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Las venas abiertas de América Latina. Una reflexión a 50 años de su publicación

Salvador Martí i Puig escribe sobre la actualidad de un libro que ha marcado a más de una generación.

Catedrático de Ciencia Política UdG
01/12/2021

Reflexionar, comentar y discutir sobre el libro Las venas abiertas de América Latina (LVA a partir de ahora) medio siglo después de su aparición es un ejercicio que requiere cierta precaución. Creo que es así por tres razones.

La primera razón es porque se trata de una obra que para muchos de nosotros ha estado icónica y ha formado parte de nuestra vida intelectual-sentimental. La segunda razón es porque hablamos de un libro de ensayo que pretende responder una pregunta que todos quienes nos interesamos y queremos América Latina nos hemos hecho alguna vez: ¿Por qué un continente tan rico ha generado tanta desigualdad? La cuestión es que el libro de LVA lo responde de una forma tan entendedora, atractiva y penetrante que ha acabado convirtiéndose en un best-seller. Y la tercera razón es porque si bien Carlos Gardel decía a la canción Volver que “veinte años no es nada”, medio siglo sí que lo es. A cincuenta años de la aparición de LVA, como es obvio, hay algunos elementos de la obra que tambalean. Este hecho, que es totalmente comprensible, no es exclusivo de LVA, sino que pasa a la gran mayoría de los libros de ensayo escritos hace medio siglo.

Empezamos. Sobre la primera cuestión (la relación personal con la obra), tengo que decir que, en mi caso, la descubrí y leí cuando estudiaba Ciencias Políticas en la UAB. La compré en la librería que había en el mismo edificio de la Facultad y me la vendió la primera mujer del escritor, que era la librera. Leí LVA con avidez y pensé que era un privilegiado por haberlo podido adquirir con mi “dinero de bolsillo” ganados trabajando de monitor los veranos, y haberlo podido leer tranquilamente en mi piso de estudiantes, y no saltando de librería en librería como hizo un joven latinoamericano que no tenía bastante dinero para adquirirlo, tal como explica Galeano en el epílogo que añade a la segunda edición de la obra y que lo titula “Siete años después”. Sobre esta íntima relación tengo que confesar que, posteriormente, me tropecé varias veces más con el libro. Una de ellas fue en una re-lectura mientras viajaba por Centroamérica, a inicios de los años noventa, y en aquellos momentos cada capítulo me hacía hervir la sangre de rebeldía y también de impotencia. Y otra estuvo en Inglaterra, en el segundo piso del edificio victoriano que antes acogía el Institute of Latino American Studies (ILAS) de la Universidad de Londres, donde yo usufructuaba una beca como research fellow. Al ILAS me destinaron en un despacho que era el mismo que tenía asignado el insigne historiador Eric Hobsbawm. Yo lo ocupaba porque Hobsbawm solo iba una vez al año, puesto que su afiliación principal era en el Birkbeck College, pero usaba el espacio para dejar parte de sus libros sobre América Latina. No hay que decir que en aquel lugar privilegiado yo me dedicaba a hojear los centenares de libros que el titular del despacho guardaba… Y entre el pilón de volúmenes existentes descubrí un ejemplar de LVA dedicado por Eduardo Galeano a Hobsbawm, donde además de escribir unas bonitas palabras a Hobsbawm también le había dibujado -como solía hacer a menudo el autor uruguayo- la cara de un cochinillo sonriente con una flor en los labios. No hace falta decir que más de una vez pensé en llevarme el libro a casa, pero una vez lo tenía en la cartera me entraban todo tipo de miedos y remordimientos, y que sin ningún tipo de duda eran fruto del sólido legado de una -a veces poco autopercibida- educación judeocristiana. Acabo este párrafo diciendo que con LVA me he ido tropezando a las diversas clases que he ido impartiendo sobre política latinoamericana, tanto de grado como de posgrado, y en las diversas instituciones donde he trabajado. En todos los cursos que he dado he hecho leer fragmentos del libro y he recomendado su lectura completa, si bien no como un libro de historia, sino como un ensayo que relata de forma magistral (y casi novelada) el devenir de la región desde finales del siglo XV hasta los años 70 del siglo XX. Por eso antes de empezar el curso digo a los estudiantes que LVA no es un libro de historia, sino de ensayo. Pero llegados a este punto ya nos adentramos en la segunda razón por la cual hay que ser prudentes a la vez de comentar el libro.

