Compartir

«Yo no firmo»: sufrimento psíquico y pandemia

Aunque no sabemos cuál será el alcance económico de la crisis provocada por la COVID-19 sí existe un consenso: las consecuencias serán de proporciones importantes, muy especialmente para las personas más vulnerables de la sociedad.

Filóloga, editora. Diputada por En Comú Podem.
28/05/2020

Pocos fenómenos han dado forma a nuestra sociedad y culturas de la manera que lo han hecho los brotes de enfermedades infecciosas. Y a pesar de ello, en nuestra época se ha dedicado poca atención a estos episodios históricos. Sabemos poco, por ejemplo, del referente de una pandemia similar en su globalidad y características a la de la Covid-19, la de la gripe española de 1918. De hecho, el historiador Alfred W. Crosby ha llegado a llamarla “la pandemia olvidada”. Existen varias posibles explicaciones sobre este hecho. La más probable, la misma forma en que las sociedades reaccionan a las pandemias: al principio con horror y pánico, después, tan pronto como empieza a disminuir la alarma sanitaria, manifiestan un desinterés desapasionado. Es más, las pandemias producen tal impacto que cambian nuestra forma de metabolizar las experiencias. A medida que volvemos a la normalidad, llegamos incluso a reprimir nuestros recuerdos, lo que provoca una especia de amnesia colectiva.

La gripe española se produjo justo antes del advenimiento de la psiquiatría moderna, y mucho antes del auge de las que se han llamado las ciencias psi, que incluirían además de la psiquiatría misma, la psicología, la psicoterapia, el psicoanálisis, la neuropsicología, etc. Por lo tanto, sabemos poco de los posibles enfoques de estas ciencias ante una pandemia global. Pero la negativa a reconocer el significado profundo que puede tener una pandemia de este tipo para la psique individual y colectiva puede reflejarse en el primer encuentro que el psicoanálisis tuvo con una pandemia. En enero de 1920, la hija de Sigmund Freud, Sophie Freud-Halberstadt, murió por complicaciones asociadas a la gripe española. Freud escribió al pastor Oskar Pfister: “Esta tarde hemos recibido la noticia que nuestra dulce Sophie nos ha sido arrebatada por una neumonía provocada por la gripe, arrebatada en medio de una salud radiante, de una vida plena y activa, todo en 4 o 5 días, como si nunca hubiera existido […] Es muy difícil juzgar des de la distancia. Y esta distancia debe continuar existiendo; no podemos viajar inmediatamente, como habíamos previsto, después de las primeras noticias alarmantes; no hay tren, ni tan solo para una emergencia. La brutalidad sin disimular de nuestro tiempo nos pesa demasiado.”  Poco después escribiría a su amigo Max Eitington: “No sé qué más decir. Es un acontecimiento tan paralizante, que no puede provocar pensamientos posteriores cuando uno no es creyente y, por tanto, se ahorra todos los conflictos que comporta. Necesidad contundente, sumisión muda.

Las palabras de Freud reflejan dolor ante una pérdida tan devastadora, pero sorprendentemente no incluyen reflexiones críticas sobre el significado de tales acontecimientos. Un siglo después, la pandemia de la Covid-19 revienta la realidad, y se disparan las alarmas que se desencadene también una pandemia de trastornos mentales. Como sociedad, debemos ser capaces de escoger como articular el sufrimiento y quizás, esta vez, huir de esta “sumisión muda” de la que nos hablaba Freud, porqué incluso el dolor más agudo tenga su traslación en horizontes esperanzadores de solidaridad y justicia social.

