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¿Un nuevo laborismo?

¿Cuáles pueden ser la líneas estratégicas de un nuevo laborismo? ¿Qué significa un proyecto laborista hoy en día? Ivan Montemayor y Blai Burgaya escriben sobre trabajo y política,

Doctorando en Ciencia Política y Derecho
24/01/2022

Este artículo está escrito desde la certeza de que no hay nada más transversal que el hablar de trabajo. Amplias capas de la gente que nos rodea padecen el trabajo, o bien la ausencia de él. Trabajan enfermeras, profesoras, reponedoras, repartidores, conductores de autobús y de metro. Pero trabajan también oficinistas y cuadros medios de las grandes empresas y de la administración pública. Cobrando más o menos, trabajando más o menos horas, sufriendo con menor o mayor intensidad, el trabajo forma parte de nuestra absoluta cotidianeidad. Trabaja también el influencer que intenta vivir del contenido que genera en las redes sociales. Al mismo tiempo, millones de personas se encuentran desempleadas.

La aceleración de las tecnologías digitales en un mundo donde la informática se ha normalizado tiene un impacto muy significativo sobre la realidad laboral. Netflix sustituye a las cadenas de televisión. Las plataformas de servicios transforman la manera en que la gente viaja, alquilando pisos en Airbnb en vez de ir a hoteles. Pidiendo coches particulares en Uber o Cabify en vez de taxis. Las ciudades se llenan de riders que transportan comida de restaurantes a las casas de los clientes montados en sus bicis o en sus patinetes eléctricos.

La idea de que las plataformas transforman la realidad parte normalmente de una visión optimista respecto a la tecnología y el progreso. Sin embargo, estas plataformas que forman parte de lo que se denomina mediáticamente “economía colaborativa” o incluso “nueva economía” vuelven a prácticas laborales nada novedosas.

Realmente parece que el trabajo ha obtenido una centralidad en el debate público últimamente de la que no ha gozado en el último ciclo político. Las protestas de los indignados en el año 2011 no pusieron suficiente foco en la cuestión del trabajo. Su tesis principal era la necesidad de una revolución democrática que superara el bipartidismo y la corrupción endémica que sufría un país que veía el desmoronamiento de un relato de crecimiento infinito y acceso a la propiedad. La burbuja inmobiliaria se pinchó y los jóvenes científicos migraron a Alemania. ¿Quiénes eran los culpables? Políticos y banqueros. El destape de los tremendos desmanes de una cleptocracia obscena hizo que lo central fuera la necesidad de una mayor transparencia.

El espíritu de las plazas tenía que ver con una especie de ajuste de cuentas con los ya caducos mitos del consenso de la transición a una monarquía parlamentaria que ya dejaba ver sus evidentes límites. Pero la gran desventaja era que se hacía mención constantemente a la forma de las instituciones y la manera de poder articular una democracia real, y no cual debía ser exactamente el contenido social de una nueva institucionalidad. La cuestión del trabajo se hizo a partir de la denuncia de la precariedad laboral, especialmente la juvenil, y en las plazas se empezó a debatir sobre la necesidad de una Renta Básica Universal.

Estas plataformas que forman parte de lo que se denomina mediáticamente “economía colaborativa” o incluso “nueva economía” vuelven a prácticas laborales nada novedosas

Al mismo tiempo, el movimiento obrero más tradicional, ligado a la acción de los sindicatos tanto mayoritarios como alternativos no fue en ningún caso capaz de articular un rechazo frontal a las reformas precarizadoras, las privatizaciones y las políticas de austeridad. Las huelgas se sucedieron, pero las medidas continuaban. Impotentes, los sindicatos no podían impedir la reforma conservadora del Partido Popular, auspiciados en aquel momento por una Unión Europa que nos exigía aumentar la competitividad. No, era otra lucha la central en aquel momento: el movimiento por la vivienda se organizó para intentar frenar una sangría de desahucios que amenazaba a las gentes más humildes de nuestro pueblo.

Por tanto, la cuestión del trabajo no fue suficientemente discutida ni se planteó una solución a la altura de las transformaciones sociales que se estaban produciendo. La compleja realidad de nuestra época combina dispares maneras de experimentar la vida laboral

Ahora nos encontramos en un momento muy diferente a la crisis del 2008, que tan dolorosa fue para las clases populares. Sin duda alguna, la crisis económica aceleró un cuestionamiento general del Régimen del 78. Era muy complicado mantener la legitimidad social de un gobierno y de una Unión Europea que ejecutó unas medidas de austeridad absolutamente impopulares y dañinas para amplias capas sociales. 

