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Unas cuantas cosas que (ya) no son como nos las quieren explicar o el mantra del lastre de la deuda pública

Lo que nos proponemos es plantear el escenario específico de crisis global en el que nos encontramos con algunas recetas específicas para eliminar el sufrimiento al que se está sometiendo a la población y sin cargarnos el planeta

Economista. Director de Innovación Social en el Ayuntamiento de Barcelona
Economista
25/01/2021

En los últimos meses algunos tabúes sobre las creencias del funcionamiento de las economías desarrolladas están siendo cuestionados por los comportamientos de los gobiernos y los bancos centrales y arrinconando el conjunto de ideas predominantes. Así, tres mantras han sido recurrentes en la descripción de la economía mundial desde hace décadas:

Japón. Llevamos décadas escuchando el grave problema del Japón. Después de una postguerra apoteósica en que se convirtió en la segunda potencia económica mundial, con su Ministerio de Comercio Exterior e Industria, ejemplo de política industrial estratégica, Japón cayó, después de una enorme burbuja inmobiliaria, en una larga etapa caracterizada por el bajo crecimiento del PIB, el envejecimiento de la población y un fuerte endeudamiento público. En cambio, cuesta leer entre los análisis del Japón actual que el paro sigue extremadamente bajo (y los japoneses siguen trabajando mucho), que todos los puestos de trabajo industriales que ha perdido porque la fábrica del mundo ha pasado a ser China los ha ganado en sectores relacionados con la economía del bienestar (educación, sanidad, dependencia) o con las nuevas tecnologías, y que, pese a ser el país más envejecido del mundo, su productividad por ocupado se mantiene muy elevada, su balanza exterior sigue superavitaria y su enorme deuda pública es sostenible porque es fundamentalmente interna: se la deben los japoneses a ellos mismos.

China. El crecimiento de China se nos dice que es insostenible porque entre otros problemas sus empresas y bancos estatales pierden mucho dinero constantemente. Pero nadie explica que para China lo importante es el crecimiento distribuido a base de seguir vendiendo productos por todo el mundo aún por debajo de su coste (solo hay que acercarse a los inacabables bazares chinos o a las grandes superficies cuando hacen importaciones masivas de electrodomésticos). Las pérdidas las cubren emitiendo dinero para recapitalizar las empresas y los bancos. Y China sigue creciendo, industrializándose y entrando con fuerza en los servicios avanzados y manteniendo un superávit exterior enorme obteniendo divisas de otros países avanzados y prestándoselas a los países en desarrollo. Con esta visión alejada de la ortodoxia, China salió reforzada de la crisis del 2008 y parece que lo saldrá de nuevo con la actual.

Estados Unidos. El contador digital de la enorme deuda pública estadounidense visible en una calle céntrica de Manhattan sigue mostrando un gran crecimiento y a principios de diciembre ya superaba los 27 billones de dólares. El marcador lo instaló un intermediario inmobiliario para concienciar de la enorme carga de la deuda pública sobre las generaciones futuras.  Lo hizo en 1989, cuando la deuda era 10 veces menor que la actual. Incluso hace unos años la preocupación se redobló porque buena parte de las emisiones de deuda americanas (sus Bonos del Tesoro) estaban en manos de China, acumulados con los enormes superávits comerciales que China mantenía (y mantiene a pesar de los enormes esfuerzos de Trump) con EEUU. Todos los gobiernos republicanos desde Reagan han realizado políticas de reducción de impuestos y de aumento del gasto, incrementando el déficit (la curva de Laffer parece que no funciona con los gobiernos que la defienden –tampoco en España-) y no parece que la economía (al menos la macroeconomía) se haya resentido: ni las generaciones futuras opinan ni las actuales ahorran más para pagar impuestos futuros.

