Compartir

¡Es el capitalismo, estúpido! Horizontes de esperanza tras la era del petróleo

El Acuerdo Verde puede servir para, aparte de alejar nuestra civilización del abismo ecológico, permitir que los movimientos ecologistas hagan el trabajo molecular necesario con el fin de cambiar el sentido común de la sociedad.

08/02/2021

Turiel, Antonio. 2020. Petrocalipsis: crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar. Madrid: Alfabeto, 210 pp.

Que el cambio climático es una realidad muy presente es algo prácticamente indiscutible. Dejando de lado a los negacionistas incorregibles, todo el espectro político mantiene algún tipo de diagnóstico y (posible) solución en relación a las consecuencias del aumento de temperatura global que hemos estado experimentando en las últimas décadas. Desde el populismo autoritario de la extrema derecha hasta los planteamientos de los grupos ecologistas más radicales, pasando por el “capitalismo verde” à la Biden, Trudeau o Macron, a la crisis que se avecina se le han encontrado múltiples salidas: cierre de fronteras y giro hacia el localismo, geoingeniería, universalización del coche eléctrico, apuesta por las energías renovables, Green New Deal, desarrollo sostenible, etc.

Sin embargo, tal como defiende Antonio Turiel en su último libro, Petrocalipsis, el problema está mal planteado: detrás de la crisis ambiental y del cambio climático, que todo el mundo reconoce, existe un problema aún mayor, a saber, una crisis de los recursos energéticos. Más allá del impacto ambiental de los combustibles fósiles, la crisis energética global se está desencadenando en tanto en cuanto han empezado escasear las principales sustancias energéticas que sustentan nuestro sistema de organización social, en especial el petróleo, “la savia de la economía mundial” (p. 21). Ahora bien, esta crisis no se solucionará a través de determinados inventos científico-técnicos, como, por ejemplo, el uso masivo de petróleos no convencionales (fracking, agrocombustibles, petróleos de difícil acceso o provenientes de arenas bituminosas), un avance en la energía nuclear o una transición hacia recursos renovables (energía solar, eólica, hidroeléctrica, etc.), sino solo mediante cambios que eliminen de raíz un sistema socioeconómico que promueve el crecimiento ilimitado en un planeta finito.

Actualmente, imaginarnos una civilización que no dependa de esta suerte de “oro negro” requiere una reactivación muy fuerte del pensamiento utópico.

No hay duda alguna de que toda nuestra economía depende del petróleo. Sus propiedades (sustancia energéticamente muy densa, fácil de transportar y de tratar, extracción relativamente sencilla hasta el momento, etc.) la han convertido en el recurso ideal en el que fundamentar la organización del sistema socioeconómico dominante: el petróleo alimenta los motores de combustión y, por tanto, el transporte de mercancías y personas (coches, camiones, barcos, aviones); es necesario para la fabricación de fertilizantes y pesticidas y, por tanto, para la producción de alimentos a escala mundial; sus usos químicos son muy diversos (plásticos, reactivos, alquitranes, parafinas); etc. De hecho, en los momentos en los que, por circunstancias diversas, se ha producido cierta escasez de petróleo en los países occidentales (embargos de la OPEP durante la década de los setenta, incremento exorbitado del precio del barril en 2008), las consecuencias en forma de contracción económica se han dejado notar a lo largo de varios años. Es por eso que, actualmente, imaginarnos una civilización que no dependa de esta suerte de “oro negro” requiere una reactivación muy fuerte del pensamiento utópico.

No obstante, el fin de la era del petróleo se encuentra bastante cerca. En 2010, la Agencia Internacional de la Energía reconoció que la producción de petróleo crudo convencional (el petróleo de fácil extracción) había superado el denominado peak oil, es decir, el punto máximo de extracción, en algún momento entre 2005 y 2006. A partir de entonces, por necesidades físicas, la producción de crudo convencional no ha hecho más que decrecer. No es que los pozos de crudo se vayan a agotar; al fin y al cabo, de promedio, solo se puede extraer el 35 % de todo el petróleo que alberga una formación de petróleo convencional. El verdadero problema es que la velocidad de extracción del petróleo, debido a limitaciones geológicas y físicas, va a reducirse progresivamente. Es la teoría del pico de Hubbert o el problema de la extracción limitada de petróleo: toda explotación de cualquier combustible fósil sigue una curva de producción con su ascenso, culminación y posterior descenso, ya que, en tanto que cada vez es más costoso e ineficiente explotar un yacimiento que se va agotando, “no vale la pena gastar mucho más en intentar extraer unas gotas de petróleo” (p 28).