La segunda razón por la cual es difícil hablar de LVA es porque hay que tener cuidado a la hora de clasificarlo, pues no es un libro de historia en el sentido clásico y por esta razón muchos historiadores canónicos (y a menudo conservadores) lo critican duramente. Pero dicho esto se tiene que especificar que sí que es una obra que -a través de muchos relatos históricos- quiere interpretar por qué América Latina es la región más rica y -a la vez- la más desigual del mundo. En este libro Eduardo Galeano se pregunta si esta realidad tiene alguna relación con la conquista, el legado colonial, las independencias de unos estados-nación fiscalmente condicionados por el imperio británico y por la voluntad de dominio de los Estados Unidos. El libro, pues, quiere ser una respuesta a una inquietud (¿una desazón?) que tiene el autor.

La respuesta que da Eduardo Galeano es clara, y se basa en dos pilares. El primero es la solidez analítica en que se cimienta la obra, deudora de la Teoría de la Dependencia, tal como lo hace patente la cita de autores como André Gunder Frank, Enzo Faleto, Ernest Mandel, Theodorino Dos Santos, Paul M. Sweezy, Paul A. Baran, Ruy Mauro Marine, Edelberto Torres-Rivas o Ceslo Furtado, que aparecen de forma recurrente en las notas a pie de pagina. Estos autores, críticos del sistema económico capitalista global, son los que vertebran analítica e ideológicamente la obra. El segundo pilar es, no hay duda, la prosa cautivadora del autor.

Se trata de una prosa y una estructura literaria tan cuidadosa que una vez se empieza a leer LVA es imposible dejar de hacerlo, puesto que el que explica en cada uno de los epígrafes tiene un magnetismo insólito por un libro de ensayo histórico. En este sentido es un libro que habla de historia a través de infinitas intra-historias, donde aparecen personajes con nombre, circunstancias, sentimientos, anhelos y sufrimientos. Es más, se trata de un magnífico fresco de buenos y malos. Tanto es así que se puede decir que se trata de una excelente obra sesgada, parcial, ideologizada y encantadora. Nada de nuevo respecto de los tres primeros adjetivos -los ensayos siempre son sesgados, parciales e ideologizados-, pero es inaudito respecto del cuarto adjetivo: hay muy pocas obras de ensayo, muy pocas, que sean encantadoras. He aquí una de las grandezas de la obra: la puede leer todo el mundo, y todo tipo de lectores la pueden disfrutar.

Respecto de la tercera razón, la de hasta qué punto LVA ha sufrido el paso del tiempo, tengo que decir que la obra resiste muy bien en casi todo, menos en tres aspectos que hacen referencia al último capítulo de la segunda parte, la titulada “La estructura contemporánea del despojo”. Del resto, nada que decir. Es más, la primera parte es sólida: el primer capítulo habla de la conquista y la obsesión de los conquistadores -soldados y clérigos- por los metales preciosos, y la continua voluntad extractiva de oro y plata de los posteriores colonizadores, con una mención especial y reiterada a Potosí y Ouro Preto. El segundo capítulo habla de la otra gran fuente de enriquecimiento de las élites: las plantaciones que empleaban mano de obra intensiva producían frutos destinados a la exportación y generaban grandes cadenas de valor en beneficio de latifundistas locales, comerciantes de todas partes y banqueros de las metrópolis. En este capítulo, obviamente, también habla del secuestro, venta y esclavitud de miles de personas africanas que acabaron formando parte -inicialmente por la fuerza- de las sociedades latinoamericanas, sobre todo en Brasil y al Gran Caribe. El tercer capítulo es una prolongación del primero: continúa señalando cómo se perpetuó la lógica extractiva de las élites a través de la continua y renovada demanda -desde el exterior- de minerales estratégicos y crudo. Un tema que, por cierto, es de rabiosa actualidad hoy en día, en que los productos estratégicos que requieren las nuevas industrias son también “minerales raros”, además del crudo, gas y biodiversidad. El tema de los múltiples conflictos ambientales de este inicio de siglo XXI en América Latina podrían fácilmente generar un anexo al capítulo en cuestión.

