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¡Son los servicios ecosistémicos, «idiota*»!

Si algo tenemos que aprender de la crisis de la COVID-19 es que necesitamos urgentemente ampliar nuestra visión, y nuestras referencias, para conectar las preguntas y los modelos, indicadores y narrativas que utilizamos para responderlas con una nueva bioeconomía circular que ya empieza a abrirse camino a pesar de la hostilidad de todos los campos mono-disciplinarios tradicionales.

07/06/2020

[*Los antiguos griegos tildaban de idiotas a los que permanecen tan cerrados en aquello privado y particular que únicamente se pueden preocupar de sí mismos, convirtiéndose en incapaces de entender políticamente y atender debidamente los asuntos públicos de toda la comunidad]

  1. Sobre la diagnosis de la crisis de la COVID-19

Durante estos meses de confinamiento por la COVID-19 el biólogo evolutivo estadounidense Rob Wallace se ha hecho viral -valga la ironía- por haber publicado el libro Big Farms Make Big Flu. Dispatch donde Infectious Disease, Agribusiness, and the Nature of Science (Nueva York, Monthly Review Press, 2016, con prólogo de Mike Davis). No es la única, pero si una de las voces más claras e interesantes que se habían alzado advirtiendo de la peligrosa conexión entre agroindustria, expansión de la frontera agro-ganadera mundial a costa de ecosistemas altamente biodiversos, poblaciones indígenas y comunidades campesinas tradicionales, y el surgimiento de nuevas pandemias que ponen en serio riesgo la salud de toda la población del planeta a través de las conexiones entretejidas por este capitalismo desbocado de la Segunda Globalización neoliberal. Gobiernos e instituciones internacionales no pueden alegar que se trata de un fenómeno nuevo e imprevisible, otro cisne negro que añadir a la lista de excusas: estaban avisados. La ciencia no venal, comprometida con la sostenibilidad y la vida de nuestro planeta, les había avisado.

Estas semanas han corrido por las redes muchos otros testigos que lo corroboran. Sólo para añadir un poco del sospechoso, honesto y declarado izquierdismo ecosocialista que profesa Rob Wallace, vale la pena citar las palabras del virólogo alemán Christian Drost en otra entrevista para The Guardian (traducida al castellano por diario.es). El entrevistador le pregunta: «Podemos afirmar con certeza que la pandemia se originó en China?», A lo que Drost responde: «Creo que si. Por otra parte, no asumo que comenzara en el mercado de alimentos de Wuhan. Es más probable que comenzara donde se criara otro animal, el anfitrión intermedio «. El entrevistador pregunta: «¿Qué sabemos sobre este anfitrión intermedio, el «pobre pangolín», como se le empieza a conocer?». Respuesta: «Nada me hace creer que el virus pasara a través del pangolín en su camino hacia el ser humano. Hay información interesante al respecto en la literatura sobre el SARS. El virus apareció en civetas, pero también en mapaches, lo que la prensa pasó por alto. Los mapaches están en la base de una gran industria en China. Los crían en granjas y los cazan en la naturaleza. Por su piel. Si alguien me diera unos cientos de miles de dólares y acceso libre a China para encontrar el origen de virus, iría a mirar a los viveros de mapaches «. […] Pregunta: «Es responsable la actividad humana del paso de virus de los animales al ser humano?». Respuesta: «Los coronavirus tratan de cambiar de organismo de acogida cuando se presenta la oportunidad. A través de nuestro uso de los animales, contrario a los principios de la naturaleza, nosotros hemos creado esta oportunidad. Los animales de granja están en contacto con animales salvajes. La manera en que se les almacena en grandes grupos amplifica el contagio del virus entre ellos. El ser humano entra en intenso contacto con estos animales, por ejemplo, a través del consumo de carne. Esto representa una posible trayectoria de brotes de coronavirus. En Oriente Medio, los camellos cuentan como animales de granja y son los animales que alojan el MERS y el coronavirus 229E que es una de las causas del resfriado común. Nuestro ganado es el huésped original del coronavirus OC43, por ejemplo «. Christian Drost es director de Virología del Hospital Charité en Berlín, y principal asesor sobre el coronavirus del gobierno alemán de Angela Merkel.

