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¡Mueran todos los murciélagos y pangolines! Homenaje a la «Colla de Sabadell»

Quien crea que el trabajo en casa es algo nuevo es que no ha leído a Edward P. Thompson. Para él la "forma normal" ir a trabajar, que yo observé en mi infancia, consistía en bajar en zapatillas al estudio con una humeante taza de café en mano. El ruido de la máquina de escribir era"trabajo".

07/06/2020

Entiendo que poner este titular en un artículo en la revista Sobiranies es como entrar en una misa conventual, concelebrada en Montserrat un domingo a las once, y gritar «Me cago en Dios y su puta madre la Moreneta”. Seguro que la revista Vida religiosa no me lo dejaría publicar, pero por suerte esta es una revista radical librepensadora donde la gente tiene sentido del humor. Ya sé que estaréis pensando: la culpa no es de los murciélagos ni de los pangolines, sino de los humanos y su acción destructora capitalista de la ecología. De acuerdo, de acuerdo, pero dejad que me desahogue.

Primero fue «viva Macià, muera Cambó», después pasamos al «viva Trilla, muera Mitjà». O al revés, ya no lo sé. En este artículo analizaremos todo lo que ha pasado desde una perspectiva holística y cuántica, pero añadiremos, como no podía ser de otra manera en una revista que se llama Sobiranies, una perspectiva de autodeterminación individual y de autodeterminación colectiva. Me referiré primero al teletrabajo, después analizaremos la necesidad de volver a tener industria del kilómetro cero, pasaremos a analizar los valores del precapitalismo así como las enseñanzas para el futuro socialista, seguiremos por la tesis del complot y la angustia y, por fin, los aspectos positivos del confinamiento que hemos vivido. No sé la razón por la cual dicen que queda bien explicar de inicio lo que vamos a decir. En fin. Eso si los fines de la revista, todos ellos marxistas heterodoxos, posmarxistas, anarquistas y librepensadores me han dado la consigna de salpimentar el texto con citas de prohombres de la izquierda catalana y mundial, a poder ser de: William Morris, Karl Marx , Edward P. Thompson, Antonio Gramsci, Friedrich Nietsche, Walter Benjamin, Eric Hobsbawm y Josep Fontana que son los referentes del núcleo duro del proyecto. Son como el Enigma de Sobiraníes. Vamos a ello!

La alienación y el teletrabajo.

Quien crea que el trabajo en casa es algo nuevo es que no ha leído a Edward P. Thompson. Para él la «forma normal» ir a trabajar, que yo observé en mi infancia, consistía en bajar en zapatillas al estudio con una humeante taza de café en mano. El ruido de la máquina de escribir era»trabajo».[1]

Hace mucho tiempo que la gente rica, y unos cuantos idiotas pobres, reivindican el teletrabajo. Me parece una solemne tontería. Explicaré por qué. Algunos pensarán: gracias al teletrabajo estuve en casa y no tenía que ir al trabajo. Es pensar las cosas al revés. Síntoma claro de estar alienado. Es decir, de defender los intereses, no de uno mismo, sino, en términos marxistas, de las clases dominantes. El fenómeno fue descrito ya por William Morris en 1884 y ya nos decía que hay que estar atentos al hecho de «permitirse que las máquinas nos dominen en vez de servirnos.»[2] Si en estos días no hubiera teletrabajo el gobierno hubiese obligado a las empresas a dar vacaciones pagadas y sin ir a cuenta de las fiestas del convenio. La gente estaría casa sin hacer nada. Ahora han tenido que trabajar. Ni con el virus se hace realidad el sueño de Paul Lafargue.[3] Un segundo argumento contra el teletrabajo es que obliga a las parejas a vivir veinticuatro horas en la misma casa. Creo, sinceramente, que más allá del primer año, no hay pareja que aguante estar tanto tiempo junta. La gente necesita su espacio y tener la oportunidad de alegrarse en el reencuentro por la noche. Las parejas morirán de sobredosis de amor. En la próxima Constitución republicana catalana debe haber un artículo que prohíba explícitamente el teletrabajo.

