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Perspectivas feministas frente a la COVID-19

El movimiento feminista ha organizado manifestaciones multitudinarias y una huelga general de trabajo, de cuidados y de estudio bajo el lema "Si las mujeres se detienen, se para el mundo".

Professora de Ciència Política a la UPF
07/06/2020

Las crisis tienen siempre un impacto diferencial de género. La posición situada de mujeres y hombres nos ubica en un punto de partida dispar, fruto de la socialización diferenciada en roles y expectativas y de la desigualdad de recursos, reconocimiento y estatus inherentes a las sociedades patriarcales. Es decir, el impacto diferencial de género es fruto de la desigualdad de género que imprega todos los ámbitos de la sociedad, del mercado laboral a las familias pasando por las instituciones y organizaciones políticas, económicas o sindicales. La crisis o emergencia sanitaria provocada por la COVID-19 y sus consecuencias socioeconómicas no han sido una excepción a este impacto diferencial de género. Sin embargo, las crisis son también momentos de redistribución de los valores, potenciales puntos de inflexión para transitar hacia modelos diferentes de sociedad y, en particular, son momentos clave en que las normas de género se pueden reforzar o modificar. Por este motivo, la COVID-19 supone una grave amenaza para la igualdad de género y los feminismos al tiempo que ofrece la oportunidad de replantear un modelo económico y social que no garantiza una vida que valga la pena vivir para muchas personas.

La COVID-19 supone una grave amenaza para la igualdad de género y los feminismos al tiempo que ofrece la oportunidad de replantear un modelo económico y social que no garantiza una vida que valga la pena vivir para muchas personas

En primer lugar, la segregación de género del mercado laboral ha implicado que las mujeres sean las más expuestas al contagio al virus, ya que los sectores considerados esenciales o de primera necesidad están altamente feminizados, con una elevada proporción de mujeres migradas: personal sanitario, personal de las residencias de personas mayores o de otras personas dependientes, trabajadoras y educadoras sociales, personal de limpieza, trabajadoras domésticas, cuidadoras y internas o trabajadoras de supermercados y otras tiendas de alimentación. La exposición al contagio se ha visto agravada por el déficit crónico de financiación de estos servicios públicos y por la precariedad de las condiciones de trabajo y salarios mínimos de estos sectores, a los que se han proporcionado tarde y de manera escasa los materiales de protección necesarios. Precisamente porque su trabajo es esencial, tanto en tiempos de crisis como de – nueva o vieja – «normalidad», la emergencia sanitaria expone la necesidad de revisar y mejorar las condiciones laborales y salariales de estas ocupaciones, la firma del convenio 189 de la OIT y la regularización urgente de las personas migradas en situación irregular. Se ha hecho también dramáticamente visible la necesidad de no sólo revertir los recortes en el ámbito de la salud y de los servicios sociales de la última década sino de una inversión adecuada al volumen de población de la sociedad catalana, a fin de poder mantener unos servicios públicos de calidad.

La segregación de género del mercado laboral ha implicado que las mujeres sean las más expuestas al contagio al virus, ya que los sectores considerados esenciales o de primera necesidad están altamente feminizados

En segundo lugar, como también ocurre en los periodos de recesión económica, se ha profundizado la brecha de género en el volumen de horas dedicadas a las tareas de sostenibilidad de la vida. El cierre de las escuelas y otros centros de día para personas dependientes ha implicado que las familias se hayan hecho cargo las 24 horas del día de los niños y de las personas dependientes. El espejismo de la conciliación, envuelto ahora con la facilidad que supuestamente proporciona el teletrabajo, no puede ser más evidente, en particular para las familias monoparentales, las cuales son en su gran mayoría monomarentales. En los últimos dos años, el movimiento feminista ha organizado manifestaciones multitudinarias y una huelga general de trabajo, de cuidados y de estudio bajo el lema «Si las mujeres se detienen, se para el mundo». Esta crisis sanitaria ha puesto en evidencia que, si el mundo ha seguido funcionando, es porque las mujeres no se han detenido, absorbiendo el costo de una crisis de cuidados que no es coyuntural sino sistémica.