Esta realidad, más o menos matizada, es un consenso general dentro del mundo científico e, incluso, entre las grandes empresas petroleras. Lo que Turiel critica en el libro es que todas las soluciones propuestas a este hecho —que el petróleo convencional se irá agotando paulatinamente— no nos permitirán afrontar la crisis energética global que se avecina. En concreto, ni la fractura hidráulica, ni los petróleos extrapesados, ni el petróleo del océano profundo ni del Ártico, ni los biocombustibles, ni el gas natural, ni el carbón, ni la energía nuclear, ni la energía hidroeléctrica, ni la energía eólica, ni la energía solar, ni el resto de energías renovables, ni el ahorro y la eficiencia, ni los motores de agua, ni las energías libres, ni los coches eléctricos van a facilitar milagrosamente la transición hacia un sistema en el que las necesidades energéticas de la mayoría de la población estén satisfechas.

Las consecuencias de este cambio global, empezando por su manifestación más evidente, el cambio climático, ya han comenzado a ser visibles. Dicho proceso, característico de lo que ha venido a denominarse como antropoceno (noción que tiende a describir la humanidad como una fuerza geológica autodestructiva), se está traduciendo en la polución atmosférica y del agua potable, el empeoramiento del estado general del mar, la contaminación del suelo, la pérdida de biodiversidad, etc. Y lo peor de todo es que se trata de un proceso que, en cierta medida, ya no es reversible. En palabras del científico del CSIC, “a estas alturas, resulta imposible detener un cambio climático en marcha durante los próximos siglos o milenios. Lo único que podemos hacer es no agravarlo y adaptarnos a él” (p. 163).

Es más, acrecentada por la covid-19, la crisis energética se explica, en última instancia, por ese modo de organización social que llamamos capitalismo o, para ser más precisos, por la necesidad de crecimiento económico que es inherente al sistema capitalista. En vez de antropoceno, más bien deberíamos hablar de capitaloceno. El capitalismo necesita crecimiento, porque el capital necesita obtener beneficios; en cambio, en una economía estacionaria, esto es, que no crece, no hay retorno a la inversión de capital, por lo que no se puede ganar dinero (es la alteración de la famosa tríada marxiana D-M-D’). Ahora bien, nosotros nos encontramos ante una situación, no ya de estancamiento, sino de descenso energético forzado. Por tanto, ante la falta de recursos energéticos necesarios para mantener toda nuestra actividad económica, la contracción aparece como un horizonte obligado, aun cuando no será constante ni tampoco igual en todas las partes del mundo. Esta crisis no se acabará nunca dentro del modo de producción actual; no hay “capitalismo verde” que valga.

Así pues, según Turiel, hará falta adaptarnos a un entorno de decrecimiento forzoso, aunque la pregunta que subyace es si la nueva sociedad se organizará de modo democrático o autoritario. Las hipótesis son diversas. Por ejemplo, en Leviatán climático, Geoff Mann y Joel Wainwright plantean cuatro escenarios políticos distintos más o menos plausibles: en el escenario “Leviatán climático”, un gobierno mundial intenta salvar al capitalismo de sí mismo con una refundación verde y keynesiana, pero que sigue beneficiando a los más ricos; en el escenario “Mao climático”, una especie de Estado autoritario —China— ofrece una solución planetaria a través de una economía planificada; en el escenario “Behemot climático”, cada país se lanza a un “sálvese quien pueda” fascista y autárquico; y, por último, en el escenario “X climática” —ni siquiera los mismos autores se atreven a definir un nombre específico—, un anticapitalismo sin Estado mundial consigue de algún modo imponer la justicia climática.

Hará falta adaptarnos a un entorno de decrecimiento forzoso, aunque la pregunta que subyace es si la nueva sociedad se organizará de modo democrático o autoritario.