Pero es que, además, -tercer argumento- ir a trabajar es un acto social, permite relacionarse con gente. El primer espacio donde la gente liga hoy es el trabajo -55% -, muy por delante de los espacios de ocio -34% – y de las aplicaciones para ligar 6% – como nos demuestra un estudio de la Johns Hopkins University.[4] Si la gente no va a trabajar no ligará, eso si puede ser una pandemia estructural brutal que pone en peligro la súpervivencia de la especie humana. No sé por qué, en cambio, no hacen teletrabajo los soldados y los oficiales del ejército. De hecho, hacerlos pasear por el Reino de España parece la mejor opción para ir esparciendo el virus. Me han dicho de buena fuente que creen que poner el himno monárquico a toda hostia por las ciudades españolas asusta al Covid-19.

Lo peor es que una vez las empresas hayan establecido protocolos de evaluación de los trabajos realizados desde el teletrabajo, lo que harán será contratar falsos autónomos, es decir, nos convertirán a todos en riders de los ordenadores. Ni vacaciones, ni seguridad social, ni posibilidad de sindicación, ni sueldos dignos. Todo esto se hace ahora cuando ya hay muchos autores y empresas que renuncian al teletrabajo porque no es eficaz. Si no me creen, lean a Sherry Turkle: En defensa de la conversación. El poder de la conversación en la era digital.[5] Sólo hay una excepción, y es que yo he enviado este artículo a Sobiranies desde casa y vosotros lo podéis leer sin salir. Como decía Karl Popper, falsear una ley una vez no significa descartar la ley. Una vocecita interior me dice: sin teletrabajo se hubieran ahorrado leerte!

Lo que más me sorprende del teletrabajo es que trabajan muchas más horas que si fueran a su puesto de trabajo, incluido el tiempo dedicado al tren y el metro. ¿Cómo es posible? Lo que aún me sorprende más es que el teletrabajo dé tanto trabajo cuando las empresas, instituciones, administraciones, han estado sin funcionar, en servicios mínimos, en algunos casos muy mínimos. Sólo fueron aquellos que siendo jefes no tenían ganas de estar con las familias las veinticuatro horas del día y podían organizarlo para largarse de casa.

Entonces si las empresas y con ellas el país entero no funcionaba, ¿cómo puede ser que la gente tuviera trabajo haciendo teletrabajo? Quizás no nos hemos dado cuenta, pero las nuevas tecnologías han ido creando tareas cada vez más sofisticadas y con prestigio para que nos dediquemos horas y horas en «trabajos» que no son otra cosa que burocracia con glamour (Hall 9000). La razón es que Apple, Microsoft, Google, Facebook, -las que no pagan impuestos porque pierden dinero cada año, pobres- necesitan personas que hagan funcionar sus utensilios. Para que este ganado negocio funcione, necesitan que millones de empresas contraten gente y compren ordenadores y programas de estas pocas empresas «tecnológicas». Además con el teletrabajo, los neoliberales antipáticos han conseguido su objetivo para amargarnos: crear un tipo de trabajo que es como si la gente fuera a trabajar en el trabajo, no miraran a los ojos y no se dirigieran la palabra en todo el día y, lo que es peor, sin contacto personal, sin calor.

Nadie parece que se haya dado cuenta excepto este humilde articulista. Ahora gracias al confinamiento todo se ve muy claramente: las tecnologías han sido un engaño monumental. La gente de derechas se ha creído que tener a millones de personas «trabajando» ante una pantalla de ordenador iba bien para ganar dinero. Por contra, la gente de izquierdas ha tenido una actitud bendita y tonta ante el avance tecnológico . ¡Decían que se podía hacer la revolución en las redes! ¡Como sabe todo el mundo la revolución en Catalunya se hace quemando fábricas e iglesias! ¡Cuánta razón tenían los luddistas!

Las grandes compañías tecnológicas han montado una burocracia autoreferencial que reduce la poderosa burocracia soviética a un juego de niños. ¿Cómo puede ser que teniendo todo un país parado, el teletrabajo aumente exponencialmente? Lo lógico es que el teletrabajo disminuyera en relación al trabajo real. Pero no es así, el teletrabajo se retroalimenta solo, no necesita trabajo real. Es lo que el virus nos ha enseñado. Van creando planes quinquenales que nunca se cumplen pero que todo el mundo da por buenos. Bien pudiera ser que una vez pasada la plaga, puede que aprendamos algo. Yo lo dudo, Antonio Gramsci decía que la historia enseña pero no tiene discípulos.[6] 

¡No sabemos fabricar mascarillas!

