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Sitges 2021, la realidad infiltra la ficción

Este octubre se ha celebrado el festival de Sitges. Guillermo Zapata y @axebra escriben un artículo a modo de repaso fragmentario para introducirnos en cómo vieron (y vivieron) el festival. Buen cine y poco spoiler.

Guionista y escritor
10/11/2021

El título de este artículo podría referirse a cualquier edición del festival de Sitges. No así a cualquier festival de cine o gala de entrega de premios. Lo decimos con orgullo militante: el cine de terror, la fantasía y la ciencia ficción tienen una capacidad para filtrar lo inmediato, hablar y problematizar el ahora que aparece con mayor dificultad en otras propuestas que, con frecuencia, llaman «ahora» a la mera expresión narcisista de las biografías de los responsables de las mismas.

Un ejemplo que explica bien a que nos referimos puede ser la evolución de la relación del cuerpo y la violencia en el festival. En apenas cinco años hemos pasado de una cantidad enorme de películas dirigidas por hombres en las que se denunciaba la violencia contra la mujeres (y por tanto el cuerpo de la mujer era fundamentalmente objeto de violencia) a un creciente protagonismo del cine dirigido por mujeres donde el «objeto mujer» se volvía sujeto con toda su potencia y diversidad.

Así que este artículo es un repaso por esos fragmentos de la realidad que se han convertido en películas de la edición de 2021 de Sitges, la primera realmente abierta al público después de las restricciones pandémicas de 2020. 

Antes de empezar con los temas y películas queremos dejar claro que el texto se basa en nuestra experiencia subjetiva durante el festival y en la selección de películas que pudimos ver, pero que es una pequeña parte de todo lo que se exhibió y también recordar que no existiría sin las conversaciones compartidas al salir de la sala durante los diez días del festival. 

Bien, vamos a ello.

1 – Identidades de Género, Cuidados y Nueva Familiaridad. De «la familia elegida» a la condena de la institución familiar, de la «mujer madre» a la destrucción de los sujetos tradicionales de la familia, del cuidado como afecto, interdependencia y materia prima de la supervivencia cotidiana al cuidado como trampa y relación perversa. Todas estas declinaciones se han podido ver en Sitges desde la sesión de apertura con Titane (Julia Ducournau) hasta la proyección de La Abuela (Paco Plaza) en los últimos compases del festival. 

No podemos olvidar que Titane se proyectó en la primera jornada del festival después de ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes, no pensamos que el cine de género deba «legitimarse» en ningún otro lugar, entendemos esta victoria como una expresión más de ese cine tradicionalmente puesto al margen que es capaz de abrirse paso a bocados, patadas y cuchilladas y ocupar su espacio en el conjunto de la producción cinematográfica. 

Titane es una película que abre el presente de par en par con una película que en la brillante definición de la crítica de cine Desirée de Fez, empieza apropiándose del cine de Scoresese, Tarantino y Cronenberg y una vez ha demostrado que puede hacer lo que hacen ellos dedica su segunda hora a recorrer un territorio propio. Ducournau construye una historia que, en su superficialidad puede parecer una pesadilla para Terfs e identidades heteronormativas, pero que tiene en su interior una reflexión sobre el afecto y el cariño como pasión fundamental para superar las trampas de la identidad. Merece la pena la dosis de angustia, violencia y tensión que se pasan durante su metraje (en la sesión en la que vimos no hubo desmayos, pero sabemos de otras en las que sí).

Lamb (Valdimar Jóhannsson), la gran ganadora de esta edición, es una película arrolladora donde la maternidad, civilización y naturaleza se entremezclan y estallan en mil pedazos. También estallan las convenciones sociales de un pueblo de la España vacía en Y Todos Arderán (David Hebrero), una fábula satánica violenta y desvergonzada. Y alrededor de todos estos conceptos de familia, identidad y representación, pero con un discurso finísimo sobre la censura, los medios de comunicación, la presión sobre el cuerpo femenino, pero también la potencia de reapropiación, la rabia y la posibilidad de restitución simbólica en un contexto asfixiante encontramos la magnífica Censor (Prano Bailey-Bond).