Es precisamente en un contexto de crisis cuando se hace más visible la necesidad de llevar a la práctica las propuestas feministas sobre reorganización del trabajo remunerado, con jornadas laborales más cortas y con un teletrabajo pensado no para conciliar sino para flexibilizar las entradas y salidas

Es precisamente en un contexto de crisis cuando se hace más visible la necesidad de llevar a la práctica las propuestas feministas sobre reorganización del trabajo remunerado, con jornadas laborales más cortas y con un teletrabajo pensado no para conciliar sino para flexibilizar las entradas y salidas, por mitigar el impacto medioambiental de los desplazamientos y para acabar con una cultura del «presentismo» que no conlleva una mayor productividad. La reestructuración del trabajo remunerado es imprescindible para avanzar verdaderamente hacia una responsabilidad compartida en las tareas de cuidado. Y no se trata sólo de la corresponsabilidad de los hombres en la provisión del cuidado, una asignatura pendiente a la que hay que destinar más recursos desplegando de una vez por todas la coeducación en cada una de las etapas educativas y una amplia gama de medidas para evitar que las empresas penalicen en la contratación o en la promoción a las personas que cuidan. Se trata también de terminar con el subsidio indirecto que las mujeres proporcionan a los poderes públicos y las empresas con un trabajo gratuito y heterónomo. Hay publificar los servicios de cuidado para desfamilialitzar la provisión del bienestar y para garantizar la autonomía de todas las personas sin que las mujeres se vean obligadas a reducir su jornada laboral o a asumir un nivel de estrés que pone en riesgo la salud física y mental.

En tercer lugar, el impacto del confinamiento sobre los ingresos presentará una intersección importante entre género, clase social y condición de racialización, habiendo una relación muy estrecha entre estatus ocupacional y disponibilidad del teletrabajo. Los servicios, uno de los sectores más afectados por las medidas de distanciamiento físico y donde el teletrabajo no es una opción, presenta una ocupación muy feminizada y precarizada. Es previsible que el impacto económico sobre las mujeres trabajadoras sea especialmente fuerte, profundizando la feminización de la pobreza, ya sea por un mayor aumento del paro femenino, por los magros subsidios de desempleo a los que tendrán acceso las mujeres que trabajan a tiempo parcial o las que cotizan por menos horas de las que efectivamente trabajan (como las camareras de piso de los hoteles) o por las insuficientes ayudas de emergencia de las mujeres que trabajan sin contrato (por ejemplo, dentro del hogar o prostitutas). La crisis, pues, ofrece la oportunidad de adoptar medidas que dirijan la segregación de género del mercado laboral y para introducir una renta básica universal no condicionada a los ingresos que ponga en el centro las personas y no los intereses del capital financiero y las grandes corporaciones . Esta renta haría que el estado de bienestar pasara a ser un derecho de ciudadanía desvinculado del ciclo de vida y de un mercado laboral que genera continuamente «parias». Todas las medidas de reactivación económica deben incluir también la perspectiva de género para evitar que aumente la subordinación, explotación y vulnerabilització de las mujeres, especialmente cuando el género intersecta con otros ejes de subordinación como son la clase social, el origen, la racialización, las sexualidades e identidades de género no normativas o la diversidad funcional. Las consecuencias de no incorporar la perspectiva de género en las respuestas políticas a la crisis quedaron evidenciadas en la última crisis económica cuando, a pesar de que los sectores inicialmente más golpeados por la crisis fueron sectores masculinizados (como la construcción o la industria automovilística), el paro femenino se cronificar más debido a la ceguera de género de las políticas activas de empleo implementadas.

Llueve sobre mojado. Los servicios existentes son insuficientes y están saturados porque no se han dotado de los recursos humanos y materiales necesarios.

En cuarto lugar, el confinamiento ha aumentado la vulnerabilidad de las mujeres – y la de sus hijos e hijas – en situación de violencia machista en su hogar así como la de las personas LGBTI que sufren el rechazo de sus familias a su orientación sexual o identidad de género. La línea 900 900 120 que atiende las mujeres víctimas de violencia machista ha recibido casi un 90% más de llamadas. Llueve sobre mojado. Los servicios existentes son insuficientes y están saturados porque no se han dotado de los recursos humanos y materiales necesarios. El Pacto de Estado contra la Violencia de Género no va más allá de lo que establecen las leyes en este ámbito, justo recupera el nivel de gasto público anterior a la crisis económica y somete a las entidades que realizan la atención a las supervivientes a unas condiciones corto-terministas de ejecución de los proyectos subvencionados ya una burocracia pesada que imposibilitan acciones de cambio estructural. Se han habilitado con la Covidien-19 espacios residenciales de emergencia, como si una vez acabe el desconfinament tuviera que desvanecerse por sí solo el riesgo que corren las mujeres que huyen de la violencia. Aunque en este periodo las denuncias han disminuido, se espera un incremento significativo cuando se levante el estado de alarma, haciendo imprescindible un plan específico para atender estos casos. En el contexto de confinamiento han eliminado los espacios seguros para hacer el intercambio de las visitas en casos en que el padre ha maltratado la madre, aumentando la situación de riesgo para las madres, y algunos padres han aprovechado el estado de alarma por incumplir los requisitos establecidos en las resoluciones judiciales de custodia compartida. De nada sirven los pactos de estado si la erradicación de la pandemia estructural de las violencias machistas no se convierte en una cuestión de estado y si la justicia no deja de ser patriarcal. El confinamiento también ha dificultado el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos, ya de por sí en situación precaria por la insuficiencia de servicios y por su limitado alcance territorial.

