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La ampliación del Aeropuerto de Barcelona-El Prat: sobre un despegue a ninguna parte

Hemos conocido la noticia de la ampliación del Aeropuerto Barcelona-El Prat. Este plan es una magnífica metáfora de este momento de despegue hacia ninguna parte que estamos viviendo.

activista ecologista
12/08/2021

La mañana del pasado 2 de agosto, en medio del calor del verano, el vicepresident de la Generalitat de Cataluña y consejero de Políticas Digitales y Territorio, Jordi Puigneró, se reunía en Madrid con la ministra de Transportes, Raquel Sánchez, la secretaria de Estado de Transportes, Isabel Pardo de Vera, y el presidente de Aena, Maurici Lucena. Lo que se habló en aquel encuentro, que no figuraba en la agenda del Govern y transcurrió de forma secreta, no se hizo público hasta horas después, tras la comisión bilateral entre la Generalitat y el Gobierno que estaba programada para la tarde del mismo día. El anuncio no dejó a nadie indiferente: se desbloquean 1.700 millones de euros para poner en marcha la ampliación del Aeropuerto de Barcelona-El Prat Josep Tarradellas, la mayor inversión estatal en infraestructuras de la última década.

El plan prevé aumentar la capacidad del aeropuerto de 55 a 70 millones de viajeros al año, además de conectarlo, mediante líneas ferroviarias de alta velocidad, con los aeropuertos de Reus y Girona. El objetivo es convertir Barcelona en un «hub aéreo internacional«, es decir, un punto de conexión entre vuelos de corta y media distancia y vuelos intercontinentales.

Los clásicos argumentos de celebración por la iniciativa flotan en el aire como un zumbido aturdidor: se crearán «85.000 empleos directos y 365.000 indirectos«; después del coronavirus, la ampliación es «indispensable» para la recuperación económica de Cataluña; se favorecerán, una vez más, el crecimiento, la competitividad internacional, el «desarrollo industrial, logístico, innovador«, la atracción de talento extranjero; y todo ello, por supuesto, «con todas las garantías medioambientales» -las mismas de las que presume la ampliación del aeropuerto de Madrid, que engullirá, si procede, otros 1.600 millones de euros de presupuesto estatal.

En mitad de una emergencia climática que se deja sentir, un año más, en incontables récords meteorológicos y fenómenos extremos en todo el mundo, se produce un nuevo y desconcertante ejercicio de incompetencia política, de cinismo económico, de ceguera autoinducida. Como si no viviéramos en el mismo planeta que arde y se retuerce bajo los impactos de un sistema que se ha dedicado fundamentalmente a destriparlo, parece que hay quien pretende hacer oídos sordos, como si lloviera, y seguir alimentando a esa bestia que engulle recursos, defeca desechos y emite vapores contaminantes, eso sí, “con todas las garantías”. Los pretextos para hacerlo suenan huecos, obsoletos, ya no emocionan a nadie, pero hay quien se aferra a ellos como si fueran una cuerda colgando de una nave que se eleva, y no quisieran perderse la vista desde arriba. Cabe preguntarse qué les permite estar tan tranquilos mientras diluvia allá fuera. Cabe preguntarse qué pasará cuando la tromba de agua llame a la puerta.

Otro palo de ciego frente a la emergencia climática

Sí, es evidente: el primer absurdo de ampliar el aeropuerto es su absoluta incoherencia con los propios compromisos de reducción de emisiones de Cataluña y el Estado Español, y, en fin, con el momento histórico en el que nos encontramos. El recién publicado informe del IPCC 2021 advierte que nos encontramos “peligrosamente cerca” de sobrepasar el umbral de 1,5℃ -las temperaturas globales han ascendido ya un 1,1℃ desde niveles preindustriales debido a la acción humana-, y que podrían superarse incluso los 2℃ durante el siglo XXI “a menos que se produzca una profunda reducción en emisiones de dióxido de carbono (CO₂) y otros gases de efecto invernadero en las próximas décadas”[1]. Los efectos de este ascenso se dejarían notar en todo el mundo, pero la región mediterránea es especialmente susceptible, con temperaturas que serán un 20% más altas que la media. Sequía, olas de calor e incendios se vuelven cada vez más frecuentes e intensos.