Un amigo que profesionalmente se dedica al ramo de la madera me dijo hace algunos años: «fabrican puertas sólo los chinos, cuando ellos las necesiten no habrá nadie aquí que las sepa hacer». Ha llegado el día. ¿Cómo es posible que en Cataluña no sea posible en dos días poner líneas de fabricación robotizadas para hacer millones de mascarillas esterilizadas? Es inexcusable. En Sabadell, en 1936, una gran parte de la industria del metal se convirtió en industria de guerra en un mes, pasaban de fabricar telares para la industria textil a hacer granadas de mano. No había tantos ingenieros, ni Internet. Quizás los Ministerios y Departamentos de la Generalitat deben entender que hay que pagar a partir de ahora las mascarillas y respiradores un poco más caros pero producidos aquí. Habría que hacer una gran lista de todas estas cosas y considerar una gran parte de la industria como industria estratégica. No sabemos qué puede pasar pero hay que mantener una cierta proporción de producción cerca que tenga la tecnología y el Know-how para, en caso de emergencia, poder multiplicar la producción local.

Una cosa es predicar la autarquía como hicieron los fascistas españoles, lo otro es ser pardillos y no tener el país preparado para los imprevistos. Cuando ha habido problemas de abastecimiento el mundo se ha dirigido al mercado internacional. Cuando ya la pandemia tiene larga trayectoria, la UE ha despertado y dice que también comprará cosas en China. ¿Para eso queremos una UE? Hay que poner puertas al campo de la globalización en un cierto grado. Podéis pensar: ¡sí hombre, esto es imposible! Pues bien, la revolución industrial en Inglaterra comenzó vallando los campos de todo el país con un sistema llamado enclosure.[7]

¿Por qué el tejido industrial español y catalán han estado tan poco a la altura? En primer lugar. porque sus dirigentes están formados en escuelas de negocios -ESADE, EADA, IESE- que educan en el egoísmo y el afán de lucro como único valor. Se han dado cuenta tarde que no hay ánimo de lucro si los que tienen que comprar están muertos. En general, han sido los trabajadores de grandes empresas que tienen personal muy formado tecnológicamente y con valores los que las han sacado adelante. El problema es que los gobiernos no se han atrevido a colectivizar provisionalmente empresas y redireccionar su producción por miedo a ser tachados de comunistas. Y hacemos el ridículo intentando comprar fuera. ¡Ahora sí que nos sale caro! ¡Nos hacen pagar el precio que quieren! Además, ha llegado la hora de acabar con el just in time, es decir, un sistema demencial sin almacenes, sin prever sustos provenientes del azar y de la misma condición humana.

Hemos aprendido que es necesario que los alimentos que comemos sean producidos en el kilómetro cero. Por razones sanitarias, por razones ecológicas, por gusto y por racionalidad. Así pues, hay que empezar a pensar en la producción industrial también en clave de kilómetro cero. Debemos ser mucho más soberanos y equilibrados. El agua, la electricidad, los proveedores de Internet, los coches, la mayor parte de aparatos de los hospitales… No hay que saber hacer un cohete que vaya a Marte, pero que Catalunya, en los primeros cuarenta días de pandemia, no sea capaz de fabricar mascarillas es un fracaso absoluto. ¡El ejército se ha puesto a fabricar paracetamol! Se dió la colectivización de Farmaindustria. Cualquiera se lo puede preguntar.¡Por inútiles! Todo lo compraban en China. Tendríamos que hacérnoslo mirar. ¿Aprenderemos?

Mi amigo “pagès” i Nietzsche

Un amigo campesino se murió hace cuatro años a los 92. Pasó durante una etapa de su vida por el mundo de la industria y acabó huyendo. Y aunque parezca mentira, un hombre de Sabadell vivió toda su vida haciendo de campesino. De hecho, cultivaba un viñedo y un huerto bastante grande. Su mentalidad era precapitalista. Os pondré un ejemplo. Si resulta que tenía almendros y ese año le pagaban por cada kilo “x” pesetas y él consideraba que era un abuso del intermediario, decidía no cosecharlas aunque perdiera mucho dinero. ¡Qué se habrá pensado este hijo de puta!, gritaba. Y allí se quedaban las almendras y parte de sus ingresos. Un segundo ejemplo de su manera de ser. Decía: «el más tonto es la persona». Y tenía razón, de hecho es lo mismo que expresaba Friedrich Nietzsche cuando afirmaba que «el hombre es el menos logrado de los animales, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos.»[8]

