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La larga sombra de Aznar

La Constitución ha terminado convirtiéndose, junto con la corona, en el dique de contención que impide cualquier reforma o interpretación diferente que se haga.

Politólogo
06/11/2020

Tal como está redactada la Constitución, los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o, por el contrario, va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras y socializantes, si vamos a poder escoger libremente la enseñanza que queremos dar a nuestros hijos o nos encaminamos hacia la escuela única, si el derecho a la vida va a ser eficazmente protegido, sí el desarrollo de las autonomías va a realizarse con criterios de unidad y solidaridad o prevalecerán las tendencias gravemente disolventes agazapadas en el término nacionalidades, y así un sinfín de transcendentales temas, cuyo desarrollo dependerá del equilibrio de fuerzas políticas que surja el próximo día primero de marzo

(José Maria Aznar, La Nueva Rioja, 23 de Febrer de 1979)

Este conocido pasaje de un artículo que Aznar escribió a principios de 1979 de un entonces joven funcionario de hacienda en Logroño, normalmente se cita para mostrar la contradicción que supone que uno de los actuales paladines en la defensa del orden constitucional, tuviera entonces serias dudas con la Constitución que había sido aprobada en referéndum unos meses antes.

Que Aznar en 1979 fuese contrario a la Constitución es notorio, pero hay algo mucho más interesante en este pasaje: los argumentos que Aznar emplea para criticarla son los mismos que utiliza hoy para defenderla de los que quieren «destruir la convivencia que se asiento en el pacto constitucional que nos Dimos entre todos «. Así que, esta paradoja no muestra una supuesta incoherencia entre el joven y el viejo Aznar sino, por el contrario, una continuidad en la visión de una España uniformadora, católica y libre de cualquier iniciativa redistributiva. La cuestión no es lo que decía Aznar hace cuarenta años sino que ha pasado para que la idea de España que Aznar veía amenazada por la Constitución es hoy defendida todo blandiendo-la.

Aznar nos da parte de la respuesta al final de la cita cuando dice: «así un sinfín de trascendentales temas, cuyo desenvolupament dependera del equilibrio de Fuerzas políticas que surja el próximo día primero de marzo». Es decir, Aznar ya era consciente de que se podía controlar el despliegue de un texto que entonces sólo representaba mantillas de una España todavía en construcción. Visto en perspectiva, parece que el desarrollo constitucional fue caminando, según la cosmovisión aznariana, hacia un horizonte en el que la Constitución ha terminado convirtiéndose, junto con la corona, en el dique de contención que impide cualquier reforma o interpretación diferente que se haga. Pero qué representa Aznar y la derecha en España hoy o la de ayer? ¿Cuáles son sus aspiraciones?


Pecharromán (La Estirpe del Camaleón 2019) identifica tres principios que han servido de denominador común de todas las derechas en España desde el siglo XIX (tradicionalismo carlista, el conservadurismo, el falangismo, el neoliberalismo hasta la democracia cristiana): 1) La existencia de una sólida base social que en general sigue en bloque sus dirigentes. 2) Un nacionalismo español más o menos sin complejos que se manifiesta con máscaras diferentes (desde el esencialismo José Antoniano, el nacionalcatolicismo franquista o el más reciente «patriotismo constitucional»), y 3) la aceptación de la moral católica como parte integral del proyecto político. Yo añadiría una concepción de la verticalidad como la perfecta representación del orden tanto dentro de los partidos como las instituciones y en la sociedad.