Algunos números para hacerse una idea de la contribución de la aviación al problema: antes del Covid, el total de emisiones de CO₂ de todos los vuelos con origen o destino en el aeropuerto del Prat superaba los 7,5 millones de toneladas al año. Eso es más del doble de lo que emite la ciudad de Barcelona entera en el mismo periodo. El pasajero de avión, además, es el que más emite, de media, por kilómetro recorrido (casi 3 veces más que el coche y unas 20 veces más que el tren), y corresponde a una minoría privilegiada: solo entre el 2% y el 4% de la población mundial embarcaron en vuelos internacionales en 2018, y solo el 1% que vuela más frecuentemente contribuye ya a la mitad de las emisiones totales del sector. Nos encontramos con un medio de transporte de minorías, y que sin embargo es responsable de casi el 6% de las emisiones de efecto invernadero en el mundo cada año. ¿Parece poco? Una cifra más para zanjar: un solo vuelo intercontinental, pongamos de París a Nueva York, emite 3,2 toneladas de CO₂. Eso es más de lo que debería emitir el consumidor medio al año (2,5 toneladas) para no superar el calentamiento global de 1,5℃ antes de 2030[2].

Por descontado, un aumento del tráfico aéreo -se espera que el sector crezca un 3% anual en los próximos 20 años- supone un aumento de emisiones de CO₂ y del resto de gases de efecto invernadero asociados. Pero esto no va solo de contar emisiones. Es ponérselo demasiado fácil a los magos de las soluciones verdes, que hablan de aviones impulsados, al menos en parte, con biocombustibles hechos con plantas. No hablan tanto de cómo inciden en la deforestación, de su alta dependencia del tristemente célebre aceite de palma, ni de que hoy en día resultan ser hasta más contaminantes que los propios combustibles fósiles que vienen a sustituir. Del avión de hidrógeno hablan, pero no hasta 2035; demasiado tarde para cumplir el Acuerdo de París. Hablan del “aeropuerto más verde de Europa”. De dónde salgan los materiales para construirlo, cuáles sean sus impactos sociales y ecológicos en el punto de extracción, cuánta distancia tengan que recorrer a lomos de un transporte fósil, cuántas hectáreas de marisma se echen a perder, todo eso quedará oculto detrás de una sexy etiqueta sostenible. Pura magia.

Estos prestidigitadores del greenwashing olvidan, o bien ignoran completamente, la complejidad del mundo en el que vivimos, las relaciones de inter y ecodependencia entre los sistemas y los seres que los habitan. Por eso se permiten postular soluciones como los famosos mecanismos de compensación, por los que cualquier “daño al medioambiente”, ese indefenso ente externo a la civilización, puede ser “neutralizado” a través de otra acción beneficiosa. Contaminar sin límite, mientras plantemos suficientes árboles para compensar las emisiones después. Como si el planeta fuera una máquina a la que se le puede quitar una pieza y sustituirla por otra, una suma de partes conectadas por artificio, cuyo orden y disposición no alterara el resultado.

¿Cómo es posible sostener hoy en día una lógica tan descaradamente despegada del suelo?

Perderse en las alturas

El pasado mes de mayo, 175 entidades y corporaciones de Barcelona y el resto de Cataluña firmaron un manifiesto a favor de la ampliación del Aeropuerto de Barcelona-El Prat -entre ellas, Agbar, Repsol, ESADE, CaixaBank y Vueling. Es interesante y necesario analizar sus demandas para entender la encrucijada política en la que nos encontramos.

Una breve lectura del texto revela sin dificultad los pilares ideológicos de sus autores. Se habla, una vez más, de generar riqueza y ocupación, de situar Barcelona y Cataluña en un mundo “cada vez más global y urbanita”, de atraer “talento e inversión”. Del “coste de oportunidad y de imagen” que supondría no llevar a cabo la ampliación. De la irreversibilidad del crecimiento. Apuntalan el mito de la Modernización emancipadora, del horizonte único del progreso ilimitado que durante siglos ha movido el mundo -a costa, eso sí, de la colonización de los cuerpos y los imaginarios, el expolio y la devastación de territorios enteros-, sin que pareciera que nada, salvo la reticencia de algunos reaccionarios a abandonar su pueblucho y sus costumbres, pudiera frenar tal avance. Sin embargo, desde hace ya varias décadas, la evidencia científica nos advierte de un impedimento en esa senda, de un obstáculo imprevisto e insalvable: la Tierra misma.