Tenía, pues, una original manera de pensar: él creía que el mundo se dividía entre los que trabajaban la tierra y producían alimentos para la sociedad y todos los demás a los que llamaba «oficinistas». Tanto le daba a qué se dedicara uno en una oficina, tenían una sola categoría: oficinistas. En el fondo era la categoría de los que no hacen nada de provecho. Bueno, estos días me he acordado de él. Hemos estado discutiendo sobre qué entendemos por funcionamiento de los sectores económicos esenciales. La conclusión fue: todo lo que se refiere a la alimentación: agricultores, transportistas y tiendas. Dejemos aparte, claro, el personal sanitario y las farmacias. ¿Qué más hay, de esencial? Los estancos, por los drogadictos que fuman y poco más. William Morris ya nos avisaba: «la clase rica que no ejecuta ningún trabajo, todos sabemos que consume mucho y no produce nada».[9] Además, el Íñigo Errejón inglés, Owen Jones, explica que «Si nos deshiciéramos de todos los limpiadores, basureros, conductores de autobús, cajeros de supermercados y secretarias, por ejemplo, la sociedad se detendría en seco. En cambio, si al despertar una mañana descubriéramos que hubiesen desaparecido todos los muy bien pagados ejecutivos publicitarios, consultores empresariales y directores de capital riesgo, la sociedad seguiría funcionando como antes; en muchos casos, probablemente un poco mejor.[10] Quizá sea lo que estamos viviendo estos días. ¿Podríamos funcionar todo el año con los sectores esenciales? Karl Marx nos avisaba de ello ya en el año 1857[11] que el capitalismo trata de crear necesidades artificiales ilimitadas para vender, -la producción genera el consumo- y nunca podía haber pensado que tendría tanta razón como ahora. Hemos creado, no productos, sino trabajos artificiales ilimitados que no sirven para nada.

El remedio escondido que cura el Covid-19

Después de una gran investigación sobre cómo atacar el coronavirus -no confundir con el Corinnavirus- también conocido con el nombre científico de Covid-19, he conseguido encontrar un documento secreto del grupo de expertos del Departament de Salut. Es un grupo creado en el deep state de la Generalitat. Viven en un lugar secreto apartados de todo el mundo ya, que en caso de pandemia, los máximos expertos quedarían al margen de contaminación vírica. El grupo lo dirige, a distancia, el Dr. Trilla. Ahora en exclusiva mundial os cuento el secreto mejor guardado.

El remedio infalible contra el Covid-19 propuesto por el grupo de expertos es este: se coge una copa muy gruesa y se ponen unos cuantos cubitos -es increíble pero antes los llamábamos cubitus-, esto tiene el efecto que colapsa de frío al virus. Se añade cardamomo y el enebro que lo envenena. Después, se va vertiendo la tónica despacio sin remover demasiado, el virus queda aturdido y por fin se pone la ginebra que lo mata. Todo el mundo sabe que para curar una herida hay que poner alcohol, ¿verdad? También puedes añadir fresas de kilómetro 0 de Santiago de Chile[12] compradas en la Boqueria. Los que dicen que entienden, que hacen artículos, opinan en la radio y en la televisión, afirman sin ningún fundamento científico que a los virus se les mata con calor. ¡Vaya tontería! Imagínese que coges el gintonic y lo calientas en un bote. Se deshace todo y no hay quien se lo beba y, además, se lo puedo confirmar, sus componentes no hacen efecto. ¿Por qué no se divulga este remedio? Por culpa de la industria farmacéutica, claro. Quieren que consumamos las insulsas pastillas llenas de efectos secundarios y muy caras. Además, a estas alturas, aún no se sabe qué medicamentos curan del virus.

Así que, ya sabéis: al primer síntoma, incluso antes, os bebéis un gintonic si no hace suficiente efecto y los síntomas persisten un segundo. Y así sucesivamente, hasta que haga efecto. En caso de que no funcione y muramos, por lo menos moriremos contentos.