¿Vivíamos en un momento populista? Más allá de discutir exactamente las consecuencias políticas de ese terremoto social y cultural que sucedió a partir de la anterior crisis coyuntural, fue una coyuntura muy diferente al actual mundo pandémico. El ciclo anterior está completamente agotado.

La pandemia nos ha enseñado a todos dos duras lecciones: la primera, que el mercado de trabajo es cruel e inestable, basta con ver la enorme dependencia del turismo en muchos territorios. La segunda se concreta en la certeza de que en momentos excepcionales solamente las instituciones estatales pueden asegurar un mínimo bienestar social. La existencia de mecanismos como los ERTES consiguió, a pesar de todas las dificultades, amortiguar el efecto del desempleo en millones de trabajadores. El estado socializó los salarios.

La falta de una situación regular empuja a los migrantes (especialmente a las mujeres) hacia un mercado laboral informal y sin regulaciones que los protejan de la explotación

Pero sería injusto pensar que este recurso estuvo presente para los trabajadores más precarios. Por desgracia, durante los meses más solitarios del confinamiento, las calles de nuestras ciudades eran recorridas por repartidores de las plataformas digitales. Camioneros insomnes continuaron atravesando valles y montañas para transportar productos de un lugar a otro, muchas veces en maratonianas jornadas y sin tener un lugar donde descansar. Y por supuesto, millones de mujeres siguieron limpiando en sus casas y en casas ajenas, edificios e incluso los micrófonos desde donde hablaban los diputados del Congreso. Muchos y muchas descubrieron que eran esenciales. 

Por todo esto necesitamos urgentemente plantear un giro en las prioridades de las fuerzas políticas que defienden el bienestar social. El trabajo nos interpela a todos y todas, y sin duda es el espacio des donde poder articular todas las luchas, partiendo que el trabajo de nuestro tiempo tiene particularidades complejas. Necesitamos un nuevo laborismo capaz de representar al trabajador que estaba en ERTE, pero también al rider que siguió trabajando durante la pandemia.

¿Pero qué se entiende por nuevo laborismo? Aunque el nombre pueda dar lugar a equívocos, a nuestro entender, no se trata literalmente de copiar al Partido Laborista del Reino Unido. Los británicos organizaron el movimiento obrero más antiguo del mundo, y su organización política fue capaz de introducir a los trabajadores industriales en una democracia liberal, con todas las limitaciones que eso supone. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores británicos consiguieron sentar las bases de su Estado del Bienestar y mejorar sus condiciones de vida. Escuelas, médicos y nacionalización de los sectores estratégicos de la economía. Siendo justos, difícilmente podía Clement Attlee desplegar su programa social sin el temor que provocaba el fantasma de la URSS. Mejor un pacto social que dejar que crezca la influencia del otro lado del telón de acero.

Tampoco el nuevo laborismo que se propone tiene nada que ver con el New Labour de Tony Blair. El mayor éxito de Thatcher y la terrible década de 1980 fue degenerar la socialdemocracia europea en partidos social-liberales, que asimilan la ideología neoliberal de sus adversarios. Aceptan que el sector privado es más eficiente que el público y que los mercados no necesitan de intervención del estado. Por desgracia, el PSOE fue uno de los partidos fundantes de la corriente social-liberal, siendo el partido que más privatizaciones ha gestionado hasta la fecha.

No se trata de nada de eso. Se trata de  organizar democráticamente las demandas de los trabajadores y construir un nuevo modelo de Estado del Bienestar, es decir, radicalmente socialdemócrata en la más clásica del término. Ser el partido de todas las personas que trabajan, pero también de las que no trabajan.

Difícilmente volveremos a horizontes de pleno empleo como en el contexto en que vivió Attlee. No puede ser en ningún caso una excusa para no tratar otras de las problemáticas de nuestra era: el cambio climático, la igualdad entre hombre y mujeres, los derechos de las disidentes sexuales, el fin del racismo o el derecho a la autodeterminación de las naciones sin estado. No se puede confundir la reivindicación de mejores condiciones materiales con el método para sobreponerse a ninguna diversa trampa.

No tratamos de defender aquí la nostalgia de una época que ya fue. ¿Para qué exigir el retorno del fordismo y la disciplina fabril? Una cosa es pedir el retorno de los derechos laborales y otra pedir el regreso del humo de las industrias. Las propuestas de un nuevo laborismo deberían ser transformadoras, futuristas y no nostálgicas. Y difícilmente tendrán las clases trabajadoras un futuro feliz sin una transición energética ni protección frente al cambio climático.