Muchos otros especialistas nos han explicado estos días, como ya lo había hecho Rob Wallace, que el verdadero cortafuegos que nos preserva de la propagación de nuevas pandemias es la biodiversidad de los ecosistemas. Cuando un virus potencialmente peligroso para la salud humana se aloja en varias especies que, cuando se encuentran en buen estado ecológico -y no en situaciones de estrés extremo como en los mercados de fauna salvaje o la cría industrial de ganado, disponen de las sus propias defensas inmunológicas diferenciadas, se produce un efecto de dilución de la capacidad mortífera de los virus y de contención de su expansión a otros huéspedes. La destrucción de estos equilibrios poblacionales ecosistémicos por la expansión territorial de la producción agro-ganadera industrial es la que pone en contacto aquellas cargas virales, antes confinadas a espacios biodiversos, con nuevos huéspedes animales que, conectados a las redes de comercio mundial y de movilidad internacional de personas, crean las condiciones para que se puedan generar y expandir nuevas pandemias letales para las poblaciones humanas.

Para entender a fondo lo que todo esto significa, hay que ir más allá del pensamiento reduccionista y mecanicista de unas disciplinas científicas heredadas de tiempos pasados ​​que están quedando rápidamente obsoletas ante los nuevos retos sociales y ambientales de siglo XXI, que exigen pensar, contabilizar y modelizar de forma interdisciplinaria todos aquellos nexos que unen la salud y el bienestar humanos con la salud de los ecosistemas de la Tierra. Y hay que hacerlo de forma mucho más compleja, dinámica y holística que hasta ahora. Se trata de la nueva Ciencia de la Sostenibilidad de la vida, de todas las formas de vida, que ya existe y está avanzando a contracorriente. Pero se enfrenta a enormes resistencias pasivas y activas provenientes del cierre unidisciplinar en todos los campos de la academia, sean éstos de ciencias o de letras, de ciencias sociales o naturales, donde sigue habiendo demasiadas investigadores todavía incapaces de trabajar en equipo más allá de sus límites mentales y departamentales, sus referencias y modelos de siempre, y sus categorías o narrativas tradicionales.

Uno de los muchos nuevos conceptos surgidos de esta ciencia interdisciplinaria de la sostenibilidad es la noción de Servicios Ecosistémicos, puesta en circulación en 2005 por el primer informe de Evaaluación de los Ecosistemas del Milenio. Lo que en economía se denomina producción agraria y el pensamiento economicista reductivo suele expresarse sólo en términos de su contribución al PIB, prescindiendo de sus propiedades nutricionales o los flujos de materia y energía que mueve al territorio para la nueva visión que conecta nuestra alimentación y salud con la de los ecosistemas de la Tierra, es tan sólo uno de los servicios ecosistémicos a tener en cuenta: el de abastecimiento. Pero los territorios y paisajes de donde provienen estos alimentos y materias primas también proporcionan, simultáneamente, otros servicios ecosistémicos de regulación, sostenimiento y culturales. Entre los de regulación se dan, justamente, los de la prevención de enfermedades y epidemias a través del control mutuo de poblaciones que proporciona la biodiversidad. De este nuevo enfoque se desprende que la vida humana necesita todos los servicios ecosistémicos, que son complementarios y nunca pueden ser sustitutivos unos por los otros. Para cualquiera que sepa algo de cómo se entiende actualmente nuestra economía, donde sólo cuentan los flujos de dinero, resulta obvio el cambio de paradigma que esta idea tan básica implica.

Si algo tenemos que aprender de la crisis de la COVID-19 es que necesitamos urgentemente ampliar nuestra visión, y nuestras referencias, para conectar las preguntas y los modelos, indicadores y narrativas que utilizamos para responderlas con una nueva bioeconomía circular que ya empieza a abrirse camino a pesar de la hostilidad de todos los campos mono-disciplinarios tradicionales. Es la nueva visión que están abriendo la agroecología, la economía ecológica, la ecología del paisaje, la ecología política, la ecología humana, la antropología y geografía ecológica, la historia ambiental y tantas otras nuevas disciplinas híbridas abiertas a la fecundación cruzada interdisciplinaria dentro de la nueva ciencia emergente de la sostenibilidad.