¿Qué sucede cuando el sueño Moderno resulta ser incompatible con el planeta finito en el que nos ha tocado vivir?, ¿cuando no existen materiales para saciar su hambre en aumento?, ¿cuando sus propios estragos empiezan a reventarlo desde dentro?, ¿cuando deja de ser creíble para millones de dejados-de-lado, forzados al destierro, la exclusión y la migración? El antropólogo, sociólogo y filósofo francés Bruno Latour presenta un análisis certero del contexto que nos atraviesa en su libro Dónde aterrizar[3]. Explica cómo algunos, en su pleno derecho de sentirse importantes de nuevo, acaban siguiendo a políticos que les prometen la gloria de días pasados, una identidad nacional fuerte y la protección de sus fronteras, sin renunciar ni un ápice a sus privilegios materiales y desentendiéndose totalmente de lo que pase fuera. Es el triunfo del negacionismo como posición política, que vimos ejemplificado por la elección de Trump en 2016.

Otros, sin embargo, se empeñan en seguir adelante con el proyecto de esa Globalización que abre fronteras, establece conexiones, acelera los metabolismos y aniquila la distancia; esa Modernidad anunciada que habría de llegar, algún día, a todos los rincones del planeta. Al vérselas con la crisis ecológica, la pérdida de fe en el sistema y la escalada de las desigualdades, tratan de reanimar ese sueño con una descarga de sostenibilidad y solidaridad internacional que tiene más de discurso moralista y exculpatorio que de intencionalidad o capacidad de implantación reales. Proliferan el tecno-optimismo, la fantasía de las renovables y los prospectos de desarrollo como si, en vez de estar al filo del colapso ecológico y energético, estuviéramos otra vez en los felices años 20. Pero esos planes de futuro dependen demasiado a menudo de recursos que no existen o que escasean, y que nos presagian ya severos conflictos sociales y geopolíticos[4]. La descarbonización de las economías ricas, tal y como se plantea hoy, pasa por externalizar procesos contaminantes a otras partes del mundo[5]. El solucionismo tecnológico demuestra una y otra vez ser insuficiente, como mucho útil para satisfacer los delirios de grandeza de cuatro superricos, y pospone peligrosamente el difícil, pero necesario, cuestionamiento profundo de nuestras sociedades adictas al crecimiento. El boom de las renovables no bastará para circunvalar la crisis de los combustibles fósiles -la Agencia Internacional de Energía prevé un posible declive del 50% de la producción de petróleo de aquí a 2025[6]– si se contempla el aumento constante de la demanda de energía: las tasas de retorno energético de muchas de estas fuentes son muy bajas en comparación con las del petróleo, es decir, liberan una cantidad modesta de energía útil por unidad de energía invertida para producirla, y, además, se ignora su actual dependencia de infraestructuras y sistemas de distribución fósiles. Los números no salen, así no; desde luego, no para la mayoría de habitantes de la Tierra.

En estas circunstancias, plantear el crecimiento as usual, con capa de verde o sin ella, se convierte en un chiste obsceno. Porque se sirve de una deuda social y ecológica impagable que atraviesa la historia como un rastro macabro, y que promete salpicar el futuro. Porque responde a una lógica elitista y empieza a parecerse, aunque no se diga, a un “sálvese quien pueda”. Porque, en su necesidad de elevarse y expandirse eternamente, el globo de la Globalización y la Modernidad desborda la Tierra y a todos sus seres. No es de extrañar que ponga ya rumbo hacia Marte y la superación del Homo sapiens a través de la tecnología: cuando lo terrestre y lo humano dejan de ser suficiente para propulsar ese cohete enhiesto que embiste las nubes, rompe barreras y se abre paso hacia los cielos arrasando con todo en su camino, a sus adalides no les quedará más remedio que huir con él y buscar fuera. El progreso sin límites se desvela como un proyecto radicalmente transplanetario, extraterrestre.

Buscar el suelo común

El plan de ampliación del aeropuerto es una magnífica metáfora de este momento de despegue hacia ninguna parte que estamos viviendo. Por suerte, también nos revela muy claramente cuál debe ser la respuesta. Empieza a atisbarse la necesidad de buscar de nuevo el suelo. Y es que el proyecto se topará con dificultades: por mucho que sus defensores sigan haciendo como si lloviera, la sociedad está escarmentada. 

