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La remontada de Mélenchon: lecciones para una izquierda desorientada

Jean-Luc Mélenchon no ha pasado a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, pero ha estado muy cerca. Alejandro Pérez nos habla de algunas de las claves de su remontada.

05/04/2022
Maxppp / Marc OLLIVIER

Una remontada inesperada que incomoda a la vieja izquierda

Mélenchon lo ha vuelto a hacer. Contra todo pronóstico, ha protagonizado un despegue electoral que muy poca gente esperaba. Hace solo tres meses, cuando estrenábamos este turbulento 2022, Mélenchon estaba hundido en las encuestas: entre el 8 y el 9% (Ifop del 8 de enero, 8,5% y Elabe del 12 de enero, 9,5%). Este declive no solo se expresaba en lo puramente cuantitativo, sino que también lo hacía en lo cualitativo: quinta posición por detrás de Macron, Le Pen, Zemmour y Pécresse. Lo cualitativo es muy importante en una competición entre candidaturas, de las que solo dos pueden pasar a segunda vuelta y el resto se quedan sin nada.

Entre septiembre y enero del 2022, existieron muchas presiones en la izquierda francesa para unificar las candidaturas. Anne Hidalgo llegó incluso a proponer unas primarias abiertas -7 de diciembre del 2021- para decidir un candidato conjunto. Por aquel entonces, los verdes franceses liderados por Jadot no estaban tan lejos de Mélenchon en las encuestas (6-7% VS 8-9%, algunas daban incluso un empate entre ambos).

Hoy, sin embargo, todo ha cambiado. Al igual que en 2017, la propuesta soberanista, transformadora y populista de Mélenchon se ha impuesto y ha remontado de manera formidable en todos los sondeos, pasando de ese 8-9% de enero al 15-16% actual. Este cambio en el clima electoral también se deja notar en las calles francesas: Mélénchon ha logrado tres movilizaciones impresionantes en Paris, Marsella y Toulouse reuniendo a más de 100.000 personas en su marcha por la VI República, a 35.000 en la Playa del Prado y a 25.000 en la Plaza del Capitole.

Ningún otro candidato tiene esta capacidad de movilización popular, solo Zemmour pudo toserle con sus casi 100.000 militantes en la plaza de Trocadéro de París. Macron logró 40.000 en su único miting de campaña en el Estadio Paris La Défense-Arena. Es cierto que sacar muchas personas a la calle no significa automáticamente muchos votos en las urnas, pero sí demuestra un reenganche con la ciudadanía y una capacidad de movilizar ilusión en torno a un proyecto.

Aquellas voces que, desde los viejos partidos de izquierda, pedían con gran efusividad una unidad están hoy en silencio. Ni verdes, ni comunistas ni socialistas tienen opciones de pasar a segunda vuelta. No disponen de ninguna oportunidad (están entre el 2 y el 5% de intención de voto en las encuestas). Que no se retiren ahora para dar un último empujón a Mélenchon podría significar que los objetivos que tenían cuando pedían la unidad de la izquierda no eran políticos, sino de intereses partidistas: parece que querían cargarse a Mélenchon antes que disputar una victoria electoral en Francia. Unos cálculos pensados en torno a los pesos de los diferentes aparatos de partido de cara a las legislativas y a la posible refundación del espacio de la izquierda francesa y no en torno a las posibilidades de una victoria en las presidenciales del próximo 24 de abril.

La hipótesis nacional-popular vuelve a mostrar su fortaleza estratégica

Mélenchon ha protagonizado una remontada espectacular, que ha sorprendido a propios y a extraños. Muchos analistas mostraban, hasta hace muy poco, una cierta resignación en torno al escenario francés, augurando una derechización inevitable de su electorado. Una vez más, se demuestra que nunca hay que dar las batallas por perdidas de antemano, nunca hay que caer en la estrategia de la derrota preventiva.