La ansiedad y la tesis del complot

El virus nos ha puesto a todos nerviosos, muy nerviosos. Antiguamente los virus los enviaba Dios a la humanidad para castigarnos por nuestros pecados. Ahora, cuando Dios no existe, la gente peca igual o más y los virus los tenemos igualmente. ¿Qué hace que la gente crea en todo tipo de complots?[13] La gente se angustia ante lo desconocido. Como la angustia crece, la gente tiene dos opciones. La primera, buscar culpables. Responde a una actitud infantil para combatir falsamente la angustia. La segunda, darse cuenta de que buscar culpables cuando no los hay, no tiene ningún sentido. Nadie sabe en realidad qué hacer. Nadie puede predecir el futuro. Los médicos, -ni Trilla, ni Mitjà- pueden saber qué pasará mañana. Los médicos y los científicos pueden detectar y tratar la enfermedad. Los políticos tampoco saben predecir el futuro, lo único que hay que exigir es que tomen medidas teniendo en cuenta criterios de salud pública y no los intereses de los ricos. Los periodistas sólo saben informar de lo que ya ha sucedido en el pasado. O sea, que el único remedio real es el de aceptar la fatalidad, y/o tratarse la angustia. Creer que hay algún malnacido que controla los eventos para jodernos es la demostración de una mentalidad infantil, de personas que no toleran la frustración que genera la vida.

Mi abuela nació en 1904. Vivió la Semana Trágica, a 50 metros de donde vivía dispararon en la sede del sindicato. Vivió la I Guerra Mundial. Vivió el pistolerismo de la patronal y la dictadura de Primo de Rivera, vivió el estallido de la II República y el mundo de incertidumbres y de ilusión que generó, vivió el golpe de estado fascista y la lucha de los republicanos por la libertad, vivió la guerra contra el fascismo. Vivió la durísima posguerra. Vivió de lejos la II Guerra Mundial. Vivió 40 años de dictadura. Vivió la transición, la democracia y el retorno de Josep Tarradellas y la Generalitat. Los menores de sesenta años, en cambio, han vivido en un mundo sin demasiado sobresaltos (tal vez el otoño de 2017). Y ahora se enfrentan al virus. No sabemos qué nos deparará el futuro. Creer que alguien lo conoce es la respuesta equivocada ante el azar de la vida. Si lo deseais más intelectual, Walter Benjamin decía «Mientras actuamos vamos claramente por delante de lo que es nuestro Conocimiento”.[14] Paciencia.

Cosas positivas del Covid-19 y del confinamiento

Los libros de autoayuda y los amigos, conocidos y saludados nos cuentan que siempre hay que aprender de los malos momentos. También ha hecho mucho daño el hippismo-leninismo para afrontar el confinamiento. Hago un esfuerzo para contároslo. Afirman que «ahora tengo tiempo para la familia, para la pareja, los hijos, la suegra, los hermanos y los padres. Puedo hablar con la pareja como nunca lo había hecho entre semana. Ahora, con la calma que proporciona el confinamiento, puedo disfrutar los placeres de la vida cotidiana, hacer la comida; tirar la basura se ha convertido en una tarea muy celebrada; podemos hacer el amor cualquier hora del día. Una maravilla. «

Esto es lo que debería escribir siguiendo el modelo progresista dominante. Y una mierda. ¡Todo es una mierda! La gente de las escuelas de negocios ESADE, IESE, EADA y todas estas madrazas del capitalismo dicen hay que salir de la zona de confort. El Covid-19 es un gran argumento para salir de las zonas de confort, dicen los cabrones psicópatas que nos quieren arruinar la vida. ¿Dónde está escrito que tener tiempo para la familia, la pareja, los hijos, la suegra, los hermanos y los padres ofrecen una mayor calidad de vida y mayores dosis de felicidad? ¿Dónde está escrito que hablar todo el día con la pareja sea una buena idea? Sólo son buenas estas ideas en la cabeza de alienados de mierda que tienen como referentes las películas producidas en la meca del capitalismo internacional: Hollywood. ¿Qué se puede esperar? ¿Quién dice que hacer la cena el jueves por la noche, cuando estás hasta las narices de todo, da placer? ¿A qué imbécil se le ha ocurrido esta tontería? Y ahora que no nos lee nadie, qué extraño vivir con este panorama, con este infierno que significa el confinamiento, ¿alguien realmente tiene ganas de hacer el amor? ¡Salid de los espacios de confort, dicen los cabrones! Y una mierda. Lo llevo muy mal. Incluso para una persona como yo, que soy un «muermo», esto es insoportable. ¡La condición natural de las personas es el sol, los bares, el cielo, los restaurantes y las montañas! Y si eres de izquierdas, las muchas reuniones presenciales de muchas horas.[15]