Están escarmentadas las ciudadanas y ciudadanos que ya conocen de primera mano los estragos de la terciarización y la turistificación en Barcelona, vinculados de forma explícita a proyectos como la ampliación del aeropuerto de El Prat. Los años de experiencia les han llevado a saber muy bien a qué se enfrentan: esa concepción del suelo como un recurso puramente destinado a generar plusvalías, favorecida por políticas liberalizadoras, que conduce a la cultura de la inversión, el desarrollo compulsivo de infraestructuras, la especulación y la invención de una serie de valores, marcas e imaginarios que produzcan el crecimiento que se espera. Aún está presente en la memoria colectiva la burbuja inmobiliaria de principios de los 2000; de los destrozos de su estallido quedan una economía que apenas se recompone, una fe mermada en la política, un sarcasmo amargo y, como el esqueleto fragmentado de un titán de hormigón que se hubiera desplomado sobre la península, los silenciosos restos de tantas rotondas, urbanizaciones y edificios abandonados al polvo de los años.

Hoy, sin que suene a nuevo, la promoción de Barcelona como ciudad global, capital cultural, foco de innovación y otras tantas etiquetas responde fundamentalmente a la presión por fabricar plusvalías que satisfagan a inversores privados y atraigan a gente adinerada, y que en la ciudad se materializan, para muchos, en forma de precarización y expulsión a las periferias. Así lo advierte un informe de Barcelona Regional[7]: la ampliación apunta a desencadenar una “mayor presión turística en Barcelona con los impactos en consumo de agua, energía, sobrecoste a los servicios públicos, posibles tensiones con el acceso a la vivienda, masificación de los barrios más turísticos, entre otros”. No cogerá a nadie por sorpresa. La batalla por el suelo en Barcelona ha llevado a las trincheras a múltiples sindicatos de la vivienda, movimientos sociales y asociaciones vecinales que ya saben de sobras qué esperar de otro pelotazo inmobiliario, de otra operación para poner la ciudad en venta, y que se resisten a irse de sus casas, barrios y comunidades.

También están escarmentados los representantes de la España vaciada, que denuncian la facilidad de sus dirigentes para ponerse de acuerdo en destinar millones, una vez más, “a los de siempre, las comunidades más ricas, que ostentan el poder económico, el desarrollo y las infraestructuras”. Mientras tanto, los presupuestos que habrían de impulsar a las provincias con más riesgo de despoblación, entre ellos el Plan de Infraestructuras, Transporte y Vivienda (2012-2024), permanecen prácticamente congelados, y se echa en falta inversión en la red ferroviaria, tanto para nuevas conexiones en el interior de la península como para mantener unas infraestructuras que “están quedando anticuadas y deterioradas, expulsando a los viajeros hacia la carretera”, según la Coordinadora de la España Vaciada. Ante la oportunidad de utilizar los fondos de recuperación europeos para vertebrar el país, para darle un cuerpo consistente y vivo, el Gobierno apuesta por lo contrario: continuar desmembrándolo, desarticulándolo por dentro, y enchufarlo a la máquina de respiración asistida de la inversión, el capital y el desarrollo que habrán de llegarnos en avión. Pero no se deja engañar quien sabe que de todo eso puede esperar solo las migajas. Muchas insisten en revivir este cuerpo, en cultivar este suelo

Están escarmentados, asimismo, todos aquellos que no pueden permitirse subir a un avión para venir al Estado Español, y que, en cambio, se ven obligados a cruzar kilómetros de desierto, mar y, si sobreviven, la frontera. Porque está claro para quién es la nueva terminal: personas ricas, personas que gasten, inviertan y hagan que el PIB aumente. Los parias de siempre tendrán que conformarse con su pedazo de tierra maltrecho o con el camino difícil. Es un capítulo más de una larga historia de desposesión: desposesión del derecho al suelo y a sus recursos, que volarán lejos para acabar engordando los bolsillos de otro; desposesión del derecho a la movilidad de la que gozaron esos recursos; desposesión del trato de igualdad y del derecho a la ciudad global. En un sistema que primero expulsa en el país de origen y luego niega el acceso al mundo avanzado, el migrante, la refugiada y el nómada se encuentran también entre los muchos que buscan poder asentarse en un suelo firme.