Las tres situaciones se combinan con una cuarta, la nueva versión de la euro-esclerosis de los años 80, en donde la unión monetaria sin unión fiscal lo único que ha conseguido es convertir la Eurozona en una zona dual centro-periferia en la que los países del sur están atados de pies y manos por una moneda sobrevalorada combinada con carencias a nivel productivo que generan déficits externos para los que la única receta oficial hasta hace bien poco han sido las políticas austeritarias de devaluación competitiva que solo les sirven para prolongar el sufrimiento de sus clases bajas, potenciando un modelo low-cost. Una lógica casi de comportamiento metrópolis-colonias, como la que aún sucede con el franco CFA en África.  

Estas políticas se han combinado con el cambio radical experimentado de las políticas monetarias del BCE, en donde se abandonó el dogma estatutario de objetivo único de mantener la inflación alrededor del 2% por el de salvar a los bancos y a los países con déficits públicos muy grandes. El último estoque a la arquitectura diseñada con el euro se ha dado en los últimos meses cuando los propios países que lideraban la austeridad decidieron levantar las obligaciones de control del déficit público ante la debacle provocada por la paralización de la actividad económica como medida para afrontar la pandemia. Y a pesar de ello, y contra todo pronóstico del pensamiento ortodoxo tenemos tipos de interés negativos e inflación negativa o por debajo del 2% de manera permanente. 

La euro-esclerosis de los 80 fue la continuación a la estanflación de los 70, cuando las sociedades avanzadas reaccionaron mal a las crisis de oferta por la subida del petróleo y otras materias primas. No quisieron aceptar el empeoramiento de la relación real de intercambio o lo que es lo mismo, el empobrecimiento de la población. Pero en este caso la inflación no fue un fenómeno monetario, sino una lucha entre empresarios y trabajadores por el reparto del empobrecimiento que suponía la subida de precios de las materias primas. 

¿Cuál es el nexo común entre los cuatro casos que se han demostrado manifiestamente falsos, pero que están incrustados en el pensamiento de la mayoría de economistas ortodoxos, con responsabilidades en las instituciones, en los partidos con capacidad de gobierno, en los think-tank mejor financiados o en los medios de comunicación ya sean masivos y especializados? La respuesta es la no comprensión de los mecanismos reales del funcionamiento del dinero y de la deuda. 

La inmensa mayoría de economistas hemos estudiado economía bajo cuatro ideas básicas o dogmas sobre el dinero y la deuda:

  1. El dinero se crea a partir del ahorro.
  2. Las deudas se devuelven siempre.
  3. Si se imprime dinero siempre se genera inflación lo cual destruye la economía y acaba en guerra o revolución
  4. El gasto público que se financia con deuda en el presente deberá devolverse con más ahorro en el futuro

El corolario no monetario de las cuatro ideas también lo escuchamos o leemos a menudo,  y que básicamente se resume en dos ideas:

  1. Los estados deben comportarse como las familias
  2. La mejor política social es crear empleo con independencia de su calidad

Cada uno de estos puntos y de los paradigmas citados arriba dan para un capítulo de un libro o de varios libros. Unos cuantos autores heterodoxos tanto post-keynesianos como marxistas, entre los que están los defensores de la Teoría Monetaria Moderna (heredera de las ideas de Knapp e Innes) ya llevan tiempo escribiendo sobre estos temas. Lo que nos proponemos es brevemente plantear el escenario específico de crisis global en el que nos encontramos con algunas recetas específicas para eliminar el sufrimiento actual al que se está sometiendo innecesariamente a la población y sin cargarnos el planeta (lo que sería someter a casi toda la población a un sufrimiento futuro). 