En quinto lugar, el estado de alarma se ha revestido de un discurso patriótico y militar que viriliza la respuesta a la crisis, alimentado por el discurso del miedo de algunos medios de comunicación. Es totalmente inútil conminar al orden desde la disciplina cuando lo que hay es apelar a la solidaridad y la responsabilidad colectiva, como han hecho muchas redes de acción comunitaria. Medidas como la ampliación de funciones del ejército en el orden público y el aumento de la vigilancia policial corren el riesgo de normalizar restricciones en el ejercicio de derechos y libertades fundamentales y generan un contagio de valores punitivos en la población, como la «policía de balcón» y el aumento de la xenofobia, que acaban beneficiando a la extrema derecha. El sexismo y el racismo que alimentan las guerras no sirven para acabar con un virus y, en todo caso, esta supuesta «guerra» contra un «enemigo común» lejos de unirnos expone los privilegios – o la falta de privilegios – con qué podemos hacer frente. Quizás este discurso puede contribuir a que algunos hombres se pongan la mascarilla sin verla como un símbolo de debilidad, tal como han identificado algunos estudios, pero el discurso belicista no ataca la raíz de este problema: la masculinidad hegemónica tóxica . Aunque menos justificado está el incremento de gasto militar por parte del gobierno español en un momento en que la prioridad debe ser salvaguardar la vida, no comprar armas para destruirla.

En resumen, la «nueva» normalidad postconfinament no será tanto «nueva» para los feminismos, los cuales son bien conscientes de las amenazas. A pesar de que la presión de las entidades feministas haya empujado los diferentes gobiernos a prestar atención al diferencial de género de la crisis, la anterior crisis económica nos recuerda lo fácil que la igualdad efectiva de mujeres y hombres caiga de la agenda política, ya que se sigue viendo como una política sectorial y no transversal al conjunto de la sociedad. La aberración que las políticas de igualdad dependan de la coyuntura económica sólo es posible desde una visión fragmentada de los derechos humanos y desde la incomprensión institucionalizada de la perspectiva de género y de la interseccionalidad, desgraciadamente ausente de los presupuestos públicos y de casi todas las políticas.

A pesar de que la presión de las entidades feministas haya empujado los diferentes gobiernos a prestar atención al diferencial de género de la crisis, la anterior crisis económica nos recuerda lo fácil que la igualdad efectiva de mujeres y hombres caiga de la agenda política

Finalmente, la pregunta «han gestionado mejor la crisis las mujeres líderes?» ha sido objeto de numerosos artículos periodísticos, contraponiendo Jacinda Ardern, Angela Merkel, Mette Frederiksen, Erna Solberg o Katrín Jakobsdottir a Boris Johnson, Donald Trump o Jair Bolsonaro sin tener en cuenta que el contexto de los países importa mucho (características del estado de bienestar, densidad poblacional, cultura política, etc.). Además, dado que las mujeres lideran actualmente menos del 10% del total de países del mundo, la muestra es demasiado pequeña como para poder generalizar, y la asignación de más empatía o de estilos de comunicación diferentes a las mujeres contiene una buena dosis de sexismo benevolente porque no son características innatas a las mujeres ni exclusivas a las mujeres. Sin embargo, la chulería y la arrogancia mostrada por algunos de los líderes hombres no habrían sido toleradas en las mujeres políticas, debido al doble rasero machista que impera en la política.

La pregunta simplista que ha generado tantos titulares ha tapado en cambio otras cuestiones muy relevantes. Por un lado, la sobrerrepresentación de los hombres en los «comités de sabios», gabinetes de crisis o entre los expertos opinadores en los medios de comunicación ha pasado en buena medida desapercibida ya que es una inercia patriarcal que se agrava en momentos de excepcionalidad , incluso en un momento en que las mujeres han ocupado la primera línea de contención en los servicios médicos. Por otra parte, se ha prestado menos atención a la ausencia de perspectiva feminista en la gestión de la crisis. Tal y como reclama el Consejo Nacional de las Mujeres de Cataluña, resulta necesario crear un gabinete para supervisar que la perspectiva feminista impregne todas las respuestas políticas del postconfinament. Los feminismos hace décadas que tienen las propuestas preparadas para garantizar la sostenibilidad de la vida y del planeta. Está por ver si los gobiernos, los parlamentos y los agentes sociales estarán a la altura.

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