Finalmente, estamos escarmentadas las personas que luchamos por poner la ecología en la agenda, y que nos encontramos a diario con la dificultad de politizarla y combatir su constante desvirtuación en boca de escépticos y vendedores de humo. La cuestión climática se presta fácilmente a ser fagocitada por actores favorables al statu quo que, leyendo el contexto socioeconómico, adoptan el eslogan verde como estrategia de márqueting, vía de promoción de nuevos nichos de mercado y señal de concordancia con una agenda global que se presume sostenible, pero que no abandona la fe religiosa en el desarrollo como fuente ilimitada de soluciones. Al traducirse en políticas públicas y de empresa, la ecología toma demasiado a menudo la forma de declaraciones huecas y medidas que no están a la altura de los retos de nuestro tiempo. Al traducirse en mensajes dirigidos a la sociedad, a su vez, aparece vaciada de carga política, convertida en una mera «responsabilidad cívica» del buen cosmopolita en un mundo ideal -que tiene, por su puesto, que reciclar, ahorrar agua e ir en bici, todo lo contrario de una reivindicación de cambio profundo. La estética y la práctica naif de lo “sostenible” invisibilizan los entresijos, aristas y conflictos que acarrea en el mundo real la ecología política. Se torna imprescindible conspirar a favor de una ecología política que toque el suelo firme.

Aterrizar

El imperio del desarraigo se cierne sobre los lugares concretos, sobre los territorios, y los convierte en agujeros, monocultivos, esqueletos de hormigón y cáscaras vacías. Reduce lo diverso y lo vivo a una fuente inerte de recursos, abierta en canal a las fuerzas de un progreso homogeneizante que ya no cabe en este mundo, pero que no quiere detenerse. Tiene que haber otra manera de construir futuro: si nos tomamos en serio nuestra condición de seres de la Tierra, tiene que haber un suelo común, para nosotros y para todos los bichos, plantas y microbios que conforman el conjunto de ecosistemas vivos de este planeta. Tiene que haber una forma de progresar que no riña con los límites biofísicos; de progresar hacia la mayor comprensión y la resignificación de los acontecimientos que hacen posible la vida. Tenemos que encontrar un lugar en el que aterrizar.

Nos posamos por un momento en La Ricarda, el nombre del espacio natural del Delta del Llobregat que se vería afectado por la construcción de la pista de 500 metros que contempla la ampliación del aeropuerto de El Prat. Se trata de un área protegida dentro de la Red Natura 2000 de la Unión Europea, que consiste en 900 hectáreas de humedales, prados, bosques mediterráneos, dunas y marismas. La particular gradiente de niveles de salinidad en la laguna principal ha permitido que pueda albergar un amplio abanico de especies, adaptadas a diferentes concentraciones de minerales. Es un lugar de anidación de cerca de 50 especies de aves, y el hogar permanente o temporal de otras 300, incluyendo aves migratorias de África. Este y otros espacios protegidos del delta también acogen, según el Consorcio para la Protección y Gestión de Espacios Naturales del Delta del Llobregat, a 30 especies de mamíferos, 20 especies de anfibios y reptiles, 17 especies de peces, más de 260 de mariposas, unas 230 especies de heterópteros, 20 especies de odonatos y 22 especies de ortópteros.

La Ricarda constituye, pues, un espacio de gran valor ecológico, además de un lugar para el retiro, el recreo y la pedagogía de las vecinas de El Prat y visitantes de toda Cataluña. Pero hay más: de su salud integral depende, según el biólogo y ecólogo Joan Pino, la preservación del acuífero profundo del que sale el agua de boca de decenas de miles de personas de las poblaciones circundantes, así como depende el abastecimiento de agua de los cultivos de masoveros de la zona. Personas a las que Aena no ha preguntado su opinión sobre una ampliación que tendrá implicaciones sobre sus vidas, sus hogares y sus campos. Personas que, como las aves, las ranas y los bichos del Delta del Llobregat, están familiarizadas con el estruendo de los motores de avión sobrevolando sus cabezas cada dos o tres minutos. Su condición simultánea de habitantes, constituyentes y dependientes del ecosistema de La Ricarda envuelve a esta red de humanos y no humanos en una suerte de solidaridad multiespecies, por usar el término de Donna Haraway: al verse todos afectados por el mismo proyecto desarrollista, por el mismo agente de precariedad, se hacen visibles las maneras en que se entrelazan y necesitan unos a otros, las maneras en que convergen en este espacio y le dan forma. La Ricarda no es un mero ecosistema prístino y virgen a delimitar y proteger de la acción torpe de los hombres. Tampoco es un espacio pasivo, sin rostro y sin agencia. Es mucho más que eso: es un lugar concreto, un lugar con historias narradas y vividas por las personas, animales y demás seres que lo habitan y lo frecuentan. Importa qué tipo de relaciones se establecen entre ellos, importa si suman o restan.