En primer lugar tenemos que recordar que el valor último de una moneda depende de su aceptación por parte de quienes producen bienes y servicios o quienes poseen activos reales como compensación por traspasar su propiedad o servicio al adquirente que compra o alquila temporalmente de estos bienes, servicios o activos. En la práctica esto significa que cuantos más vendedores lo acepten mayor serán el valor de esta moneda. Este valor puede reforzarse de cuatro maneras:

  1.  Porque la moneda sirve como pago en contratos monetarios e impuestos (unidad de medida) y además existen instituciones y costumbres que hacen que haya suficiente seguridad jurídica, confianza y fuerza coercitiva como para pensar en que esto continuará así.
  2. Porque la moneda sirve como un activo bien posicionado en relación a otras monedas (depósito de valor).
  3. Porque la moneda tiene una cuota de mercado relevante en el mercado comercial y financiero internacional (sirve de medio de cambio de mercancías y activos financieros).
  4. El cumplimiento de una o varias de estas condiciones puede ser suficiente para mantener su aceptación. En caso contrario, la moneda podría ir perdiendo valor, manifestándose de la forma más evidente por su devaluación real frente a otras monedas de curso legal o por la inflación frente a bienes, servicios o activos reales. 

Con estas premisas queremos proponer algunas tesis sobre el funcionamiento de las economías nacionales en el sistema actual. Estas tesis empiezan a estar ampliamente aceptadas por separado, aunque sea por resignación ante la evidencia.

Los gobiernos de las economías nacionales con pleno control de su moneda soberana  gastan sistemáticamente más que no ingresan. La financiación de los déficits se realiza emitiendo deuda soberana que es comprada por inversores o monetizada por su banco central. 

La creación monetaria es realizada por la propia banca privada mediante apuntes contables en el activo y el pasivo al conceder créditos a empresas y familias. La única restricción son las reservas mínimas que deben tener los bancos. Estas reservas pueden crecer indefinidamente con ampliaciones de capital privadas o inyecciones de capital público. Otra vía de creación monetaria es el caso de la deuda soberana, cuyas emisiones los bancos suscriben con créditos del propio banco central si hace falta. Es una monetización de la deuda pública.

La parte de los tenedores de deuda publica de inversores reales (fondos de inversión de particulares o empresas con excedentes de liquidez) se va reduciendo paulatinamente de manera que actualmente solo una tercera parte de la deuda pública española la detienen estos inversores. El resto está en los balances de los bancos, del Banco de España o del Banco Central Europeo. 

Todo el mundo puede tener sus necesidades básicas cubiertas porque existe suficiente capacidad mundial para producir los bienes y servicios necesarios para cubrirlas. Esto incluye los países del tercer mundo, como los informes del Banco Mundial de 2018 y 2020 han demostrado. La capacidad productiva industrial ocupada en España está ahora cercana al 70%, por ejemplo. Y a nivel mundial, según la ONU, alrededor de un tercio de los alimentos producidos cada año se pierden o se desperdician, lo que cuesta a la economía mundial un 1 billón de dólares al año. Solo esta cantidad supera la mitad de lo que costaría financiar una Renta Básica en todos los países de ingresos bajos o medios, según cálculos del Banco Mundial.  

Para hacer efectiva esta capacidad y que alcance a todo el mundo no parece existir otra solución que la misma que se aplica para la sanidad y la educación: su universalización a través de una Renta Básica incondicional que supere todos los problemas de las transferencias condicionadas. 

La RB se puede pagar y financiar de diversas maneras, en función de la situación específica de cada país. Algunas posibilidades son su pago total o parcial en moneda de curso legal, su pago parcial en especie o su pago en moneda complementaria; su financiación puede ser con impuestos y tasas sobre ingresos, actividades o patrimonios, con ahorro en otras prestaciones directas o en otros gastos (como los sanitarios o de delincuencia), por el efecto multiplicador fiscal del nuevo gasto neto (mayor gasto de los hogares implica mayor recaudación fiscal), o mediante déficit, financiado con deuda o con creación de moneda.

Si el déficit para pagar la Renta Básica o cualquier otra necesidad de gasto público (sanitario, educativo, dependencia, vivienda, etc) se financia con deuda pública y esta se monetiza directa o indirectamente con una expansión cuantitativa de los bancos centrales, el límite de la monetización es exclusivamente uno: el riesgo de inflación descontrolada. La inflación puede llegar por dos vías: por una pérdida de confianza de la moneda en los mercados internacionales que la devalúe de manera importante porque los inversores quieren deshacerse de ella o porque se superen los límites de la capacidad productiva y se responda a un exceso de demanda con incrementos de precios o con incrementos de costes salariales en los sectores de mercado no sujetos a la competencia exterior. El desencaje entre capacidad productiva y demanda también se puede producir por boicots económicos internos ya sea reduciendo adrede la producción o acaparándola de manera especulativa. 