El pasado 14 de mayo, la OMS hizo un llamamiento a los gobiernos para que no dejen de lado la atención psicológica ante un posible aumento de trastornos mentales e incluso de suicidios provocados por el aislamiento, el miedo, la incertidumbre y la crisis económica. La OMS asegura que ya se ha observado un incremento de la prevalencia de la angustia en los países más afectados por la crisis: en el caso de China, ésta ha aumentado en un 35%; en Irán, en un 60% y en los Estados Unidos, en un 40%. La Universitat Oberta de Catalunya ha realizado un estudio de ámbito europeo que concluye que ahora mismo el porcentaje de población que está en riesgo de sufrir trastornos mentales es del 46% en España, 41% en Italia y 42% en Reino Unido. El estudio, además, muestra que hay variables como un estatus socioeconómico bajo que influyen negativamente en este riesgo. Y éste es sin duda un dato esencial al tratar las consecuencias del sufrimiento psíquico en esta pandemia.

Aunque no sabemos cuál será el alcance económico de la crisis provocada por la COVID-19 sí existe un consenso: las consecuencias serán de proporciones importantes, muy especialmente para las personas más vulnerables de la sociedad.

Según la OIT, a finales de abril cuatro de cada cinco trabajadores y trabajadoras se encontraban en situación de desempleo y más de 1600 millones de personas trabajadoras de la economía informal tenían serias dificultades para mantener sus ingresos. Ya en la crisis económica de 2008 se observó una clara correlación entre la tasa de desempleo y el suicidio. Un dato abrumador: el país más golpeado por la crisis, Grecia, pasó de tener la tasa más baja de suicidios de toda la Unión Europea antes de 2007 a la más elevada a partir de 2012.

Sería inocente asegurar que todo el sufrimiento psíquico provocado por la pandemia podría erradicar con medidas de justicia social. Tenemos que reconocer que hay emociones no deseadas que escapan de la realidad social y que inundan nuestros hogares durante esta crisis, y es que nuestra sociedad está poco preparada para el dolor. Además de vivir de espaldas a la muerte, tolera poco la expresión de emociones negativas. De ahí este culto al pensamiento positivo y la felicidad como una imposición. En el libro Smile or die, Barbara Ehrenreich muestra como en la Unión Soviética, al igual que en los países del Este y en Corea del Norte, los censores exigían que el arte, la literatura y el cine estuvieran llenos de alegría, que los héroes fueran felices. Algo parecido ocurre en nuestra sociedad de consumo, en la que la felicidad se compra a base de sesiones de coaching o psicoterapia y todo lo que se encuentre próximo a la tristeza se tapa entre montañas de productos diseñados para el placer instantáneo.

Si queremos dar un sentido al sufrimiento, si queremos no caer en la «sumisión muda» y la amnesia colectiva una vez superemos la crisis sanitaria, debemos ser capaces de articular este sufrimiento en una doble dirección: por un lado, reivindicar el origen socioeconómico de gran parte de este sufrimiento, y por otro, reconocer el dolor como sentimiento legítimo en tanto que parte de la realidad. Ambas direcciones suponen un enfrentamiento con el sistema psiquiátrico y de las ciencias psi actual y con el mismo marco capitalista en el que se sitúan.

No sé qué es la locura. Puede ser cualquier cosa o nada. Es una condición humana. En nosotros la locura existe y está tan presente como la razón. El problema es que la sociedad, para considerarse civilizada, debería aceptar tanto la razón como la locura

Franco Basaglia, el psiquiatra que revolucionó la sociedad a través de la ley 180, de 1978, por la que se cerraban los manicomios italianos

El capitalismo ha privatizado el dolor, lo que sin duda le ha resultado muy rentable. Por un lado, ha explicado el trastorno mental como un problema químico o biológico individual que en su mayor parte debe ser tratado con medicamentos. De esta forma ha conseguido reforzar el individualismo del sistema, al tiempo que ha abierto un mercado muy lucrativo para las compañías farmacéuticas. Pero también gran parte de los abordajes psicoterapéuticos de la actualidad se basan en nociones altamente individualistas enfocadas al pensamiento positivo: se combina la atención a la historia de la propia infancia con la idea proveniente de la autoayuda que somos dueños de nuestro destino, y que por lo tanto nuestra infelicidad puede modificarse en tanto nos modificamos nosotros mismos y no la realidad que nos rodea.