Hay una confusión generalizada entre ciertas pulsiones impugnadoras del orden neoliberal en crisis con pulsiones fascistas. Mélenchon vuelve a poner encima de la mesa que no hay que ceder a la extrema derecha la vocación irreverente del pueblo contra lo establecido. No hay que ceder jamás la impugnación a la derecha, porque el orden existente, el status-quo, es un orden al servicio de las elites.

Su remontada es, en parte, producto de una apuesta inequívoca por la hipótesis nacional-popular frente a los viejos mapas de la izquierda clásica. Combinando elementos impugnatorios con la propuesta de un nuevo orden alternativo y creíble.

De hecho, es muy interesante analizar como la France Insoumise y Rassemblement National (el nuevo partido de Le Pen) se han deshecho de sus elementos ideológicos más duros y tradicionales para esta campaña electoral, reforzando su apuesta nacional-popular contra los cierres más identitarios.

Por el lado de Mélenchon, el Partido Comunista protagonizó una sonora escisión y concurrirá, quince años después, en solitario a unas elecciones presidenciales. Durante la campaña de 2017, en la que Mélenchon ya apostó por romper con las viejas herencias de las estructuras de partido fundando la France Insoumise, existieron numerosas tensiones entre la dirección del PCF y el líder populista. Las principales iban en torno al programa (poco ambicioso para los comunistas) y, sobre todo, en lo simbólico y estético. Las banderas francesas se imponían en las marchas y mitings por encima de las banderas rojas con la hoz y el martillo, una cuestión que enfadó enormemente a la dirección y militancia comunistas.

La ruptura del PCF ha orillado a los elementos más dogmáticos de la vieja izquierda para que Mélenchon haya podido desplegar con más fuerza su hipótesis nacional-popular así como su capacidad de transversalizarse.

Le Pen, por su lado, ha vivido un proceso análogo. Su ala más dura, más ideológica e identitaria, expresadas en su joven portavoz Marion Maréchal también se ha escindido y se ha marchado con Zemmour, una opción como ya describimos hace unos meses aquí mucho más elitista que Le Pen. Zemmour solo pretende dirigirse a la derecha política y refundar el espacio gaullista, despreciando el giro a la izquierda para interpelar a los sectores populares que ha hecho Le Pen durante esta campaña. Estas polémicas han llegado muy lejos y hace solo una semana intercambiaron golpes sobre este eje:

La impresionante remontada de Mélenchon y la solidez de Le Pen, que podría incluso aspirar a ganar en segunda vuelta, dan por zanjadas las discusiones políticas y refuerzan la hipótesis nacional-popular contra los cierres ideológicos duros, las viejas etiquetas, que parecen incapaces de dar respuestas a los anhelos y retos de la gente en este siglo XXI. 

No a la OTAN, no a Putin: el candidato de la paz más creíble

La escalada de Mélenchon en las encuestas y la calle no solo se debe a su apuesta por la hipótesis nacional-popular. Un elemento determinante de esta remontada es la apuesta estratégica que ha mantenido durante los últimos años y que, tras la guerra de Ucrania, ha tomado mucha fuerza y credibilidad entre la ciudadanía francesa: ser no-alineado. Esta posición que conecta con un cierto gaullismo propugna que Francia sea un actor con autonomía estratégica en la escena internacional. Sobre todo, ser independiente de los dos grandes bloques (el de Estados Unidos/OTAN y el de Rusia/China). Una posición nítidamente soberanista que no quiere subordinar los intereses de Francia a los intereses de ninguna otra potencia y que únicamente puede enunciarse desde una apuesta inequívoca por lo nacional-popular. Aquí encontramos la primera gran armonía estratégica de Mélenchon, la coherencia entre su hipótesis nacional-popular y su posicionamiento como no-alineado entre imperios combatientes. Una armonía que viene como anillo al dedo en una situación de escalada bélica y de cierre entre bloques.