El punto anterior tiene consecuencias importantes sobre algunos paradigmas económicos predominantes como son el rol de los multiplicadores keynesianos, que pierden parte de su justificación en política económica, ya que, en caso de recesión, para reactivar la economía con un gasto o inversión pública por encima de los ingresos fiscales no haría falta justificar que el déficit generado se compensará con los nuevos ingresos fiscales con el incremento de actividad. No hacen falta nuevos ingresos fiscales si el déficit se monetiza. O, su visión inversa, la de la equivalencia ricardiana en la que se basaba la teoría de las expectativas racionales o de la austeridad expansiva por la que los efectos positivos de los déficits fiscales se anulaban a medio plazo debido a que implicaban incrementos de impuestos futuros para pagar las deudas generadas. 

Llevamos meses leyendo artículos de economistas de cabecera deprimidos porque prevén un desastre económico que durará generaciones debido al sobreendeudamiento público (más de 300.000 millones adicionales en los próximos años en España según las últimas previsiones del Banco de España). Su teoría es que el Estado deberá estar recortando gasto e inversión pública e incrementando los impuestos de manera ininterrumpida durante años o décadas para poder devolver la montaña de deuda generada, como cuando Alemania se le impuso pagar los costes de su derrota después de la Primera Guerra Mundial. 

Si España y el resto de países de la zona euro(…) decidieran no pagar esta deuda, o sea, se declararan en default frente al BCE, ¿a quién perjudicaría? La respuesta es a nadie.

Pero ¿a quién hay que devolverle la deuda? En estos momentos toda la deuda pública que vence y la nueva que se emite la están comprando los bancos centrales nacionales o el BCE (que es lo mismo en la práctica) o los bancos privados de la zona euro con recursos que les presta el BCE. Si España y el resto de países de la zona euro cuya deuda está siendo adquirida por el BCE decidieran no pagar esta deuda, o sea, se declararan en default frente al BCE, ¿a quién perjudicaría? La respuesta es a nadie. No habría inversores perjudicados, no habría ahorradores que se quedarían al pairo. Este es el gran cambio sucedido desde la eliminación del patrón oro o de cualquier referencia de las monedas de curso legal a algún bien colateral que le garantice el valor. El valor del euro es su legalidad y capacidad de exigir el pago de impuestos y otras obligaciones en ellos así como su demanda mundial (exportaciones en euros) frente a la demanda de importaciones en otras monedas. Desde hace casi una década la balanza exterior de la zona es claramente superavitaria.

El resumen es que el gasto público se puede pagar con emisión de moneda y que, si la deuda generada con déficits públicos es comprada por bancos de la zona monetaria o por los propios bancos centrales, esta deuda no genera ningún problema futuro. Y como corolario, ha de quedar claro que los bancos centrales nunca pueden quebrar a no ser que se genere una hiperinflación –quebraría la moneda-.

En este caso, ¿cuál es el rol de los impuestos?. Lo explicaba de manera claridividente en 1945 Beardley Ruml, director de la reserva federal de Nueva York. En un sistema monetario fuera del patrón oro, los impuestos pierden su razón de ser como recaudadores para financiar el gasto público pero mantienen sus otras razones, en especial la función redistributiva (sobretodo los impuestos sobre la renta y la riqueza, que evitan la concentración creciente de la riqueza en unos pocos), la función correctora de conductas con externalidades negativas (como los impuestos ambientales) o para reducir las importaciones y combatir el dumping social o fiscal exterior.

Por lo tanto ¿cuáles deberían ser los objetivos estratégicos y macroeconómicos del gobierno económico de un país como el Reino de España? En primer lugar, olvidarse del déficit y la deuda pública moderada como bien a preservar.