2 La mirada youtuber como mirada turista y el turismo como problema. No es extraño que el terror (fundamental, aunque no exclusivamente) incorpore con naturalidad en su discurso los distintos dispositivos tecnonarrativos, desde las videocámaras o el teléfono móvil hasta llegar al streaming vital. Lo interesante de esta edición es que, entre las distintas apuestas y declinaciones de eso que podríamos llamar «lo terrorífico» encontramos un vínculo directo entre la mirada turista y la mirada youtuber. Desde ahí nace la propuesta de Deep House (Julien Maury y Alexandre Bustillo), en la que una pareja de idiotas redomados va por ahí haciendo videos de casas abandonadas y pasa lo que pasa. Otro ejemplo interesante lo tenemos en Superhost (Brandon Christensen), donde (de nuevo) dos imbéciles de marca mayor se enfrentan a una anfitriona entusiasta hasta la psicosis y pasa lo que pasa. Por último, Veneciafrenia, la interesante última película de Álex de la Iglesia enfrenta a un grupo de turistas españoles a una Venecia que moviliza todos sus recursos contra un turismo depredador… Y pasa lo que pasa. En todas estas propuestas la mirada del youtuber, como representante de esa democratización mediática que facilita la ampliación de los puntos de vista nos devuelve, precisamente, la visión del mundo más domesticada, mientras que la libertad y la rabia cae del otro lado, del exceso psicópata o satánico y, sobre todo, de la psique reprimida de las ciudades (o las casas sumergidas en lagos) luchando por salir.

3 – Redes sociales y metaverso. Cuando fuimos al festival no sabíamos que el concepto de «metaverso» iba a convertirse en uno de los elementos centrales de las conversaciones sobre internet, la tecnología y a encarnar una cierta idea de futuro. Eso que hoy llamamos metaverso es casi un cliché en el cine por la necesidad de traducir a imágenes el territorio de cyberespacio, aunque el concepto nazca en la literatura cyberpunk, primero de la mano de William Gibson y después de Neal Stephenson. Encontramos ideas o imágenes en ese cruce entre cuerpo y espacio virtual en películas como Tron (Steven Lisberger), de 1983, o diez años más tarde en El cortador de césped (Brett Leonard) hasta llegar a Matrix, etc. En Sitges hemos visto dos películas que juegan en el mismo terreno. Una es Demonic (Neill Blomkamp), donde un sotfware recrea un espacio compartido en el interior de la mente de una mujer a la que «visita» su hija y luego todo se tuerce porque una película que se llama Demonic no invita al optimismo. La segunda, mucho más optimista en fondo y forma, es Belle (Mamoru Hosoda). Belle se presenta como una adaptación de La Bella y la Bestia para hablarnos de la relación entre anonimato y presencia digital en un momento de hiperconexión. El espacio digital en Belle no es problemático, sino más bien la herramienta de una generación para exorcizar traumas, sanarse o pedir auxilio, el peligro real y el dolor real está siempre fuera. Pero nunca pierde de vista la condición de herramienta del espacio digital, ya que todos los conflictos que expresa la película se resuelven en el exterior del mismo, en el mundo analógico. 

4 – Pandemia, Ecología, Cambio climático. Lo primero que nos ha llamado la atención es la unión entre pandemia y cambio climático. Todas las películas que hemos visto en las que la cuestión climática o ecológica aparecía como elemento central en los temas de la película siempre había también algún elemento pandémico en la propuesta. En el caso de In the Earth (Ben Wheatley) la relación «naturaleza/pandemia» abre a una pesadilla psicodélica en la que fe, ciencia y tecnología se cruzan para abordar la siempre complicada pregunta de si la naturaleza tiene algo que decirnos y también responder un poco a la pregunta… ¿Quién manda aquí? (Respuesta corta: la humanidad no) que parece darle la vuelta con éxito a cierto esencialismo por el cual «La tierra está en peligro» y recuerda algo así como «La tierra seguirá aquí cuando tú te hayas ido y te vas a ir bastante pronto». Además hay plantas alucinógenas y violencia salvaje. 