Además, con tanto móvil, tantas aplicaciones y tanta tecnología, no saben qué hacer con un puñetero virus. Eric Hobsbawm decía: «Es una paradoja de nuestro tiempo que la irracionalidad política e ideológica no halle dificultades para coexistir con la tecnología más avanzada; en realidad, usan este recurso.»[16] Mientras tanto, quien gana en la batalla entre el virus y los humanos es el virus, claro. Nos lo decía Josep Fontana en 1997.[17]

Ya hace tiempo lo sospeché fue cuando se empezaron a secuenciar los ADN. Los científicos explicaron que la similitud entre los genes de una persona y la de un ratón eran del 99%. Me lo temía. Y eso que no sabemos el ADN de DonaldTrump.[18]

Bueno, ya he citado a todos los que me habían dicho: William Morris, Karl Marx, Edward P. Thompson, Antonio Gramsci, Friedrich Nietsche, Walter Benjamin, Eric Hobsbawm y Josep Fontana. Ya puedo ir terminando. ¡Mueran los Borbones! Pueden pensar, ¿y aquí qué tienen que ver los Borbones? No lo sé, pero por si acaso. Además, esta es una revista republicana. En fin, mueran todos los murciélagos y todos los pangolines.


[1] Edward P. Thompson: “Reflexiones sobre Jacoby y todo eso” a Sin Permiso 1-12-2013

[2] William Morris: «Como vivimos y cómo podríamos trabajar». Pepitas de calabaza. Logroño 2013.P. 84

[3] Paul Lafargue: El dret a la peresa. Llibres de l’índex, Barcelona, 2014. Creo que a lo largo del tiempo se ha demostrado que de los miembros de la familia el más razonable es el yerno.

[4] Podriamos poner muchas referencias, pero: Alfred G. Kinsey Jr: «A study of sex and flirting in the areas of sociability of a working-class citizen» Johns Hopkins University. Baltimore, 2019. Homenaje a Jean Bricmont i Alan Sokal: Impostures intel.lectuals, Ed Empúries. Barcelona 1999. Queda va un 5% de encuestados que no quiere ligar o el sexo no les interesa para nada.

[5] Sherry Turkle: En defensa de la conversación. El poder de la conversación en la era digital. Ático de los libros, Barcelona, 2017.

[6] Antonio Gramsci: El Fascismo. La sombra negra de cien años de barbarie. Altamarea ediciones. Madrid. 2019. P. 36

[7] Fue un proceso criminal en el que la nueva burguesía emergente se apropió de todo.

[8]  Friedrich Nietsche: El anticristo. Alianza, Barcelona, Madrid, 2006, P, 43

[9] William Morris: Como vivimos y cómo podríamos trabajar. Pepitas de calabaza. Logroño 2013.P. 148

[10] En realidad Owen Jones no formaba parte del encargo, pero he decidido transcribir esta cita porque tampoco hay que ser tan obediente:   La demonización de la clase obrera. Capitán Swing. Madrid 2013, p, 313

[11] Karl Marx: Elementos fundamentales para crítica de la economía política (borrador) 1857-1858. Siglo XXI,  Madrid, 1972. pp, 13-14.

[12] Homenaje a Francesc Trabal, que se exilió en Chile: Els contracops de l’enyorança. Escrits de l’exili. Fundació La Mirada, Sabadell, 2011.

[13] El primero que analizó la Revolución Francesa como un complot fue Augustin Barruel: Memoria para servir a la historia del Jacobinismo, 1797; Compendio de las memorias, para servir á la historia del Jacobinismo, traducción de Simón de Rentería y Reyes, Villafranca del Bierzo, Pablo Miñón, 1812. Edición facsímil, Valladolid, Maxtor, 2013

[14] Walter Benjamin: Obras. Libro IV Vol 2. Abada editores. Madrid 2010. p.  204

[15] Jo hice tantas en la JCC y en el PSUC clandestino que, cuando siento hablar de la convocatoria de una reunión, me pongo malo. Estos días con las videoconferencias solo me sirven para ducharme y quitarme el pijama.  

[16] Eric Hobsbawm: «Un tiempo de rupturas». Planeta. Barcelona 2013. P. 195

[17] Josep Fontana: Introducció a l’estudi de la història. Crítica. Barcelona, 1997, pp. 69-70. Nota que debo a la amabilidad de Xavier Domènech. Me nombró el libro, pero no el número de página y he tardado tres horas en encontrar la cita. 

[18] Javier Sampedro El País 5-2-2002

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