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Obituario de Jean-Luc Nancy, filósofo del cuerpo y de la comunidad

Este agosto se nos fue Jean-Luc Nancy, filósofo del individuo y de la comunidad, pensador radical francés que trató de subvertir las falsas dicotomías que en nuestro presente nublan los debates políticos.

Filósofo
02/09/2021

Este pasado 24 de agosto murió el pensador francés Jean-Luc Nancy, una de las figuras más importantes del panorama filosófico contemporáneo. Nacido hace 81 años en Burdeos, fue profesor durante toda su vida profesional en la universidad de Estrasburgo, donde tejió una gran amistad personal e intelectual con Philippe Lacoue-Labarthe, con quien escribió obras tan importantes como El absoluto literario (1978) o El mito nazi (1991).

Nancy fue un pensador muy sugerente y profundo, uno en quien se detecta una relación tan próxima y fecunda como ambivalente con Martin Heidegger, con quien quiso pasar cuentas en una de sus últimas obras, Banalidad de Heidegger (2015). Otra de sus grandes influencias provino de su amigo Jacques Derrida, razón por la cual no es extraño que la sombra de la “deconstrucción” se pueda encontrar bastante presente en sus reflexiones o que Nancy fuera un pensador que estirara continuamente las posibilidades del lenguaje para ampliar así mismo los márgenes de nuestro pensamiento. Al fin y al cabo, era esta la mejor manera de reflejar la complejidad de una realidad que se nos escabulle de manera persistente y, al mismo tiempo, mostrar las inevitables dificultades que encuentra el lenguaje a la hora de reflejarla fielmente.

Esto explica que Nancy haya sido un autor que hay que leer con atención y sin prisa, un pensador que interrogaba pausadamente las palabras desde varias perspectivas para abrir nuevos matices, ángulos u horizontes que habían pasado desapercibidos. Por eso mismo, sus numerosos libros son escritos con giros y sorpresas que nos permiten viajar por un terreno familiar y extraño a la vez: familiar, porque a menudo se mueve por un ámbito próximo y que por su manera de escribir permite establecer un tipo de vínculo íntimo con él; extraño por su capacidad de iluminarlo desde nuevas perspectivas que nos sorprenden y descolocan. Para decirlo en pocas palabras, lo que conseguía Nancy en sus escritos era una genuina experiencia de pensamiento que, naturalmente, no deja a nadie indiferente.

Un buen ejemplo de todo esto se da en sus conocidas aportaciones sobre la comunidad, que más que uno de los “grandes temas” de su obra es un espacio donde confluyen otras muchas de sus reflexiones filosóficas. Lo que pretende su, digamos, “reivindicación” de la comunidad es releerla frente a aquellos pensadores y movimientos políticos que la han querido monopolizar tanto en el presente como en el pasado. En cambio, en sus reflexiones la comunidad aparece como una realidad escurridiza que no se deja clausurar. Al contrario, el esfuerzo de Nancy consistió más bien en intentar escapar las falsas alternativas entre el individuo y la comunidad y, con esta intención, aportar una nueva mirada que ayudara a agujerear los muros que las palabras podían sugerir o fomentar. En este sentido, y como reiteró en otros temas como la relación entre el cuerpo y el alma, su vocación se podría calificar de antidicotomizadora.

Además, este gesto no escondía la voluntad de llegar a un tipo de conciliación final y en realidad artificial, sino, al contrario, servía para testimoniar las tensiones, en muchos casos productivas, que se pueden dar y se dan constantemente. Por eso, el de Nancy se puede considerar como un pensamiento de la finitud y de la ruptura que evidencia como toda identidad sobrevive a partir de transformarse y dislocarse, de crearse de nuevo sin cesar, y de cómo todo esto se lleva a cabo a partir de una relación con los otros. De allí que, como recordaba el título de uno de sus libros más recordados, defendiera que todo ser singular es también plural. O lo que a grandes rasgos sería lo mismo: que todo ser es por fuerza, y por suerte, un ser con otros. A su parecer, no podemos entender las realidades como totalidades completamente cerradas o atomizadas. Por esta razón, la filosofía tenía que mostrar (y testimoniar) esta dimensión de apertura para no reificarlas y traicionarlas.

Esto mismo, por cierto, también se tiene que conectar con la relación que podemos establecer con el futuro. Si en su momento Nancy temió el secuestro de este futuro como tiempo propio y auténtico por unas ideologías ortodoxamente cerradas, o también por un orgulloso fin de la historia que proclamaba la perpetuación del presente, hoy en día prolifera más bien su versión negativa en una crisis de futuro sintetizada por el síndrome del There is no alternative. De aquí que las reflexiones de Nancy sobre la comunidad también se puedan releer en la actualidad como un canto para impedir que un supuesto pasado gobierne el presente y le robe su futuro. En este contexto se podrían recordar para acabar estas palabras suyas: “crear el mundo quiere decir: inmediatamente, y sin retraso, volver a abrir cada lucha posible por un mundo”. Esta lucha creadora podría ser una buena manera de resumir la que fue su actitud filosófica y, a la vez, un buen legado a reivindicar.

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