El origen el pensamiento de algunos teóricos y políticos del siglo XIX en que en el mejor de los casos eran muy conservadores y en el peor profundamente reaccionarios y antiliberales. Tal como explica Villacañas a Historia del Poder Político en España (2017), la derecha se inspira en figuras como el diplomático y teórico Donoso Cortés (1809 hasta 1853) que estructuró un pensamiento reaccionario y antiliberal. Un pensamiento que abogará por soluciones abiertamente dictatoriales contrarias a cualquier momento constituyente. De la segunda mitad del siglo XIX destaca también Cánovas del Castillo (1828-1897), presidente del gobierno en sucesivas ocasiones y jefe del partido conservador durante la Restauración que impedirá la posibilidad de un momento constituyente que pudiera engendrar un sistema liberal democrático. Finalmente destacaría Ramiro de Maeztu (1875-1936), uno de los lectores más prolíficos e influyentes de Donoso, que tras una etapa de juventud liberal en que llegó a flirtear con el socialismo fabiano inglés, evolucionará hacia la línea marcada por Donoso. Así que durante el Periodo de entreguerras desarrolló un pensamiento profundamente antirrepublicano, reaccionario, militarista y a menudo filo-fascista que defendía la necesidad histórica de instaurar una dictadura para conformar un nuevo pueblo español que permitiera el establecimiento de un «capitalismo hispano» libre de peligros revolucionarios. Este pensamiento sirvió para legitimar y armar ideológicamente tanto a la dictadura de Primo de Rivera como posteriormente al franquismo. Después de ser asesinado en las primeras semanas de la Guerra Civil por milicianos anarquistas, ha sido glorificado por la derecha española hasta hoy.

Aznar podría ser, sin exagerar, el político que ha marcado más el desarrollo político en España desde la Transición quizá porque ha vivido siempre desligado del espíritu del pacto constitucional.

Hay que decir que en el mismo periodo (primer tercio del siglo XX) existió también un conservadurismo netamente democrático formado por intelectuales y políticos provenientes del sistema canovista. Políticos como Portela Valladares, Chapaprieta, Pepe Sánchez Guerra o Niceto Alcalá Zamora que desencantados con el penoso papel de Alfonso XIII, evolucionaron hacia posiciones republicanas conservadoras. Algunos de ellos ocuparon cargos de gobierno durante la Segunda República.

La nueva derecha, de Alianza Popular y UCD, formada por una mayoría de cargos franquistas, no tenía ninguna relación. Sin embargo, es notorio que décadas después, PP y FAES continúan en esta línea que se olvida de interesantes referentes conservadores democráticos mientras abraza marcos ideológicos de orígenes oscuros. La apelación a la hispanidad (concepto clave en el pensamiento de Ramiro de Maeztu) y la reciente relectura glorificadora del pasado imperial español, muestra la inclinación actual de la derecha hacia un esencialismo historicista. El legado de Aznar ha sido precisamente combinar esencialismo con una fachada de modernidad bueno y reconstruyendo un partido perdedor (AP) para convertirlo en un partido de gobierno (PP), manteniendo al mismo tiempo la vieja agenda de la derecha combinada con el neoliberalismo global creciendo.

La izquierda veía en el Aznar de la Guerra de Irak y en las falsedades del 11M el perfecto antagonista. Pero su antagonismo era mucho más que correr detrás de las aventuras del imperialismo neocon de Bush y su célebre soberbia y autoritarismo. Cuando finalmente decidió marchar, esta visión reduccionista se convirtió en una caricatura de como el personaje exageró sus tics más autoritarios e insolentes. Sin embargo a mi modo de ver, Aznar podría ser, sin exagerar, el político que ha marcado más el desarrollo político en España desde la Transición quizá porque ha vivido siempre desligado del espíritu del pacto constitucional.