El único objetivo monetario es mantener a raya la inflación para evitar riesgos de hiperinflaciones que destrozan el funcionamiento normal de la economía. Curiosamente es el mismo que tiene ahora el BCE, con la diferencia que los mecanismos de transmisión de la política monetaria y toda la ideología que hay detrás que sigue mostrando el BCE en sus informes y videos pedagógicos han quedado obsoletos. 

Para controlar la inflación se necesita mantener una moneda estable y ello se consigue con una economía equilibrada o superavitaria con el resto del mundo y sin “calentar” la economía interna.  

La creación monetaria también ha de servir para financiar de manera urgente (urgente pero eficaz) la transición a una economía de emisiones cero o negativas, eliminando la dependencia de los combustibles fósiles y reduciendo los consumos energéticos y de materiales de todo tipo. Es la segunda limitación de la expansión cuantitativa: no puede servir para seguir en la senda de la destrucción del planeta. Esto no implica paralizar la actividad económica sino decrecer en lo insostenibe y crecer en lo sostenible y necesario: educación, economía de los cuidados, cultura, investigación, etc…

Una  economía equilibrada en un equilibrio alto, basado en buenos salarios y prestaciones sociales de país avanzado, se consigue siendo competitiva a nivel internacional en los bienes y servicios sometidos a la competencia internacional mediante  I+D+i, financiada con recursos públicos y campeones nacionales en innovación con recursos humanos talentosos y apertura a los mercados internacionales. El Reino debe triplicar su inversión en I+D+i e incrementar su inversión en educación para conseguir dar este salto de equilbrio bajo (país low cost) a equilibrio alto. El dinero, bien administrado, no ha de faltar. 

El primer objetivo de la economía es gestionar los recursos existentes para garantizar el mayor bienestar posible de la población. Es obvio que esto ni se estaba consiguiendo ni que se va a conseguir bajo la dictadura de la deuda. Los niveles de pobreza en un país rico como el nuestro son escandalosos, como lo es la preocupación porque ni un falso pobre acceda a la protección social, lo que provoca que millones de pobres queden fuera de la misma. 

El fracaso estrepitoso del Ingreso Mínimo Vital es una muestra de la confluencia de todos estos pensamientos erróneos que nos han llevado donde estamos y obviamente no van a mejorar la situación futura de la población vulnerable: muchos pobres no lo son y hay que gastar lo mínimo en ellos, no podemos endeudarnos en sacar de la pobreza a la gente y lo que tienen que hacer es trabajar como sea, que es lo único que justifica su existencia en el mundo y su derecho a recibir ayudas.  

Con respecto a esto último si bien parte de lo que hemos explicado sobre política monetaria coincide con los postulados de la Teoría Monetaria Moderna, tan denostada por el mainstream económico -pero a veces con escasa argumentación y aún menos capacidad de autocrítica de la defectuosa modelización ortodoxa-,  en nuestro país se ha utilizado para impulsar la fórmula del trabajo garantizado para todo el mundo que desee trabajar como fórmula moral-trabajista para garantizar que todo el mundo tiene derecho a cubrir sus necesidades básicas. Es obvio que en un país con paro endémico como el nuestro (récord entre los países ricos en los últimos cuarenta años) es imposible solucionar exclusivamente la pobreza con un macro-plan de ocupación para millones de personas.

Ante la decadencia económica y la catástrofe social que hemos sufrido y que sufriremos si los talibanes de la deuda siguen mandando es imperativo salirse del euro.  

Sería imposible de gestionar y  seguramente nos provocaría más insostenibilidad ecológica. Solo una Renta Básica puede garantizar desde el minuto cero esta cobertura de las necesidades, combinado con un reparto de los trabajos existentes y con la cobertura de las necesidades de producción social y ecológica, creando puestos de trabajo solo allá donde sí sea necesario, sin crecer ni emitir más que lo estrictamente necesario. La vía trabajista para el bienestar no tiene ningún sentido.