La segunda parte expone dos grandes temas. El primer tema -desarrollado en el capítulo “Historia de una muerte temprana”- trata sobre la esquizofrenia que sufren los países latinoamericanos debido a que la independencia política (que crea países con una bandera, un himno, unas constituciones y unas élites criollas) no supuso ningún tipo de emancipación: ni social ni económica ni geopolítica. Es más, en este capítulo se habla de cómo durante el siglo XIX Gran Bretaña sustituyó al reino español en su función de dominio (ahora neocolonial) a través del mito de un “libre mercado” que insertó las economías latinoamericanas de forma subordinada y periférica al “sistema-mundo”. Un sistema donde la riqueza de las metrópolis (el centro) es fruto del expolio del resto de los territorios (la periferia), con la connivencia -eso sí- de las élites de los países periféricos. Es al final de este capítulo cuando aparece en el libro los Estados Unidos, en tanto que colonia británica díscola que no quiere abrazar el librecambismo que imponía Londres y que se rebeló. Esta actitud resistente de los dirigentes norteamericanos será el origen de una vía fructífera hacia el desarrollo de su país, pero también la semilla de una actitud neo-imperial que hará que Washington perciba América Latina como su “patio trasero”.

El segundo tema, desarrollado en el último capítulo titulado “La estructura contemporánea del despojo”, trata del dominio impuesto por Estados Unidos y por las instituciones internacionales creadas por Washington después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Es precisamente en este capítulo donde se pueden observar algunas cuestiones que -si bien eran ciertas hace medio siglo- hoy son revisables. De entre ellas destacaría tres, que son las siguientes. La primera es una excesiva perspectiva estado-céntrica de la política. Galeano, cuando escribe el libro, interpreta correctamente que la autoridad y el poder en cada país estaba en manos de los estados (previamente captados por las poderosas élites locales). Esta realidad hoy ya no es cierta: los estados han perdido poder por arriba -donde mandan las grandes empresas transnacionales y los capitales, sin ningún tipo de bandera ni lealtad nacional- y también han perdido poder por bajo -donde las redes de extorsión, las “maras” y algunas comunidades controlan muchos territorios donde la presencia estatal es residual. La segunda es una visión Norte-Sur donde se interpreta que en el Norte todo el mundo vive de forma decente y digna. Hoy esto se ha desvanecido, incluso -y sobre todo- en el mismo coro del imperio. Desde de los años noventa del siglo pasado la pobreza ha crecido de forma progresiva e imparable en los Estados Unidos y en Europa. Ya hace años que en el “Norte” se puede ser trabajador y pobre a la vez, y que el pacto social de trabajo y disciplina a cambio de una vida digna ha desaparecido. En este sentido hoy Norte-América y Europa (y ya no digamos España, Catalunya incluida) se ha latinoamericanizado socioeconómicamente hablando. Finalmente, la tercera es, obviamente, la concepción romántica que el autor tiene del socialismo soviético y, sobre todo, de la revolución cubana. Una concepción que durante los años sesenta y setenta del siglo pasado compartía la mayor parte de la izquierda latinoamericana debido tanto a prejuicios ideológicos (animadversión al capitalismo y el imperialismo norteamericano que patrocinaba dictaduras asesinas), como al hecho que la Cuba de los años sesenta y setenta era un lugar socialmente y económicamente digno -de hecho, lo era mucho más que la mayoría de los países del subcontinente.

Llegados a este punto, ¿qué más se puede decir de LVA? Solo se me ocurren tres cosas. La primera es que el último boom comercial que tuvo el libro fue a raíz del hecho que Hugo Chávez diera un ejemplar de LVA a Barack Obama a la V Cumbre de las Américas que se celebró a Trinidad y Tobago en 2009. La segunda es que el libro es tan ambicioso y tan elaborado que el mismo Eduardo Galeano dijo en una entrevista que él, una vez escrita y editada LVA, no osó volverlo a leer. Normal: el libro -todo solito- cogió vida propia y dejó de ser del autor para ser de los miles y miles de lectores que se lo hicieron suyo. Y la última es que si bien LVA es un libro magnífico y que hay que leer (con las pocas precauciones expuestas), se tiene que señalar que Eduardo Galeano tiene otras obras que son una joya y que no han envejecido lo más mínimo, y que continúan siendo imprescindibles. Mis preferidas son los tres volúmenes de Memoria del fuego (1982-1086), El libro de los abrazos (1989) y Días y noches de amor y de guerra (1978).

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