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Globalismo, nación y crisis de soberanía: una historia del neoliberalismo

Eloi Gummà reseña 'Globalistas' (Capitán Swing), el libro del historiador Quinn Slobodian donde se traza un detallado análisis del neoliberalismo.

Doctorando en Historia Contemporánea
12/11/2021

Reseña de Q. Slobodian, Globalistas. El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo, Madrid, Capitán Swing, 2021.

La crisis económica de 2008 y su gestión se encuentran en el origen del desgaste del proyecto de hegemonía neoliberal que se aprecia en las nuevas formas que está adoptando la derecha a escala internacional, el crecimiento de proyectos nacionales alternativos o el retorno de la idea de soberanía en el discurso de izquierda. Podríamos englobar todos esos síntomas bajo el fenómeno de una crisis de soberanía causada por cómo el neoliberalismo ha vaciado de contenido esta palabra. El proceso de formación de todo esto, entendiendo el neoliberalismo como un intento de crear una ideología coherente pero también como herramienta para restaurar el poder de clase en el ámbito institucional, es el que analiza Quinn Slobodian en el libro Globalistas, publicado por Capitán Swing. Se trata de un libro que cuestiona algunas visiones asumidas sobre el neoliberalismo, como la creencia de que promueve un debilitamiento del poder estatal. Slobodian analiza el neoliberalismo –principalmente la Escuela Austriaca de Hayek y Von Mises– en su búsqueda a lo largo del siglo XX de una solución institucional que permitiera aislar el poder de los mercados ante la amenaza de la democracia de masas y la justicia social. La principal tesis y contribución del libro es este análisis profundo del neoliberalismo no tanto como una teoría económica sobre el funcionamiento del mercado, sino como una teoría del Estado y del derecho, enfatizando el papel activo que juegan los neoliberales en la construcción de instituciones y tratados que resultarán absolutamente fundamentales.

Slobodian empieza este recorrido histórico en la Viena posterior a la I Guerra Mundial y la desintegración del Imperio Austrohúngaro, momento en que la aparente autorregulación del mercado de la que hablaba Polanyi empezaba a hundirse. La irrupción de las masas en la política, la cuestión de la autodeterminación, o las economías de guerra y la planificación que supusieron para algunos Estados fueron percibidas por los padres del neoliberalismo como el fin de una época de imperios que operaban en el contexto de un mercado desregulado sin cortapisas. Empezaba, pues, su particular guerra de posiciones que los llevaría a combatir el New Deal de Roosevelt, los Planes Quinquenales de Stalin, o ciertas tendencias proteccionistas como el abandono del patrón oro en Gran Bretaña en 1931, que ellos percibían como meras ilusiones de un control imposible de la economía. Esta voluntad de control sobre la economía, que sobre todo se consolida después de la crisis de 1929 con el New Deal y después con el consenso keynesiano de posguerra, les llevó hasta el punto de enfrentarse más tarde con el presidente republicano Eisenhower y acusarlo de socialista. Dado su desacuerdo con muchas de las políticas económicas que se llevaban a cabo desde los gobiernos durante estas décadas, los neoliberales decidieron centrarse en la construcción de instituciones supranacionales y tratados de comercio mundial como el GATT, convirtiéndose así en globalistas. Así, como dice Slobodian, lo que entonces se entendía como una falacia del siglo XIX –creer que se podía retroceder a una era anterior– se ha convertido en parte de la realidad del siglo XXI (p. 216).

Las razones que ayudan a entender esta pulsión globalista que fue característica del neoliberalismo desde principios del siglo XX tienen que ver con la manera como percibían la relación entre el mercado y la nación, y se ilustra bien a partir de la frase de Lionel Robbins cuando afirmaba que «Las minas para los mineros» y «Papúa para los papúes» son lemas similares en términos analíticos. Es decir, entendían que la democracia y la idea de soberanía del Estado-nación ya era en sí misma la semilla del socialismo y del control de la economía. Por eso, para los neoliberales, como explica Slobodian, la auténtica guerra no era la que se libraba entre países o imperios individuales, sino entre la economía mundial y la nación como formas de organización humana (p. 164). Era necesario volver a arrebatar el Estado a las masas, pero viendo la consolidación de la figura del Estado-nación, los neoliberales optaron por tratar de operar en otro nivel. Esto les llevó a promover instituciones como la Cámara de Comercio Internacional y a que el mismo Hayek teorizara ya durante los años 30 sobre la necesidad de establecer federaciones supranacionales amplias pero libres constituidas por naciones que, aunque controlaran la política cultural, estarían obligadas a mantener el libre comercio y la libre circulación de capitales entre los países. Confiaban en que su solución satisficiera las exigencias generalizadas de autorrepresentación y, al mismo tiempo, preservase la división internacional del trabajo y la búsqueda libre de mercados rentables (p. 145). Por tanto, las soluciones en que pensaban los neoliberales no iban tan orientadas a hacer desaparecer la idea de un demos o de soberanía, sino a vaciarlas de contenido. Para ilustrar todo esto, los neoliberales adoptaron la distinción popularizada por Carl Schmitt –y proveniente del derecho romano– entre dos tipos de poderes: imperium –en referencia al poder de los Estados– y dominium –en referencia al poder de aquellos que tenían propiedades distribuidas por toda la Tierra–; se proponían asegurar la preeminencia del dominium por encima del imperium.    