Cuando justo ahora comenzamos a salir del confinamiento de la pandemia, se ha publicado un manifiesto mundial promovido por la  Organización Mundial de la Salud y firmado por más de 40 millones de médicos, enfermeras y profesionales de 90 países reclamando una recuperación saludable de la pandemia basada en la regeneración ecológica imprescindible para hacer frente a la emergencia climática. Mensajes como éstos buscan romper, desde la experiencia del cuidado de la vida, el grave autismo con el que sigue funcionando la toma de decisiones económicas y la economía neoliberal que las fundamenta. En la campaña electoral a la presidencia de EEUU de 1993, un asesor de Bill Clinton acuñó una frase célebre para ayudarle a ganar las elecciones presidenciales contra George Bush padre: «It ‘s the economy, stupid!». Después de que haya sido tan repetida por economistas, creyentes y propagadores de esta economía insostenible que nos lleva al precipicio de una crisis ecológica global, quizás ya es hora de que respondamos como se merece a esta visión económica que se ha convertido literalmente en «idiota» en el sentido etimológico de la palabra: «¡son los servicios ecosistémicos, idiota!».

  1. Un primer esbozo de propuesta

El paro que hemos experimentado con el confinamiento por Covid19 nos ha hecho ver muchas cosas de golpe. Encerrados en casa, hemos experimentado lo importante que es tener una vivienda donde nos llegue la electricidad que nos conecta con el resto del mundo, el gas que nos permite calentarnos y cocinar, el agua que sale del grifo cuando la abrimos para lavarnos las manos, los dientes, el cuerpo, la ropa, los utensilios de cocina y todo el espacio que habitamos. Hemos aprendido lo importante que es mantener la higiene de nuestro hogar para la salud pública y personal, de nuestra familia y de todos. Hemos pasado angustia por si no podríamos pagar el alquiler, los recibos del agua, el gas, la electricidad, la conexión telefónica y de internet. Incluso teniendo aún ahorros con que comprarlos, hemos sufrido la pesadilla de si después de hacer cola para entrar en las tiendas las encontraríamos vacías de alimentos, de productos de higiene y limpieza, de medicamentos. Por si acaso, hemos comprado más botes de legumbres, más paquetes de pasta y arroz, más congelados de los habituales. El plato en la mesa no puede faltar, y mucha gente hemos oído por primera vez en mucho tiempo que tal vez podía no llegar.

Pero el aprendizaje más importante es el denominador común de todo. De repente, hemos entendido que todo aquello a lo que estábamos tan acostumbrados puede colgar de un hilo si se rompen por algún lugar las cadenas de suministro global de las que depende nuestra vida cotidiana. Hemos visto cómo cada uno de nosotros por separado, encerradas en casa y aisladas las unas de las otras, no tenemos ningún control sobre estos servicios de abastecimiento vitales. Y hemos sabido que el control que ejercen en beneficio propio unas cuantas grandes empresas multinacionales podría fallar estrepitosamente ante una situación de emergencia. El poder que concentran, y nuestra vulnerabilidad como comunidades que dependemos, ponen en riesgo la seguridad alimentaria, hídrica, energética y sanitaria de nuestras ciudades, villas y pueblos. Aquí, y en todo el mundo.

Por costoso y duro que resulte remontar las consecuencias económicas y sociales, el confinamiento del Covid19 ha sido sólo un primer ensayo general de otras situaciones de emergencia que se pueden producir en un mundo inmerso en una crisis ecológica global cada vez más peligrosa. Si no aprendemos la lección, y no hacemos nada para cambiar a fondo nuestra relación con la naturaleza y entre toda la gente que vivimos, la probabilidad de que se produzcan nuevas emergencias se incrementará exponencialmente. Por eso es tan importante salir de la recesión económica provocada por la pandemia cambiando profundamente el modelo económico y social que amenaza nuestro futuro común. Si no detenemos el cambio climático, y no adaptamos nuestra forma de producir y consumir, de vivir y convivir, haciendo las paces con la naturaleza y entre nosotros, la vieja economía de casino que ya provocó la última crisis financiera seguirá poniendo en riesgo la seguridad alimentaria, energética, hídrica y sanitaria mundial.

