NIF G-67544767. C. Rocafort 242 bis, 2º de 08029-Barcelona. Email: info@sobiranies.cat. Finalidad: Tramitar peticiones de los usuarios. Informar sobre el contenido de la página. Comercializar bienes y servicios. Legitimación: Propio consentimiento del usuario. Destinatarios: Associació Institut Teoria i Praxi y proveedores legitimados externos necesarios para el desarrollo de la actividad. Derechos: Acceder, Rectificar, suprimir y otros establecidos en la política de privacidad. Contactando con info@sobiranies.cat. Información adicional: Aquí se puede acceder a la política de privacidad.