No podemos olvidar que las personas migradas tienen peores condiciones de trabajo que los trabajadores autóctonos, y que la falta de una situación regular empuja a los migrantes (especialmente a las mujeres) hacia un mercado laboral informal y sin regulaciones que los protejan de la explotación.

Por otro lado, consideramos que una propuesta laborista para el siglo XXI estaría equivocada si no tuviera consciencia de dónde viene. Es imposible desligarse de las tradiciones republicanas que ya cristalizaron anteriormente en nuestro país y las raíces de la cuales están tremendamente imbricadas en nuestro país con la tradición progresista. Es difícil en nuestro contexto ser un defensor de los derechos de los trabajadores sin ser al mismo tiempo republicano. Entendiendo por republicanismo no solamente la capacidad de elegir al jefe del estado (que también) sino a los valores derivados de de los clásicos principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Sería ingenuo negar que los mayores avances institucionales de nuestra sociedad han venido de la mano de procesos constituyentes. No es sino por un auténtico cambio en el sentido común y en la opinión pública que la II República se autodefinió como “Una República de trabajadores de todas las clases”.

Finalmente, tampoco debe descuidarse que todas las victorias de los trabajadores están íntimamente relacionadas con el reparto de trabajo y con la reducción de la jornada de trabajo. No se trata de romantizar ni al trabajo ni a los trabajadores, pues todos tenemos en cierta medida, derecho a la pereza. Vacaciones, fines de semanas, jubilación, etc. Todos ellos son derechos conquistados por la clase trabajadora.

En su obra Las Posibilidades Económicas de Nuestros Nietos, John M. Keynes apuntaba ya en el año 1930 a la posibilidad de una jornada semanal de quince horas, en un mundo donde el ocio tendría más centralidad que el trabajo. El viejo economista soñaba despierto y quizá nos pueda parecer ingenuo e idealista. ¿Pero no sería lógico que la humanidad avanzara hacia una era de menos horas de trabajo? ¿Por qué no se ha reducido el tiempo de trabajo? Y, peor aún, ¿por qué tantas personas no pueden satisfacer sus más básicas necesidades?

La reducción del trabajo y del tiempo de trabajo no responde a la evolución lineal de la sociedad. No es un fenómeno de la naturaleza, sino que se enmarca en un conflicto entre clases sociales. La existencia de un “ejército de reserva”, en términos marxistas, crea un exceso de oferta de fuerza de trabajo que reduce el coste de los salarios. Siempre hay alguien dispuesto a trabajar por menos para escapar de la miseria.

Por tanto, las posibilidades que nos ofrecen los avances tecnológicos para vivir una vida más ociosa, con más tiempo para nuestro desarrollo personal no se dan por sí mismas. Sin la intervención de las clases trabajadoras en el mercado laboral en una situación de mayor correlación de fuerzas, nada tiene porqué impedir que sigan existiendo jornadas maratonianas, que ponen en riesgo la salud mental o incluso la salud física.

Se debe dar la vuelta a la tortilla. La correlación de fuerzas desfavorable a los trabajadores puede mejorarse desde la intervención estatal, y esa es la tarea que pueden asumir las organizaciones que asuman el giro laborista.

Siendo conscientes que sería poco riguroso realizar una crítica a los partidos, sindicatos o movimientos sociales por no saber cómo superar la precariedad laboral existente y con la intención de ofrecer una aportación al debate sobre cómo avanzar posiciones en este escenario tan complejo hay dos ejes estratégicos de reforma que parecen fundamentales. En primer lugar, el fomento de una transición ecosocial que genere empleo de calidad, en sectores como el transporte público o la rehabilitación de viviendas. Acción que debe acompañarse de medidas más concretas como, por ejemplo, reforzar la Inspección de Trabajo, ya que en España apenas hay dos mil inspectores y son esenciales para garantizar derechos, especialmente en sectores precarios con poca sindicación. Y en segundo lugar, un segundo eje fundamentado en mejorar las condiciones de vida, con reducciones del tiempo de trabajo, compaginadas con subidas de los salarios mínimos y de los pactados en convenios colectivos. Y por supuesto, mejorando el acceso a las rentas garantizadas de ciudadanía, con una Renta Básica Universal en el horizonte.

Así pues, se da una paradoja por la cual la principal reivindicación del nuevo laborismo debe ser básicamente la de trabajar menos, es decir, dar la vuelta al enfoque actual sobre el trabajo. Porque al final, nuestra ambición ha de ser que las clases trabajadoras sean más felices.

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