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‘Frágiles’ de Remedios Zafra: el malestar en la nueva cultura

¿Hasta qué punto podemos pensar que en una sociedad postcapitalista nos liberaríamos de emociones generalizadas como la angustia o la ansiedad? Eloi Gummà reseña el nuevo libro de Remedios Zafra.

Economista i estudiant de filosofia contemporània
19/05/2021

El Poeta se asemeja al príncipe de las nubes
Que frecuenta la tormenta y se ríe del arquero;
Exiliado sobre el suelo en medio de las burlas,
Sus alas de gigante le impiden ya marchar.

Baudelaire, L’albatros

Las inquietudes que recorren el último libro de Remedios Zafra (Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura) son comunes y han atravesado en algún momento a cualquier persona que escribe o crea desde aquello que ella denomina “hacer con sentido”. Este ensayo, escrito con un marcado tono autobiográfico, nos interroga sobre cómo se entrecruzan estas actividades intelectuales y creativas con nuestra cultura de hoy, marcada por una nueva concepción del trabajo y de las relaciones humanas en el marco de las últimas evoluciones del neoliberalismo. La estructura del libro gira alrededor de una relación epistolar que ella establece con una mujer que trabaja al ámbito periodístico cultural, llevando sus vivencias personales ante autores como Marx, Woolf, Kafka, Foucault, Butler, Haraway o Byung Chul Han. Remedios Zafra escribe sobre lo que ella define como una cuestión de época. Una época que “no puede aguantar más sobreproducción ligera, más residuo y práctica caduca, más abaratamiento sostenido en la esclavitud de la invisible y clasista producción primera”.

Remedios Zafra define nuestra cultura como una cultura ansiosa, que ente “empuja a pronunciarnos y a producir, y lo hace amparando el acceso y la acumulación, y en ambos casos primando una lógica aditiva, fruto de la comparecencia acumulativa y no integradora o reflexiva”. Vivimos en un contexto de mercado donde la producción simbólica tiene cada vez más peso, pero donde su capacidad crítica intenta ser neutralizada y domesticada a través la precarización y los patrones de consumo rápido. Dónde, como dice ella, demasiado a menudo una persona se ve abocada a escoger entre abandonar cualquier esperanza de trabajo creativo y crítico o perpetuarse en la precariedad. Es obvio que no tendríamos que aceptar esta dicotomía como algo normal en tanto que forma parte de los mecanismos de disciplinamiento de la crítica, pero seguramente la respuesta tampoco tendría que ser la claudicación. Atravesado por este dilema, Bukowski explicaba que llegó un momento en su vida donde «tenía dos opciones, quedarme en la oficina de correos y volverme loco… o salir y jugar a ser escritor y morirme de hambre. Decidí morirme de hambre”. En cualquier caso, políticas como una renta básica universal tendrían que ser una prioridad en este sentido porque nos alejarían de tener que tomar decisiones como esta y nos harían por lo tanto más libres a la hora de vincularnos y reencontrarnos con nuestros “haceres con sentido”.

En relación al mundo del trabajo, Remedios Zafra reflexiona sobre la “relación entre vida y trabajo desde el hacer intelectual y creativo, desde su peculiares placeres y presiones, sus modos económicos, tiempos y prisas”, y nos habla de esas vidas-trabajo sostenidas en la sobreexposición que estallan en una ansiedad normalizada”. En este sentido, habla de un cambio de época en la concepción del trabajo, en cuanto que este ha pasado de ser un lugar al que se va a una práctica que se ejerce acogiendo cada vez niveles más altos de flexibilidad que a menudo van de la mano de una creciente mimetización del individuo con las tecnologías. Podríamos entender este cambio –acelerado en los últimos meses fruto de la pandemia y el teletrabajo- como la consecuencia de la evolución del capitalismo en su fase neoliberal. De la fase que podemos denominar sociedades disciplinarias, donde el dominio de los cuerpos era central y el trabajo era un lugar –los trabajadores tenían que trabajar unas horas concretas en la fábrica-, a las sociedades de control, basadas en el dominio de las mentes donde ya no es tan necesaria una coacción exterior en cuanto que el sujeto se erige como su propio amo desarrollando la capacidad de autoexplotarse. Remedios Zafra explica esto de la siguiente manera: “en la nueva cultura se prodiga la idea de que tenemos una mayor libertad cuando, sin embargo, sentimos mayores exigencias y vigilancia. No me refiero a una coacción materializada como una orden explícita, muy al contrario. Hablo de esa fuerza silenciosa y eficiente de la mala conciencia cuando no estamos dedicados al trabajo pendiente. Esto acontece bajo la sensación de un escrutinio persistente”. Esta mala conciencia se nos manifiesta muchas veces desde el sentimiento de una angustia y una ansiedad productivista, agraviada por un discurso calculador del capitalismo que es indiferente a la lógica del sentido que tendría que primar en las tareas intelectuales y creativas. Cómo decía Tolstói, “de esta falta de correspondencia entre nuestra concepción vital y la práctica real de la vida nacen una serie de contradicciones y sufrimientos que envenenan nuestra vida y piden un cambio… Nuestra existencia es una contradicción constante con todo aquello que consideremos necesario y correcto.”