Esta privatización del dolor ha sido un eje fundamental en la destrucción del concepto de lo público. Si queremos revertir esta destrucción, hay que politizar el dolor. Antes del advenimiento de la crisis de la Covid-19, y en el contexto de las consecuencias de la crisis financiera de 2008, el crítico Mark Fisher afirmaba que, si en las décadas de 1960 y 1970 la política y la teoría radicales (Laing, Foucault, Deleuze y Guattari, etc.) formaron una coalición a propósito de cuadros mentales extremos como la esquizofrenia, y argumentaron, entre otras cosas, que la locura no es una categoría natural sino política, ahora debemos politizar aquellos desórdenes en apariencia mucho más «normales»: la ansiedad o la depresión. Efectivamente, la crisis actual nos proporciona una oportunidad para seguir con la tarea no concluida de los movimientos surgidos de la anterior crisis financiera: no debemos tratar la cuestión de la enfermedad psicológica como un asunto individual cuya resolución es de competencia privada. Al contrario, la plaga de la enfermedad mental en las sociedades capitalistas sugiere, en palabras de Fisher, que «el capitalismo es inherentemente disfuncional y que el coste que pagamos para que parezca funcionar bien es en efecto alto».

«No sé qué es la locura. Puede ser cualquier cosa o nada. Es una condición humana. En nosotros la locura existe y está tan presente como la razón. El problema es que la sociedad, para considerarse civilizada, debería aceptar tanto la razón como la locura «. Son palabras de Franco Basaglia, el psiquiatra que revolucionó la sociedad a través de la ley 180, de 1978, por la que se cerraban los manicomios italianos y se impulsaba que la psiquiatría pusiera el énfasis en las personas y no en la enfermedad o trastorno mental. Tantos años después, las palabras y la revolución de Basaglia son un faro ante una crisis de la que no podemos salir igual que como entramos. Es cierto que a las personas que desencadenen sufrimiento psíquico extremo no se las cerrará entre los muros de un manicomio, pero existe otro tipo de manicomio, que el psiquiatra Piero Cipriano llama «manicomio químico», un manicomio de diagnóstico y molecular que se reproduce en las prácticas institucionales, incluso en las mismas formas de la sociedad. Este manicomio nos quiere normales, y ser normal significa practicar el culto al pensamiento positivo a la vez que aceptar estoicamente unas normas sociales profundamente injustas. Esta crisis debe servirnos para hacer frente a este manicomio, para derribar sus muros invisibles, para afirmarnos en la diversidad de experiencias psíquicas, pero también para organizarnos políticamente y subvertir las injusticias sociales que nos hacen profundamente vulnerables al dolor.

Cuando Basaglia empezó su carrera psiquiátrica como director del manicomio de Gorizia, en el norte de Italia, era una práctica común atar a los pacientes. Sin embargo, él se oponía y cuando le pedían que firmara en el registro de ataduras, contestaba con un contundente «yo no firmo». Estos fueron los primeros pasos de la revolución basagliana, una revolución que deberíamos reproducir en la medida de lo posible en nuestros tiempos. Ante los intentos de individualizar y neutralizar nuestro dolor, de despolitizarlo, tanto profesionales sanitarios, agentes sociales como sujetos sufrientes debemos responder con un inmenso “yo no firmo” capaz de transformar la realidad.

Interacciones con los lectores

Newsletter

Responsable: Associació Institut Teoria i Praxi. NIF G-67544767. C. Rocafort 242 bis, 2º de 08029-Barcelona. Email: info@sobiranies.cat. Finalidad: Tramitar peticiones de los usuarios. Informar sobre el contenido de la página. Comercializar bienes y servicios. Legitimación: Propio consentimiento del usuario. Destinatarios: Associació Institut Teoria i Praxi y proveedores legitimados externos necesarios para el desarrollo de la actividad. Derechos: Acceder, Rectificar, suprimir y otros establecidos en la política de privacidad. Contactando con info@sobiranies.cat. Información adicional: Aquí se puede acceder a la política de privacidad.