No es casualidad que la remontada de Mélenchon haya coincidido con la invasión de Rusia contra Ucrania. Hasta febrero de 2022, Mélenchon había escalado discretamente del 8-9% al 10-11%, pero todavía estaba muy lejos del 16% actual. El auténtico despegue de la campaña se ha producido tras las intervenciones en la Asamblea Nacional sobre la guerra en Ucrania y el lanzamiento del lema que expresa con una gran sencillez las preocupaciones y desafíos desatados por la guerra: Otro Mundo es Posible.

Antes de entrar en el último apartado del análisis, es necesario decir que existe un lazo emocional particular entre Francia y Rusia que no es equiparable al de otras naciones europeas. La aristocracia rusa escogió en el siglo XIX la lengua francesa como lengua de comunicación propia, y siempre ha existido un enorme intercambio cultural entre ambos países. Los disidentes blancos escogieron Paris como lugar donde exiliarse tras la Revolución de Octubre, y los comunistas franceses siempre han sido conocidos por su estrecho vínculo con el Kremlin. Aunque exista una condena muy poderosa a la invasión de Ucrania, en Francia hay más predisposición a entender razones que en otros lugares de Europa (tal y como demuestra esta encuesta: https://www.cnews.fr/videos/france/2022-03-27/guerre-en-ukraine-52-des-francais-convaincus-par-certains-arguments-russes)

Le Pen, de hecho, no hace más que repetir que el objetivo de Francia debe ser impedir la alianza entre “el país más grande del mundo (Rusia) y el país más poblado del mundo (China)”, dejando caer, de manera implícita, que para romper ese bloque hay que unir el bloque europeo con Rusia.

Muchos analistas intentaron situar a Mélenchon como cercano a Putin, para intentar enterrarlo definitivamente de cara a la primera vuelta del 10 de abril. En Francia, esa posición es poco creíble ya que los máximos admiradores públicos de Putin han sido Le Pen y Zemmour, de los que hay una hemeroteca interminable de halagos. Le Pen tuvo, incluso, que retirar 1,5 millones de panfletos electorales donde aparecía junto al presidente ruso.

Más allá de quién es cercano a quién, en Francia todos los candidatos han condenado de forma contundente la invasión. La fortaleza de Mélenchon es que llevaba años denunciando las ofensivas de la OTAN y su provocación en su ampliación hacia el Este. De hecho, en los diferentes programas dedicados a las elecciones, han recordado como Mélenchon ya decía en 2015, 16 y 17 que la guerra en el Donbass podía terminar muy mal para toda Europa. Sin lugar a dudas, esta legimitidad ganada por su visión geopolítica previa le ha armado de coherencia para ser el candidato de la paz más creíble entre la ciudadanía francesa. 

Paz, oposición a la OTAN y Putin, no alineados y autonomía estratégica de Francia. Todo esto en un contexto en el que el primer impacto emocional de la guerra es menos intenso entre la ciudadanía…y en el que las consecuencias económicas ya se empiezan a notar en los bolsillos de los votantes. La niebla de la guerra se ha despejado y deja tras de sí un paisaje de enormes inquietudes sociales y económicas. Malos timmings para Macron y refuerzo, más intensificado si cabe, de las apuestas estratégicas de Mélenchon y Le Pen.

Mélenchon puede alcanzar la segunda vuelta. Si no lo hace, se quedará muy cerca de Le Pen. Es una esperanza para toda la izquierda transformadora europea. Si en 2015 Podemos fue la herramienta de la que todo el mundo quería aprender, en 2022 Mélenchon nos da unas claves nuevas ante la resignación generalizada. Es posible disputar victorias electorales en un contexto en el que parece que solo la ultraderecha responde al colapso del orden liberal.

Los ingredientes esenciales: la soberanía, la apuesta por la paz para un mundo en guerra, la autonomía estratégica y ser laico y desacomplejado. No olvidemos que Mélenchon pidió el voto en blanco en la segunda vuelta entre Le Pen y Macron de 2017. Si en 2022 Mélenchon pasa a segunda vuelta, aquella arriesgada apuesta política será capitalizada y podríamos estar ante la posibilidad de que Mélenchon llegue al Elíseo.

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