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Una asignatura pendiente. Reseña de ‘El fin del control policial’

¿Qué se podría hacer más allá de esperar a que un día no exista la represión policial? ¿Qué pasos se podrían empezar a dar en este largo camino? Ivan Montemayor reseña el libro 'El fin del control policial', del sociólogo norteamericano Alex S. Vitale, donde se trata de responder a estas preguntas a partir del caso estadounidense.

Doctorando en Ciencia Política y Derecho
13/10/2021

El papel de la policía se está cada vez más en cuestión. La necesidad de una crítica al poder policial en los Estados Unidos se hizo patente a raíz de las protestas organizadas por el movimiento Black Lives Matter, derivadas de la brutalidad policial ejercida contra personas afroamericanas. A raíz de estas protestas, ganó relevancia el libro “El fin del control policial”, escrito por el sociólogo norteamericano Alex S. Vitale en 2017. El libro fue editado por Capitán Swing con un prólogo de Anaïs Franquesa, abogada penalista y cofundadora del Centre Irídia, organización catalana que lleva años desarrollando una impagable labor de denuncia de las vulneraciones de Derechos Humanos.

Además de la edición en castellano de Capitán Swing, este octubre ha llegado también la versión en lengua catalana editada por Tigre de Paper. Como explicaba Amadeu Recansens, después de la relevancia de los hechos vividos el 1 de octubre de 2017 y las protestas posteriores (especialmente en octubre de 2019), es natural que a una sociedad como la catalana le sea de interés la reflexión sobre el modelo policial.

Recurrentemente, Vitale destaca el fuerte vínculo entre lo militar y lo policial: Parte del problema procede de una “mentalidad de guerrero”. Los policías a menudo se ven a ellos mismos como soldados en una batalla contra los ciudadanos antes que como guardianes de la seguridad pública. Esta percepción de continuidad entre lo militar y lo policial se ve reforzada en el contexto norteamericano por la particularidad que muchos policías son veteranos de guerra y por la relación económica entre el complejo industrial-militar y la policía. Las mismas empresas que son proveedoras de armas por el ejército, también venden armamento a las diferentes fuerzas policiales, incluyendo material antidisturbios.

Quizás una de las mayores limitaciones del libro (que por otro lado es inevitable) es que sale en exceso del ámbito estadounidense. En el Estado Español, el nacimiento de la policía como cuerpo moderno de seguridad pública tiene que ver con el paso del Antiguo Régimen al Estado Liberal, un Estado que configuró como monárquico, capitalista y centralista. Siguiendo a López Garrido, la Guardia Civil aparece proyectado como un cuerpo a la vez estatal y local, que va del centro hacia la periferia y que estaba destinada a sustituir una fuerza poco controlable por el liberales moderados como era la Milicia Nacional. La Milicia Nacional era una fuerza urbana surgida en plena crisis del Antiguo Régimen, y jugó un papel muchas veces revolucionario. Cómo dijo una vez el presidente Estanislau Figueres, la Milicia Nacional es una bayoneta puesta al pecho del Monarca para que observe la Constitución.

Paradójicamente a lo que su nombre indica, la Guardia Civil es un cuerpo militarizado. Su cartilla fue redactada como una forma de disciplina, haciendo énfasis en el comportamiento público, el aspecto físico y el vestir de los Guardias, destinados a dominar los caminos y senderos de un territorio campestre. A la vez, en la famosa cartilla redactada en 1845 ya se indica un colectivo sospechoso que tiene que ser controlado: los gitanos. Sin duda, la cartilla de la Guardia Civil es un claro ejemplo del que el filósofo Michel Foucault denominó gubernamentalidad, la mentalidad del que gobierna.

Vitale autor critica duramente las reformas que las fuerzas progresistas estadounidenses hantratado de poner en marcha para democratizar la policía. Las critica por insuficientes y por no ser capaces de poner el foco en su papel de reproducción de las desigualdades sociales.

Se ha hecho tradicionalmente una división de los modelos policiales entre modelos gubernativos, profesionales y comunitarios. Una policía comunitaria, normalmente ligada a experiencias de policía local o metropolitana, sería aquella que tiene un fuerte vínculo con la comunidad, un vínculo vivo y que se vive de forma cotidiana. La policía surgiría de la propia comunidad para protegerla y no de un Estado que quiere gobernar un territorio. Ahora bien, si tiene que haber una relación orgánica entre la comunidad y las fuerzas policiales no podemos hacer otra cosa que preguntarnos: ¿quién es la comunidad? ¿Son solo los vecinos más antiguos y preocupados por la limpieza y la delincuencia juvenil? ¿Son solo los propietarios de pisos y los pequeños comercios? ¿Es la policía quién se pone al servicio de la comunidad o, por el contrario, es una instrumentalización de formas comunitarias para colaborar con las tareas policiales?

Ante estas criticas contundentes, ¿qué se podría hacer más allá de esperar a que un día no exista la represión policial? ¿Qué pasos se podrían empezar a dar en este largo camino? Vitale se moja: hay que acabar con la guerra contra las drogas, la criminalización de la prostitución, la violencia en las fronteras y mejorar de los sistemas públicos de salud, tanto física como mental.

Es especialmente relevante, a mí entender, como punto de partida útil a nuestro contexto político ser audaces y proponer una estrategia de regulación y despenalización de las drogas. Si bien en nuestro ordenamiento jurídico el consumo de drogas no está penado, la Ley de Seguridad Ciudadana (conocida popularmente como Ley Mordaza) ha supuesto una criminalización sin garantías del consumo de drogas. Si nos fijamos en los datos que ofrece el propio Ministerio del Interior referidos a 2019, de las 244.313 sanciones impuestas, hay 175.727 relacionadas con la tenencia y consumo de sustancias, relativas al artículo 36.16. Por lo tanto, la Ley de Seguridad Ciudadana supone una herramienta para llevar a cabo una guerra contra las drogas de forma más autoritaria, sin garantías y sin limitaciones, cuando un problema de estas características es más bien, como dice Vitale, un problema de salud.

La reforma que necesitaría la policía solo puede venir de reconstruir el sentido comunitario, en una definición de comunidad que sea integradora. Empoderar a las comunidades para que se regulen a sí mismas en un entorno de cohesión social, en tanto que las normas sociales que impone la comunidad con la que existen vínculos son más fuertes que las que intenta mantener el Estado. No es lo mismo fallar a los amigos que al ordenamiento jurídico. Al mismo tiempo, esta cohesión social tiene que surgir también de políticas públicas que expandan el bienestar social: salud, educación, servicios sociales y regulación de las condiciones de trabajo.

Todo esto lo podemos transportar al Estado Español. En el Estado hay más de 200.000 policías. Por otro lado, solo dispone de 1.866 inspectores de Trabajo y todavía no llega a superar los 2.000 inspectores de Hacienda. La disputa en el interior del Estado la ganan los aparatos policiales mientras el resto de administraciones públicas sufren fuertes problemas de infrafinanciación, envejecimiento de plantillas y carencia de personal.

En definitiva, el libro de Alex S. Vitale es un punto de partida más que necesario para hacer frente a una pregunta que muchas veces ha resultado ser una asignatura pendiente para la izquierda: ¿qué hacer con la policía? Y poco a poco entender qué reformas estratégicas se pueden emprender para desmilitarizar la policía, empoderar las comunidades y avanzar hacia un horizonte abolicionista.

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