Todo esto, nos explica Zafra, va de la mano con el hecho de que, en la época de la globalización, no solo se han difuminado las fronteras entre países y se ha erosionado la soberanía de los Estados, sino que en aquello personal se han difuminado las fronteras entre vida pública y vida privada, vida laboral y vida social, en gran parte gracias a la emergencia de las redes sociales y las nuevas tecnologías. ¿No erosiona igualmente esta difuminación de nuestras fronteras en cuanto que individuos nuestra soberanía y libertad? “¿No crees que hoy nos sale al paso la presión del trabajo sumiso en el que hemos sido educados, generando la tensión de vivir una vida que no nos pertenece?”

Remedios Zafra acaba preguntándose dónde queda la esperanza ante todo este panorama, “no encontrar la puerta que permite seguir hacia una buena vida es experimentado como injusticia cuando se pone en ello nuestra pasión y crédito, generando dolor, falta de suelo y cuestionamiento de normas ¿Qué pasa cuando se descubre la impostura del acuerdo? El adolescente que llevamos dentro corre el riesgo de envilecerse, especialmente si la sociedad no le explica lo que pasa, si da por hecho que las cosas funcionan injustamente sin hablarlo con ellos, sin alternativas que ofrecer. La nobleza sin coraza del adolescente se endurece y cae como molde a medida en el individualismo competitivo. Un engranaje perfecto para que nada importante cambie”. Citando a Ernst Bloch, apunta a la lucha como primero horizonte de esperanza, en cuanto que “el trabajo contra la angustia vital y los manejos del miedo es un trabajo contra quienes los causan, en su mayoría muy identificables.”

Precisamente lo que hace de esto una cuestión de época es el hecho que estos malestares no se entienden sin la fuerza de la subjetividad neoliberal, y por tanto tenemos que trabajar para construir una sociedad diferente que posibilite nuevas maneras de subjetividad. Pero ¿hasta qué punto podemos decir que una parte de este malestar no forma parte también de la propia cultura como tal y por tanto de la condición humana? ¿Hasta qué punto podemos pensar que en una sociedad postcapitalista nos liberaríamos de emociones generalizadas como la angustia o la ansiedad? En este punto puede tener sentido mirar hacia el psicoanálisis, quizás el grande ausente presente en esta obra de Remedios Zafra.

Hace poco más de 90 años, Sigmund Freud publicaba su obra El malestar en la cultura. Freud habló de este malestar que se puede expresar a través de la angustia como algo que, sin dejar de estar condicionado por el entorno, forma parte de la misma condición de muchos seres humanos que viven en sociedad. Posteriormente Lacan, desarrollando las enseñanzas de Freud, sostuvo que la vida humana es una experiencia fallida en cuanto que el sujeto siempre estará dividido; siempre estará alienado de alguna manera respecto de su propio ser en cuanto que la propia imagen de unidad que se crea de él mismo se opone a su experiencia vital de fragmentación y de imposibilidad de acceder plenamente a su deseo.

Cómo dice el psicoanalista argentino Jorge Alemán, pensar nuestra cultura hoy desde el psicoanálisis seguramente nos lleva malas noticias. Por un lado, una perspectiva psicoanalítica nos puede llevar a ver como el neoliberalismo ha conseguido tocar algo muy profundo de nuestras subjetividades. Seguramente más que cualquier otro sistema en la historia, el neoliberalismo ha podido conectar con los deseos y las pulsiones en una medida que hace difícil percibir las propias circunstancias de explotación o autoexplotación. Por otro lado, el psicoanálisis también nos viene a decir que no hay crimen perfecto. Esto quiere decir que siempre habrá una parte de este sujeto, unos restos, que no podrán ser totalmente capturadas, y esto supone –de momento- un impedimento último por el avance de la subjetividad neoliberal. Cuando menos, esto también quiere decir que seguramente en una sociedad post-capitalista continuaríamos necesitando psicoanalistas, en cuanto que seguiríamos siendo sujetos divididos, neuróticos, ansiosos y que se angustian.

Quizás hay algo en esta angustia existencial que es lo que lleva el ser humano a crear. Freud hablaba así: “Se trata de la existencia de un camino de retorno desde la fantasía a la realidad. Este camino no es otro que el arte […] El artista reencuentra el camino de la realidad de la siguiente manera: por supuesto, él no es el único que vive una vida imaginativa. El dominio intermedio de la fantasía disfruta del favor general de la humanidad y todos aquellos que sufren acuden en busca de una compensación y un consuelo.” El arte y las actividades creativas e intelectuales como manera de habitar esta esta angustia que es de época pero que también es existencial, que es vivida como individual pero que también es común y compartida.

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