En resumen, podríamos decir que Adolfo Suárez protagonizó la transición de «la ley a la ley» pilotada desde el régimen (Ley de Reforma Política). Una transición que aseguró la inmunidad del estado franquista y que muchos de los altos cargos pasaran a ser, de la noche a la mañana, funcionarios de un estado liberal democrático. Este hecho facilitó la consolidación del nuevo sistema que era amenazado por peligrosos y poderosos últimos resortes involucionistas de la dictadura. Un plan que necesitaba la normalización de dos actores indispensables para legitimar el nuevo régimen. Hablamos de Carrillo y Tarradellas que, a cambio de sacrificar la ruptura con el régimen y la monarquía, se les reconoce como actores políticos de pleno derecho que se integrarán al sistema. Los gobiernos de Felipe González consolidan el nuevo régimen desactivando primero, aún con los ecos del 23F, el potencial federalismo asimétrico que existía en la distinción entre región y nacionalidad histórica de la Constitución, reconduciendo ello hacia el «café para todos» y la LOAPA . Segundo, absorbiendo buena parte de los alrededores del PCE y el PSUC y convirtiendo en inviable una alternativa a la izquierda del PSOE. Tercero, con el aplocació de unas políticas económicas (reconversión industrial) bien alejadas de lo que se esperaría de un partido que decía representar la izquierda, lo que tranquilizó las élites económicas. Finalmente el PSOE continúa la política del olvido de los crímenes del franquismo y la Guerra Civil impuesta desde la transición. Un hecho que no se puede pasar por alto teniendo en cuenta el historial de represión y clandestinidad que habían sufrido muchos militantes del PSOE.

Y entonces llega el Aznar más pragmático que, obligado por su victoria pírrica en 1996, necesita el apoyo de CiU y PNV para formar gobierno. Este es el Aznar del Majestic, el Aznar que es’ajusta al espíritu de las nacionalidades de la Constitución de 1978: sí aquel del «hablo catalán en la intimidad, el del» he Autorizado contactos con el Movimiento Vasco de Liberación «cuando en 1998 inició contactos con ETA. se olvida sin embargo, que la política económica de aquellos primeros cuatro años de gobierno marcó buena parte del devenir económico y político de España de las siguientes décadas con la dependencia del sector de la construcción (Ley de Suelo de 1998), la privatización de grandes empresas públicas y la progresiva centralización del poder financiero en Madrid. Políticas que s’estructructuraren alrededor de la consolidación de un neoliberalismo hispano dirigido desde los círculos de poder de Madrid, cada vez más corrupto pero a la vez bien conectado con los circuitos del capitalismo global. Todo ello muy lejos de los principios sociales plasmados en la Constitución que Aznar tildaba de «estatificadores y socializantes» en su famoso artículo de 1979 en la Nueva Rioja.


Con la mayoría absoluta del 2000 aparece el Aznar deL 1979 en su máxima expresión cuando en el contexto de lucha contra ETA establecerá alianzas con algunos intelectuales provenientes de la izquierda articulando un potente discurso en torno al concepto «Patriotismo Constitucional» . Una lectura perversa y torpe del concepto de Habermas que servirá tanto para proponer el cierre del proceso autonómico, y el inicio de una corrección recentralizadora, como por tachar de cabizbajos provinciano, o directamente de filo-etarra, liberticida o totalitario, a todo aquel que se oponga. Con este potente relato, la segunda legislatura de Aznar se definirá, por un lado, por un turbocapitalismo basado en la construcción y el turismo con la rápida emergencia del Gran Madrid ya no sólo como centro político sino como centro financiero de España . Un Madrid punto de inicio y final de todas las infraestructuras, desde el AVE hasta el aeropuerto de Barajas. Madrid centro y lleva en el mundo. Finalmente en el frente judicial, Aznar inició la captura estratégica de posiciones claves en la judicatura lanzando la carrera judicial de jueces que después se han convertido en actores políticos de primer orden (Espejel, Lesmes etc.).

Aznar, a pesar de sus vaivenes tácticos, tenía un proyecto de España en la cabeza que ya se intuía en el artículo de 1979. Una cosmovisión que puso en práctica desde el poder: un estado centralizado y vertical patrimonializado por los de siempre que resuelva a el asalto la cuestión catalana, y que aspira a anular al oponente político: «primero se Vence luego se pacta». Un plan que revisa abiertamente el supuesto espíritu constitucional mientras dice abrazar la constitución.