Sobre este espacio singular, dice el presidente de Aena que no nos preocupemos, que “por cada hectárea afectada haremos 10 nuevas”. 10 nuevas, arrasando, en el proceso, terrenos agrícolas que forman parte del Parque Agrario del Baix Llobregat. Está claro que su visión del territorio difiere mucho de la que une en esta causa a ecologistas, defensores del derecho a la vivienda, campesinos y otros tantos luchadores por un suelo firme. El presidente Maurici Lucena no entiende que La Ricarda no es una laguna que pueda uno coger y llevarse volando a otro lado. No entiende que las características únicas de este lugar vivo no pueden reproducirse artificialmente. Sólo una visión desde arriba y desde fuera, como si la Tierra fuese un juguete de Lego y nosotros un niño caprichoso, permite a algunos creerse legitimados y capaces de sintetizar las condiciones materiales para sostener la vida. Unas condiciones que se han autoproducido tras miles de millones de años de evolución, procesos geológicos, climáticos y bioquímicos, gracias a la interacción compleja de seres microscópicos y no tan microscópicos entre sí y con el entorno, y que se dan sólo en una Zona Crítica de unos cuantos kilómetros de grosor en todo el universo conocido. Hay que creerse muy Dios para pensar que se puede reproducir algo semejante jugando a cortar y pegar. A este paso habrá que coger la Tierra entera y recrearla en otro planeta. Tremendo pastiche, tremendo fracaso os espera, intergalácticos.

Pero no pasarán. No solo porque Aena ya acumula historial de incumplimiento de compensación de daños por la última ampliación del aeropuerto de El Prat (2004-2009) y su credibilidad ante Bruselas -que es desde donde habrá de darse el visto bueno final- está mermada; sino porque se enfrentarán a la oposición de esta coalición terrestre, liderada por plataformas como ZerØport, Ni Un Pam de Terra, SOS Baix Llobregat y la Xarxa per la Justícia Climàtica, con el apoyo de muchos otros movimientos sociales, un sector importante de la política barcelonesa y de los municipios de la zona, y también de la cultura. Una coalición que no va a rendirse fácilmente. Porque proteger La Ricarda y las poblaciones y tierras cercanas, incluida Barcelona, de otro triunfo del imperio del desarraigo es una buena manera de ir ensayando el aterrizaje en el suelo común. De hundir los pies en el territorio, y también en la Tierra; la Tierra con mayúsculas, ese planeta que al fin y al cabo alberga todos los demás territorios, a todos los seres vivientes, a todos nosotros y todo lo que siempre hemos necesitado. Para los que siguen soñando con alzarse hasta el infinito y extraviarse entre las estrellas: quizá va siendo hora de reorientar tanto esfuerzo hacia este lugar, que es el único que compartimos. Va siendo hora de aterrizar.


[1] International Panel on Climate Change. Sixth Assessment Report. Summary for Policymakers. https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg1/downloads/report/IPCC_AR6_WGI_SPM.pdf

[2] Stay Grounded.org.  https://stay-grounded.org/

[3] Latour, Bruno. Dónde aterrizar: Cómo orientarse en política, Penguin Random House, Barcelona, 2019.

[4] Pérez, Alfons. Pactos Verdes en Tiempos de Pandemias, Icaria, Barcelona, 2020, pp. 54-81.

[5] Íbid.

[6] International Energy Agency. World Energy Outlook 2020. Outlook for fuel supply: “Global oil demand by scenario between 2010 and 2040, and declines in supply from 2019”.

Disponible en https://www.iea.org/reports/world-energy-outlook-2020/outlook-for-fuel-supply

[7] Encaix Ambiental de l’Aeroport de Barcelona-El Prat Josep Tarradellas, Barcelona Regional, 2021. Disponible en https://www.bcnregional.com/ca/projects/encaix-ambiental-de-laeroport-de-barcelona-el-prat-josep-tarradellas-2/#dflip-df_5706/1/

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