Para no seguir ahondando en un posible contexto de retroceso de derechos fundamentales y crecimiento de proyectos políticos autoritarios, Turiel propone toda una serie de cambios “de índole social más que tecnológica” (p. 188), esto es, de modo de entender la economía, que deberíamos establecer con tal de evitar el colapso. Entre ellas, destacan: la anulación de las deudas actuales, la reforma radical del sistema financiero, la redefinición del concepto de dinero, la reforma de los Estados, la definición de planes de transición locales y la preservación de los servicios básicos. A estas medidas sociales, prioritarias y centrales en cualquier proyecto de transición económico-ecológica, se les puede sumar otro conjunto de medidas técnicas que las ayuden a llevarse a cabo. Por ejemplo: la reingeniería, un mejor aprovechamiento de la energía renovable, el cambio de los modelos de propiedad y de los modelos de uso y apostar por la minería de los vertederos y el reaprovechamiento de materiales.

Aunque dentro del paradigma cultural dominante es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo (frase generalmente atribuida a Žižek, pero que en realidad pertenece a Jameson), implementar estas medidas socioeconómicas y técnicas sentaría las bases de un modo de producción alternativo que permitiese una adaptación más justa a la crisis energética. En este sentido, es de agradecer que el campo de la economía ecológica haya pensado varias estrategias y políticas concretas que se pueden poner en marcha para iniciar la fase de transición (a modo de ejemplo, véase el artículo “Pensar la transición”, de Óscar Carpintero y Jorge Riechmann). Además, la mayoría de ellas ponen el foco en el hecho de que el problema es de naturaleza política, asumiendo que hay capacidad tecnológica suficiente para detener las peores consecuencias de la crisis multidimensional global. Sin embargo, el libro de Turiel adolece de cierto catastrofismo, ya que exagera nuestras limitaciones y critica (en nuestra opinión, de manera errada) las diferentes propuestas de Green New Deal, el cual es asociado directamente a una suerte de reforma verde del capitalismo.

Hoy en día, aunque la idea de un “capitalismo verde” existe y es promovida por diferentes partidos social liberales, el Green New Deal ha adquirido relevancia en la opinión pública gracias a los sectores más progresistas del Partido Demócrata estadounidense (principalmente, Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders) y de la izquierda radical europea. En líneas generales, consistiría en una profunda descarbonización del sistema energético, sustituyendo combustibles fósiles por energías renovables. Pero no se trata solo de un programa de transición energética, sino de un proyecto integral de autodefensa social a partir de la hipótesis del Estado emprendedor: crear empleos verdes con garantías laborales y sindicales; asegurar el acceso a aire limpio, agua de gestión pública y comida saludable y de kilómetro cero; disminuir la pobreza energética; universalizar los servicios sociales; reducir la jornada laboral y aumentar el tiempo libre; etc. Es verdad que, a nivel ecológico y a medio plazo, el Green New Deal es insuficiente, pero a corto plazo se vuelve totalmente necesario y, sobre todo, nos permite ganar tiempo.

Sin negar que el problema de fondo es el crecimiento económico ilimitado, el Acuerdo Verde puede servir para, aparte de alejar nuestra civilización del abismo ecológico, permitir que los movimientos ecologistas hagan el trabajo molecular necesario con el fin de cambiar el sentido común de la sociedad. A saber, plantear la cuestión fundamental de los límites del crecimiento, elaborar un programa de desindustrialización e impulsar a distintos niveles los cambios sociales que, tal como expone Turiel, son imprescindibles para que el vivir mejor con menos se convierta en un horizonte de esperanza realizable.

Para saber más

Carpintero, Óscar y Jorge Riechmann. 2013. “Pensar la transición: enseñanzas y estrategias económico-ecológicas”, Revista de Economía Crítica, núm. 16, pp. 45-107.

Mann, Geoff y Joel Wainwright. 2018. Leviatán climático: una teoría sobre nuestro futuro planetario. Madrid: Biblioteca Nueva.

Tejero, Héctor y Emilio Santiago. 2019. ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal. Madrid: Capitán Swing.

Interacciones con los lectores

Newsletter

Responsable: Associació Institut Teoria i Praxi. NIF G-67544767. C. Rocafort 242 bis, 2º de 08029-Barcelona. Email: info@sobiranies.cat. Finalidad: Tramitar peticiones de los usuarios. Informar sobre el contenido de la página. Comercializar bienes y servicios. Legitimación: Propio consentimiento del usuario. Destinatarios: Associació Institut Teoria i Praxi y proveedores legitimados externos necesarios para el desarrollo de la actividad. Derechos: Acceder, Rectificar, suprimir y otros establecidos en la política de privacidad. Contactando con info@sobiranies.cat. Información adicional: Aquí se puede acceder a la política de privacidad.