Esto suponía destronar la política y despolitizar la economía, pero Slobodian insiste en el hecho de que era en la práctica una lucha jurídica constante, que requería una continua innovación en la creación de instituciones que pudieran proteger el espacio de la competencia (p. 321). Hayek y Von Mises, después de la crisis de 1929, acabaron por asumir que la economía era algo que escapaba de toda comprensión humana; que era sublime. Hayek decía que la única palabra que podía definir al mercado mundial era “trascendente”. Por tanto, el orden no se perpetúa prescribiendo objetivos y estados finales deseados, sino que su perpetuación requiere que la gente –y los Estados– se rinda a la sabiduría del sistema. Para Hayek, la forma más elevada de racionalidad es el sometimiento al conocimiento superior de las instituciones, que son a su vez la acumulación de estrategias exitosas determinadas mediante procesos de selección natural de largo recorrido. Había que preservar la ignorancia necesaria (p. 354). Si el gran Otro del neoliberalismo era la nación y la idea de democracia que podía conllevar, su sublime objeto era la competencia; todo eso es lo que Slobodian define como una teología negativa. Quizás un defecto del libro de Slobodian es que no analiza suficientemente las interrelaciones entre la Escuela Austríaca y la Escuela de Chicago de Friedman y la influencia de cada una, aunque explica que esta última abandonó la visión trascendente del mercado de Hayek y trató de retornar más al paradigma de la racionalidad y la elaboración de modelos económicos.

Durante muchas décadas, la acción política de los neoliberales estuvo orientada a fortalecer las instituciones que preservaban el comercio mundial, pero la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) con el Tratado de Roma el año 1957 inauguró una nueva fase. Aunque ciertos neoliberales fueron escépticos con la idea de crear federaciones de alcance continental y no mundial, definiendo la CEE en algunos casos como libre comercio hacia dentro y proteccionismo hacia fuera, otros lo vieron como una oportunidad para avanzar hacia la idea de federación que ya proponía Hayek en los años 30. Algunos de los principales teóricos neoliberales del momento jugaron un papel relevante en la CEE. Hacia la década de los 70 –sobre todo después de la crisis de 1973– el neoliberalismo comenzó a ganar más peso a medida que iba avanzando en la integración europea; un proyecto que los neoliberales describieron como una “Constitución económica”. En el caso de la Constitución Española de 1978, Gerardo Pisarello explicaba que si la Constitución portuguesa de 1976 fue la última Constitución social fuerte del continente, la española de 1978 se configuró ya como una Constitución de transición que, a despecho de algunos elementos socializantes, incorporaría otros claramente ligados al nuevo momento neoliberal. Esta Constitución, que ya hablaba abiertamente de “marco de una economía de mercado» (art. 38), sólo se ha reformado dos veces, y ha sido para hacer concesiones de soberanía. La primera fue por el tratado de Maastricht de 1992, que era una auténtica Constitución económica dirigente, pero invertida, que imponía con cierto detalle los elementos basilares de una ideología tecnocrática y neoliberal, frenando cualquier intento de regeneración democrática y proscribiendo la posibilidad de que al interior de los estados pudieran ejecutarse las políticas keynesianas que habían conseguido mantener a raya al capital financiero. Todo esto, que ya provenía de formulaciones que los neoliberales empezaron a pensar en la década de 1930, era lo que permitía endilgar a “Europa” la responsabilidad por la aplicación de políticas impopulares en el ámbito interno y ganar en el Consejo de Europa –y en el propio Consejo de Ministros de la Unión– un poder que, por lo pronto, les libera de la incómoda tutela de los parlamentos estatales[1].

La segunda reforma fue la que hizo el gobierno Zapatero del artículo 135 para priorizar el pago de la deuda en el contexto de crisis económica en el año 2011 –tres meses después del 15M–; uno de los orígenes de la actual crisis de soberanía en la que aún hoy seguimos inmersos. Todo esto había empezado a ser disputado con el movimiento antiglobalización que llevó a las movilizaciones de Seattle en 1999 o Génova en 2001, hecho que supuso por primera vez el cuestionamiento directo del poder de muchas de estas instituciones creadas por los neoliberales –como la OMC–, que habían estado funcionando al margen del control público. Durante aquellos tiempos, hasta llegar a 2008, explica Slobodian que a la “economía mundial” se le otorgó un poder que excedía al de cualquier país. Los políticos acostumbraron a recurrir a la economía mundial para justificar los recortes en beneficios sociales y la reestructuración. Resultaba conveniente contar con un agente extranacional que impusiera disciplina y al que pudiesen señalar con aire de disculpa y un encogimiento de hombros mientras recortaban otra condición del acuerdo de la posguerra. Culpar a la economía mundial era una estrategia sostenible, porque imponer la disciplina no era más que una de sus dos caras políticas (p. 425). Quizás esta estrategia resultó efectiva hasta el 2008, pero después cuando la economía mundial dejó de dar, se quedó únicamente con la máscara de chivo expiatorio. Los votantes reaccionaron de manera previsible: votando en contra (p. 425). La utopía neoliberal a lo largo del siglo XX, concluye Slobodian, había sido crear un mundo de gente sin pueblo. Pero cuando el pueblo volvió a emerger lo hizo manifestando una crisis de soberanía que nos ayuda a entender hoy el cansancio de la hegemonía neoliberal en fenómenos tan cercanos como una derecha que aparentemente desconfía de la globalización, las demandas de mayor soberanía en Cataluña o el retorno y las nuevas formulaciones de este concepto en el seno de la izquierda.


[1] G. Pisarello, Un largo Termidor. Historia y crítica del constitucionalismo antidemocrático, Quito, CEDEC, 2012, pp. 173, 183 y 179.

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