Hoy en España hay más gente a favor a la recentralización de la que había hace veinte y cinco años

La inercia histórica de esta estrategia la vivimos cada día en los discursos de las tres derechas (PP, Cs y Vox) todos cortados por patrones aznariana que friso para aprovechar la situación de crisis económica y territorial para liderar una reacción que avance por la derecha el marco constitucional vigente. Parte de esta estrategia no necesita cargos electos sino que está siendo ejecutada desde la cúpula del poder judicial más abiertamente reaccionaria que ha existido desde la Transición bien acompañada por la Guardia Civil. La tenaz y irredento oposición de Díaz Ayuso también tiene ecos de Aznar. Es un producto autóctono de este Gran Madrid que representa un neoliberalismo hispano e intransigente que ahora parece adoptar ciertas pinceladas trumpianas.

Más allá de si la derecha logra o no conquistar el poder, lo que es innegable es que este discurso se ha normalizado. Hoy en España hay más gente a favor a la recentralización de la que había hace veinte y cinco años. No podemos atribuirlo al ascenso del independentismo sino a un posicionamiento estratégico del PP a largo plazo que ya existía antes de 2010. El modelo autonómico tenía un 54% de apoyo en 2006 que fue cayendo progresivamente hasta un 37, 3% en mayo del 2017 antes del 1-O. Y aún es más revelador ver como el apoyo a la recentralización aumentaba de un 9% (2006) a un 30,9% superando claramente a los partidarios de una mayor descentralización (23,5%) (CIS 2017).

La consecuencia más preocupante de esta normalización la vivimos en otoño de 2017 cuando el único marco que prevaleció para oponerse al independentismo en casi todo el establishment político español fue el de la hostilidad más absoluta liderada por Felipe VI, y transformada, desde entonces, en persecución judicial. Todo lo que queda a la derecha de Podemos fue llamado a abrazar el relato de la sumisión, el de la rendición incondicional preparado en las cocinas de la FAES constatando así el fracaso del PSOE y su entorno a la hora de crear un horizonte alternativo . A veces el centralismo de muchos barones del PSOE e intelectuales, supuestamente provenientes de la izquierda, la atribuyen a su alma jacobina, cuando en realidad, es un centralismo desprovisto de cualquier elemento emancipador que bebe de las mismas fuentes esencialistas que el centralismo uniformador de la derecha.

Tanto si uno está a favor o en contra de hacer una «segunda transición» para superar el «Régimen de 1978, deberían ser conscientes de que el PP ya hace dos décadas que ha ido transformando el marco constitucional hacia una dirección contraria. Una hipotética reforma de la Constitución en clave netamente federal y plurinacional, no tendrá una oposición conservadora sino una reaccionaria. Conservadurismo y reacción han sido históricamente casi indistinguibles en España. Para la derecha la visión esencialista de una España uniforme, centralista y vertical siempre ha estado por encima del marco legal y el respeto al adversario político desde Donoso Cortés hasta José María Aznar. Convendría no olvidarlo.

Adrià Alcoverro


[1] El éxito de ventas y el impresionante recepción de la derecha del reciente ensayo de María Elvira Roca Barea (2016) titulado Imperiofobia y la Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español muestra claramente el realimient de la derecha hacia tesis de glorificación del pasado Imperio Español. Criticada por falta de rigor por muchos historiadores y empleando una línea argumental similar a la de la historiografía franquista, Imperiofobia es un libro que se ha convertido de cabecera de la derecha española. El ensayo más vendido de la década que ya va por la 25 edición que muestra la profundidad y continuidad de ciertas Iddeo en la sociedad española.

[2] Jürgen Habermas articula el concepto de Patritotismo Constitucional en torno a una visión de un estado post-nacional lejos del esencialismo nacionalista pero ligado a los valores democráticos liberales protegidos por constituciones que que abran espacios donde el diálogo fluya y donde las decisones políticas puedan ser tomadas desde el consenso y el respeto a las diferentes posturas representadas en las instituciones. Todo para el objetivo final de preservar la justicia social y los valores democráticos en el capitalismo actual. Es decir, un pensamiento prácticamente opuesto al que representa la historia de la derecha en España.

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