Todas estas políticas deben y pueden desarrollarse sea dentro de una moneda común como el euro o con una moneda propia. Si el entramado de intereses políticos del euro, que incluye la relación de subordinación centro-periferia mencionada antes, le prohíbe realizar la monetización de la deuda a nuestro gobierno, debe quedar claro que ante la decadencia económica y la catástrofe social que hemos sufrido y que sufriremos si los talibanes de la deuda siguen mandando es imperativo salirse del euro.  

En el caso del Reino de España, con los flujos exteriores equilibrados y una deuda exterior asumible, incluso la privada, debería ser posible a un coste razonable, en cualquier caso muy inferior a seguir en la senda suicida de la austeridad. De hecho, el estado podría compensar en caso de devaluación a las empresas perjudicadas con más préstamos o inyecciones de capital financiados con la nueva moneda. Y si aún se considerara demasiado arriesgado salir del euro, una opción intermedia sería explorar la coexistencia del euro como moneda de intercambio internacional junto con una moneda nacional complementaria, con la que se pueda exigir el pago de impuestos nacionales y garantizar su valor de cambio. Esto permitiría mantenerse en la zona euro y que todo el montón de deuda soberana durmiera eternamente el sueño perpetuo en los balances de los bancos centrales y privados de la zona.

Si el BCE no opta por este tipo de políticas de manera estructural y no solo como respuesta coyuntural al cataclismo de la pandemia, está claro que el Reino de España tiene un problema irresoluble para salir en el futuro de la situación con un mínimo de justicia social y ecológica, además de que nos condena a ser un país de segunda.

Solventado o encauzado el tema de la deuda pública sigue quedando pendiente el tema de la deuda privada. No es el objeto de este artículo, pero sí que puedo anticipar que no tiene sentido dejar caer empresas o ciudadanos endeudados antes y después de la COVID, y que por lo tanto el ICO u otros instrumentos de financiación pública deben tener la ilimitada capacidad de salvar aquello que tenga futuro en un marco de sostenibilidad para mantener o transformar la estructura productiva del país. Se pueden pensar diversas estrategias de ayuda según el destinatario de la misma: capitalizaciones de empresas, refinanciaciones. Y en el caso de las familias, compras de inmuebles totales o parciales, con establecimiento de usufructos u otras formas que eviten el desahucio.

Anexo. Un ejemplo de la inutilidad de los recortes y el sufrimiento por el COVID.

La crisis de la COVID ha paralizado el turismo internacional hacia España. La planta de establecimientos turísticos se ha visto seriamente afectada, así como los servicios y prestaciones complementarios (restauración, actividades lúdicas, viajes, etc…). No sólo eso, sino que el IMSERSO ha anunciado la eliminación del programa de vacaciones para jubilados, lo que representa dejar de vender 900.000 plazas. Esto generará más paro y mayores dificultades a los hoteles que recibían a nuestros jubilados. 

Según la Encuesta de Condiciones de Vida un 33% de los hogares españoles no pueden hacer ni siquiera una semana de vacaciones al año porque no tienen ahorros o recursos para pagárselos. Esto son más de 6 millones de hogares. Si el estado les pagara las vacaciones 15 días o 3 semanas, podrían haber compensado la bajada del turismo internacional. ¿Qué implicaciones hubiera tenido para las cuentas públicas? El coste de las estancias y los viajes menos el incremento de la recaudación impositiva y la reducción de los ERTEs y subsidios de paro y otras ayudas. El coste hubiera sido prácticamente nulo y si fuera positivo se podría haber financiado perfectamente con deuda pública comprada por los bancos. Macroeconómicamente: ¿hubiera subido la inflación? , no lo parece, puesto que se están usando activos ociosos, ya sea humanos o inmobiliarios, y el avituallamiento de los hoteles subsituiría al de la gente en sus casas. A nivel externo, ¿generaría un desequilibrio exterior insalvable? Tampoco lo parece, el sector más afectado serían las importaciones energéticas (más consumo de combustible) y servicios de compañías áereas extranjeras por la parte del transporte a los destinos turísticos insulares sobretodo. 