Por su parte, la alemana Tides (Tim Fehlbaum) envuelve de cine comercial de aventuras distópicas algunas preguntas interesantes. En Tides las élites del planeta se han establecido fuera de la atmosfera terrestre para sobrevivir al colapso climático, pero después de un par de generaciones tienen problemas severos de fertilidad y mandan misiones a la tierra para saber si ya es habitable (de nuevo, pandemia y cambio climático). La tierra es, en ese momento, un lugar yermo donde enormes mareas anegan el territorio cada cierto tiempo. La película es como una versión muy interesante de Waterworld que aprovecha mucho más un presupuesto mucho menor (por si hay dudas, aquí somos también fans de Waterworld, pero bueno, no es exactamente un festival de propuestas interseccionales sobre la decolonialidad y el ecofeminismo). En Tides la gran pregunta es… ¿Tienen derecho esas élites que abandonaron la tierra a considerarse terrícolas? ¿De quién es la tierra ahora?

5 – Trumpismo (o los fascismos del presente). Empezamos por Halloween Kills (David Gordon Green). Segunda parte de la trilogía que pretende actualizar el mito seminal del terror creado por John Carpenter. Si en la primera parte de la trilogía y como ha señalado su protagonista Jamie Lee Curtis, el mal se desata porque la sociedad se niega a creer la palabra de una mujer sobre una amenaza para toda la comunidad con ecos del #Metoo, aquí tenemos secuencias que parecen sacadas directamente del asalto al Capitolio de los EEUU y una elección interesante de las víctimas de Jason en términos de diversidad racial y orientación sexual. La película se mueve (a veces de manera excesivamente explícita) en la relación entre odio y miedo y como alimenta distintas bestias del presente.

Last Night in Soho, la última película de Edgar Wright pone el acento en otra de las aristas de eso que hemos englobado como Trumpismo -como podríamos hablar de extremas derechas, etc.-: la nostalgia. Explica muy bien Wright en una película brillante cómo la nostalgia no es más que la destilación perfecta de esa vieja máxima marxista en la que la mercancía se presenta despojada del infierno que la ha producido. En este caso el pasado, presentado como unas canciones, una ropa, unos rituales sociales apetecibles y como una versión más brillante de un presente hostil e incierto, escondiendo las trazas de violencia estructural del mismo. Avanzar más sería entrar en el terreno del spoiler, pero valga decir que Wright opone a la idea de nostalgia una recuperación de una cierta «Herstory» que sirva para hacer memoria, que sería la forma de incorporar el infierno de la producción al cielo del producto.

Por su parte, Dashcam (Rob Savage) consigue algo realmente notable al despojar al Trumpismo de todo aire de amenaza sobre el presente y subvertirlo como comedia y sátira. La protagonista de Dashcam, un streamer (sí, otra vez el streaming como terreno de pesadillas) negacionista, conspiranoica y miserable (no toma ni una buena decisión en toda la película) se enfrenta al mundo en el que cree vivir. Savage y su aliada, la cantante punk Annie Hardy (que más que hacer de sí misma, hace del personaje que encarna para provocar al personal) consiguen lo que el mejor humor es capaz de hacer: despojar a las amenazas reales de todo halo de trascendencias y bajarlas a tierra, donde es mucho más fácil derrotarlas. 

Y queríamos acabar con Freaks Out (Gabriele Mainetti) una fábula antifascista llena de ideas brillantes. Un grupo de «freaks» (en realidad criaturas maravillosas con poderes) que trabajan en un circo durante la ocupación nazi-fascista de Italia, recorren la ciudad en busca del maestro de ceremonias y padre simbólico de todos ellos: un anciano judío que ha sido capturado por los nazis. En medio de una historia de puro entretenimiento, encontramos en un grupo de partisanos tullidos llenos de épica y, sobre todo, en el personaje antagonista de la película (del que decir cualquier cosa sería arruinarla) una reflexión fabulosa sobre la pervivencia del fascismo (y de la resistencia contra él) en nuestro presente.

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