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La sintomatología del presente. Reseña de ‘No seas tú mismo’

¿Qué relación tienen los problemas de salud mental con la precariedad laboral? ¿La fatiga "millennial" guarda relación con el actual capitalismo tardío? Blai Burgaya reseña 'No seas tú mismo', el nuevo libro de Eudald Espluga.

20/12/2021

El nuevo libro que Eudald Espluga ha publicado con la editorial Paidós, No seas tú mismo, saltó a la fama hace unos días a causa de que la Vicepresidenta Yolanda Díaz se presentó a una sesión de control del Congreso con él bajo el brazo.

Se trata de un ensayo agudo y, sobre todo, pertinente. Un ensayo que plantea preguntas fundamentales para el tiempo que nos ha tocado vivir. Un libro que traza un inteligente retrato sobre “la sociedad del cansancio”, es decir este sistema en el cual la autoexplotación de la propia identidad nos conduce a lo que algunos han etiquetado como “burnout colectivo”. Tres elementos caracterizan el burnout: sensación de agotamiento, sentimientos negativos o cinismo hacia el trabajo, y reducción de la productividad. De hecho, a partir del 2022, la Organización Mundial de la Salud incluirá en su Clasificación Internacional de Enfermedades el burnout como un fenómeno ligado al trabajo.

En su poema dedicado a Buenos Aires, Borges decía aquello de “no nos une el amor sino el espanto”. Un verso que, sin duda, resonará en la cabeza de cualquiera que se eche No seas tú mismo entro las manos.

Espluga defiende que la fatiga tiene que ser entendida como la figura fundamental de “lo millennial” y que una suspensión total de la subjetividad es la mejor respuesta ética, política, y estética al imperativo productivista del capitalismo tardío.

Para argumentar esto, el libro huye de los análisis generacionales, partiendo de la base que aquello generacional no es una disposición mental inherente a la fecha de nacimiento, sino que es un dispositivo social que orienta las conductas y los pensamientos a través de un orden simbólico que distribuye los significados en el marco de una socialización compartida. Como bien resume Espluga, “la sociología generacional tiene menos capacidad operativa que los tests de Buzzfeed”. De este modo, el autor construye un análisis que parte de la visión acertada de que la introducción del marco generacional convierte cualquier expresión de malestar en un lamento autocompasivo. Y acertadamente afronta la fatiga social no como un rasgo constitutivo de ninguna generación sino como una condición estructural del sistema. Por lo tanto, la definición de “lo millennial“ es construida no como un subgrupo poblacional sino como una manera de relacionarse constituida a partir de la posición económica precaria.

Es a partir de este marco que podemos entender que en el contexto de creciente precariedad los discursos tardocapitalistas se conjugan de forma que las consecuencias de su hegemonía global -el agotamiento y la depresión- son codificadas como las carencias morales -debilidad e hipersensibilidad- de toda una generación.

Para explicarlo, el autor construye el maravilloso concepto de “Jaula de purpurina”. Una metáfora ilustrativa para explicar cómo la sociedad del rendimiento conduce inevitablemente al sufrimiento mental y a la fatiga depresiva, sin dejar de ser en todo momento una promesa de autorrealización. Una estructura que nos condena a buscar visibilidad, a competir por la captación de atención. O, parafraseando a Marcuse podríamos decir que, a una sociedad libre le corresponde un tiempo libre, y a una sociedad depresiva, un tiempo de ocio.

Una visión amplia de los graves problemas de salud mental que sufren nuestras sociedades nos permite ver nítidamente que vivimos en un mundo controlado por la crueldad de la ideología de la salvación individual, la crueldad de un mundo sin expectativas que durante demasiado tiempo ha mirado hacia otro lado ante las regresivas consecuencias y repercusiones en el tejido social que esto ha tenido para la sociedad.

Es este mirar hacia otro lado el que ha permitido que la precariedad laboral que se ha venido desarrollando en las últimas décadas haya afectado de manera grave a la salud física y mental de amplias capas de población a causa del ambiente de incertidumbre y temporalidad. Como bien resume Guy Standing, la devaluación de las condiciones de trabajo es la devaluación a la vez de la ciudadanía, por lo cual los trabajadores precarios se convierten en ciudadanos de segunda.

De hecho, existen evidencias de que tiene efectos psicológicamente más devastadores la ocupación temporal involuntaria que la desocupación. Y se explica porque la vivencia de la desocupación comporta la certeza de “tocar fondo”, de “peor imposible” y que cualquier cambio futurible apuntará «mejor»; mientras que el “miedo de perder el trabajo” bebe de la incertidumbre y retroalimenta la inseguridad percibida[1].

Como explicaba Ivan Montemayor en un artículo reciente[2], seguramente todo esto tiene algo que ver con el fenómeno de la “gran dimisión”, mediante el cual muchos trabajadores están abandonando sus puestos de trabajo sin motivo aparente. La ética del trabajo y la identificación biográfica con el oficio están sufriendo un desgaste evidente a causa de la propia formulación del trabajo en el capitalismo tardío. Antes en el DNI constaba el oficio, lo cual demuestra como de directa era la relación entre la identidad y el trabajo.

Esta erosión de la disciplina laboral podría ser la señal de una tendencia que no se resuelve solo con mayores salarios sino con la reapropiación del propio tiempo. Es en este sentido, que parece pertinente la reivindicación que en el libro se hace de Paul Lafargue y su “Derecho a la pereza”. Porque ya en 1880, Lafargue se interesa para destacar de qué manera el mundo de la mercancía y del trabajo operan naturalizándose como un destino ontológico sobre los hombres, desviando al operario del conocimiento de su propia infelicidad. Y por tanto, para Lafargue la lucha por el “derecho al trabajo” configura una forma de “derecho a la servidumbre” dada la moralidad innata en la lógica del capital y la ponderación del esfuerzo individual.

Recogiendo este hilo, No seas tú mismo no sólo plantea preguntas pertinentes y un análisis de todos los dispositivos simbólicos que rodean “lo millennial”, sino que nos encontramos ante un libro que también ofrece algunas recetas, aunque tímidas, para empezar a dar la vuelta a la situación desde un “compromiso práctico con la improductividad”, un compromiso colectivo y a contracorriente de esta exigencia de la productividad acelerada y anuladora.

Algunos han querido etiquetar al autor como “el nuevo Mark Fisher”, quizás no me atrevería a tanto, pero nos encontramos ante un libro que denota una gran capacidad para interpretar la sintomatología del presente y hacerlo con una escritura extremadamente lúcida y que con frases brillantes nos empuja a repensar la forma en la cual hay que construir horizontes de posibilidad porque una alternativa a este capitalismo tardío que condena a la ansiedad y la depresión a millones de personas sea posible.


[1]  Blanch, J. M., & Cantera, L. M. (2009). El malestar en el empleo temporal involuntario. Revista de Psicología del Trabajo y Organizaciones, 25(1), 59-70.

[2]  https://debatspeldema.org/deixo-la-feina-aproximacio-a-la-gran-dimissio/ 

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