Este mismo razonamiento se puede aplicar a otros sectores profundamente afectados por la pandemia. 

Sector cultural. El ayuntamiento de Barcelona ha creado unos bonos cultura por los que subvenciona con 10 euros la compra de 40 euros de bienes y servicios culturales. Los 10 euros los paga con su presupuesto municipal. La pregunta es ¿Por qué no los 40 euros y los financia con deuda? Si fueran para ir al teatro, a exposiciones y museos, a conciertos, a comprar libros, a recibir cursos de cualquier tipo, etc… el 95% o más  del coste se realizaría en Barcelona. ¿Sería inflacionario? No si se gestiona adecuadamente para que no suban los precios de las entradas o de los libros más solicitados. ¿generaría un déficit exterior? No de manera excesiva si se enfoca adecuadamente el gasto hacia consumo cultural de proximidad. 

Dependencia y cuidados: El ayuntamiento de Barcelona ha empezado una experiencia de canguros/cuidadores de niños 4-12 para ayudar a los progenitores a conciliar su vida laboral y familiar. Esto es especialmente útil si se producen cierres de aulas porque se han detectado casos de COVID. Los servicios de canguros se pueden realizar en los propios domicilios o en equipamientos públicos o de entidades (centros cívicos, bibliotecas, etc) con monitores en paro, etc. No parece que esto vaya a generar mucho gasto adicional más allá de pagar sueldos (en la escala baja, desafortunadamente) puesto que las casas y los equipamientos ya existen. Lo mismo ocurre con espacios de crianza para niños de hasta dos años que no pueden ir a la guardería (porque no hay plazas o no encajan los horarios). Se pueden reutilizar otros espacios (por la mañana) o las propias guarderías (fines de semana o tardes). Y lo mismo ocurre con la atención a la dependencia. Una persona con cuidados de atención domiciliaria recibe entre 1 y 3 horas de servicio en día laborable, lo cual es absolutamente insuficiente según la situación. Se podrán incrementar los cuidados y reconvertir parte de la plantilla hotelera a este tipo de servicios, con un coste mínimo en términos de materiales e impacto exterior.

Educación: el falso desdoblamiento anunciado de las aulas se podría haber solucionado con una combinación de profesores, de estudiantes de carreras de ciencias de la educación y de monitores, combinando clases presenciales con aulas con seguimiento on-line en equipamientos como bibliotecas u otros sitios. 

Médicos y enfermeras de primaria. No hace falta señalar las carencias que estamos sufriendo para atender a las residencias de ancianos y a los ciudadanos corrientes.

Servicios públicos administrativos: el desastre que estamos viviendo con el colapso de las diferentes administraciones que gestionan todo tipo de burocracias imprescindibles para ejercer derechos es enorme. Y básicamente se resume en falta de personal formado. Se podrían doblar o triplicar la capacidad física de atención extendiendo horarios a tardes y sábados y con turnos de vacaciones bien programados, además de los trabajos que se pueden hacer telemáticamente. 

El resumen es que todos los servicios no de mercado con carencias de calidad (insuficiencia de recursos humanos, listas de espera, etc…) o servicios de mercado de proximidad no sujetos a la competencia exterior pueden ser financiados directamente por el Estado mediante deuda y sin un peligro inflacionario evidente. Una parte significativa del gasto tiene un retorno fiscal directo (en mayores ingresos o en ahorros en prestaciones) y solo debería preocuparnos el efecto sobre las cuentas exteriores (que puede ser compensado con una reducción de las importaciones energéticas y de otros bienes y servicios prescindibles, mediante adecuadas restricciones o incrementos de los impuestos ambientales o sobre el consumo necesarios) y con un incremento de las exportaciones competitivas de bienes y servicios (de mayor calidad, o sea con mayor componente de I+D+i si es posible) gracias a una mayor inversión pública en dar apoyo a las empresas a nivel internacional (con medidas en las que no se nos pueda acusar de dumping). 

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