Si no queremos que las cadenas de suministro de servicios básicos vuelvan a colgar de un hilo, o se rompan repentinamente, debemos recuperar el control ciudadano y democrático. La seguridad de todos depende de que consigamos hacer efectiva la soberanía energética y agroalimentaria, el control público del suministro de agua, la dotación adecuada de los servicios públicos de salud, educación y transporte colectivo. Otra economía social y solidaria no es sólo posible. Se ha convertido en imprescindible. Esto lo hemos aprendido de la pandemia del Covid19. Es necesaria una economía que ponga la vida en el centro, comenzando la transición ecológica por la soberanía energética y agroalimentaria.

Cambiar el modelo de producción y consumo, de alimentación y abastecimiento de servicios básicos de agua y energía, de vivienda y movilidad, de salud y enseñanza, de investigación y desarrollo tecnológico, será sin duda un trabajo largo. Vivir en un mundo más justo y sostenible es la gran tarea de nuestra época, para todo el siglo XXI. La generación que debe empezar ahora probablemente no la verá terminar. Pero a la vez es urgente iniciarla, y muy rápidamente, porque según el IPCC nos queda muy poco tiempo para reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero antes de que no superemos unos umbrales de extrema peligrosidad para la civilización humana. Estas mismas emisiones que hemos visto descender a un ritmo nunca visto durante el Covid-19. Ahora toca hacerlo no desde el Paro repentino por el confinamiento, sino con un economía y una sociedad en marcha. Por eso es tan importante acotar las prioridades, empezar a hacer camino en lo que es más urgente para evitar que el calentamiento global llegue a unos niveles -digámoslo claro ahora que le hemos visto las orejas al lobo- que nos lleven a una situación de colapso. Tenemos por delante una transición ecológica global, con múltiples dimensiones. Y debemos empezar por la transición energética y agroalimentaria.

Cambiar rápidamente el modelo energético, cerrando las centrales térmicas y nucleares desplegando las energías renovables, es a la vez una necesidad y una gran oportunidad para remontar la economía tras el parón por el Covid-19. Lo está diciendo todo el mundo con dos dedos de frente. La propia Unión Europea, que ha sido hasta ahora tan incapaz de responder a tiempo y con contundencia al Covid-19, está planteando un Pacto Verde para desplegar la transición energética. Las inversiones requeridas son grandes, y también las oportunidades para generar empleos e ingresos arraigados en cada territorio. Sustituir combustibles fósiles y nucleares por fondos renovables abre opciones para afianzar la soberanía energética y el control democrático.

Pero todo esto también depende mucho de quién y cómo lleve a cabo la transición energética. Si las inversiones las controlan sólo los mismos oligopolios de la era fósil y nuclear, que han sido siempre y son todavía los primeros grandes responsables del cambio climático, no estaremos solo desperdiciado una gran oportunidad de avance hacia una economía social y solidaria. Los estudios más serios nos dicen que para evitar un aumento de la temperatura media de la Tierra que supere el umbral de seguridad de un grado y medio, no será suficiente con sólo cambiar las tecnologías energéticas de fósiles y nucleares en renovables. Este cambio es imprescindible, pero no suficiente. Para cumplir con las recomendaciones del IPCC es necesario, además, un cambio estructural de toda la economía que reequilibre sus tres sectores (primario, industrial y de servicios) y ponga en marcha una fuerte redistribución igualitaria de los ingresos que modifiquen profundamente las pautas de consumo, producción, vivienda y movilidad. Si de verdad queremos detener el cambio climático, y adaptarse a ello, es necesario que la soberanía energética y el cambio de modelo socioeconómico conformen la transición energética desde un buen comienzo.

El cambio no puede ser sólo tecnológico. Debe ser social, afectando profundamente a toda la forma de vida. Un ejemplo muy claro es el transporte, la pieza del sistema energético donde el cambio es más difícil y deberá ser más profundo. Cada uno de nosotros, y los bienes y servicios que necesitamos para vivir, tendrán que viajar mucho menos y de otras maneras. El transporte motorizado individual, y el transporte aéreo en primer lugar, deben reducirse drásticamente y deben ser sustituidos por un nuevo modelo de movilidad sostenible basado en el transporte colectivo principalmente ferroviario. Sólo así podremos reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en la cantidad y el ritmo necesario para detener el cambio climático. El relanzamiento del ferrocarril y del tranvía añadiría buenas oportunidades de inversión, empleo e ingresos por el Pacto Verde de transición energética. Pero también exige de un mayor papel de la inversión y la gestión públicas de la movilidad de personas, bienes y servicios. De nuevo, la clave es el cambio de modelo.

Un nuevo mundo donde los transportes internacionales de la era fósil deberán reducirse considerablemente debe replantear su modelo agroalimentario. Hay también muchos otros motivos para cambiarlo de raíz. Sin dar ahora empleo a tan poca gente, y con unos ingresos tan precarios e injustos que están vaciando de gente el territorio en mucho lugares, la agricultura, la ganadería y los usos del bosque son la actividad humana que ocupa una proporción más grande de la superficie emergida de todos los continentes: un 40%, aproximadamente. Con su expansión a costa de bosques y de otros espacios naturales, el actual modelo agro-industrial, ganadero y pesquero degrada la biodiversidad terrestre, y la de los mares u océanos, poniendo en peligro todos los servicios ecosistémicos de los que depende nuestra salud y la vida de todas las demás especies. Y lo hace por partida doble. Por exceso, los suelos más fértiles y llanos donde se practican formas de cultivo industrial depredadoras, y donde abundan las granjas de engorde donde se maltratan masivamente animales que se convierten en fuente de muchas nuevas pandemias, o los caladeros donde la sobrepesca degrada la vida del mar. Pero la degradación ambiental del territorio también se produce por el cierre de explotaciones agrarias y ganaderas extensivas, y el consiguiente abandono de los terrenos costeros y alejados de los centros de consumo donde una reforestación descontrolada provoca pérdidas de biodiversidad e incendios forestales cada vez más devastadores. Esta segunda cara del problema, el abandono rural, cuesta aún más de ver para  poder hacerle frente como es debido.

Debiéramos añadir a los aprendizajes del Covid-19 que la salud de nuestras familias, nuestros barrios, y nuestras ciudades y pueblos, depende estrechamente del estado ecológico de los territorios que nos alimentan, y de la gente que los trabaja. Si el actual modelo agroalimentario amenaza su biodiversidad, y genera casi un tercio de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, la agroecología tiene en cambio una gran capacidad de restaurar la riqueza de especies y absorber carbono, mejorando el estado ecológico del paisaje y la provisión de servicios ecosistémicos de todo tipo: el abastecimiento de alimentos, materias primas y medicamentos; pero también la regulación de plagas, enfermedades y pandemias; el agua dulce de calidad, la vida del suelo, la polinización de plantas cultivadas y silvestres; los paisajes profundos con una gran variedad de hábitats y especies donde podemos disfrutar también culturalmente de la naturaleza.

La soberanía energética debe ir de la mano de la soberanía alimentaria. Ya no se trata sólo de producir y consumir algunos alimentos ecológicos certificados aquí y allá. Debemos construir nuevos territorios agroecológicos donde se puedan empezar a cerrar ciclos vitales, como el regreso al suelo de los nutrientes extraídos por el cultivo, o la recirculación de agua limpia. Esto significa establecer nuevos vínculos entre campo y ciudad a través de dietas más locales y saludables que mantengan unidas la salud de la gente con la del territorio cercano. Desde un punto de vista socioeconómico, esto quiere decir también restablecer nuevos vínculos entre campesinos y consumidores, con unas cadenas de valor que dignifiquen la vida del campo garantizando la seguridad alimentaria para todos.

Ambas, la transición agroecológica y energética, tienen un factor común: acabar con la cultura del despilfarro, del usar y tirar que ha generado ya un colapso de residuos que el mar nos acaba devolviendo ante los ojos. Sólo acercando la producción y el consumo en territorios vecinos y soberanos, donde podamos reconocer y controlar los efectos de nuestros actos, aprenderemos también a reducir los residuos, a separarlos y devolverlos donde puedan recobrar su valor como fuente de alimento de los sistemas naturales. Esto significa una nueva bio-economía circular: que volvamos a rehacer los vínculos entre nosotros y con la naturaleza poniendo la vida en el centro. Empecemos a hacerlo con la energía y los alimentos. Tenemos mucho trabajo por delante, y el tiempo apremia.

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