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Zemmour: el trumpista nacional-católico que aspira a la presidencia de Francia

Quién es Éric Zemmour? Qué ha supuesto su entrada en la política francesa? Forma parte de una ultraderecha estilo Le Pen? El politólogo Alejandro Pérez nos habla de este figura, de su trayectoria y de las características de su proyecto político.

08/10/2021

Éric Zemmour ha irrumpido con muchísima fuerza en los sondeos para las presidenciales francesas, llamando la atención de propios y extraños. Polemista, escritor de enorme éxito, judío hijo de pieds-noirs, es un personaje mediático desconocido fuera de las fronteras de Francia. Enfant Terrible de la derecha francesa, sus postulados políticos no son fáciles de clasificar y pueden llevar a confundir a más de uno. Es un bonapartista que reconstruye un hilo de la derecha francesa desde Napoleón hasta De Gaulle, siempre leyéndolos en sus vertientes más nacionalistas y racistas. Es un producto 100% francés: imposible de exportar a otras latitudes.

Antes de iniciar el análisis en profundidad, es importante subrayar que Zemmour aspira a refundar la derecha francesa. No busca un rincón de ningún tablero. De hecho, una de las razones que ha esgrimido como motivación para presentarse finalmente a las elecciones es que considera que Le Pen tiene un apellido y un partido asociados a la ultraderecha francesa, lo que le imposibilitaría acceder a la presidencia.  Macron estaría cómodo contra una Le Pen en segunda vuelta, pero contra un Zemmour la historia no estaría escrita.

La guerra de civilizaciones: nodo de su pensamiento político

Zemmour es un pied-noir. Este elemento biográfico es fundamental para comprender su pensamiento. La independencia de Argelia en 1962 fue un trauma nacional para Francia, equiparable al trauma que sufrió España en 1898 con la pérdida de Cuba. El punto final al gran imperio francés que fue motor de su prestigio internacional en el siglo XIX, así como de su proceso de construcción nacional.

Para Zemmour, es evidente que la decadencia de Francia empieza en esta fecha. Hace tan solo unos días, twitteaba sobre el famoso partido entre Francia y Argelia de hace 20 años volviendo a abrir la herida que sigue sin cerrarse entre ambos países:

Zemmour entiende que le arrebataron su patria nacional (Argelia era francesa, él era un francés en Argelia) y ahora quieren arrebatarle su “patria” religiosa: el cristianismo. Esta doble amenaza en lo más profundo de su identidad es lo que configura su odio intuitivo contra el islamismo y todo lo que guarda relación con el Islam. Zemmour se inscribe en la lógica de la guerra de civilizaciones, piensa que el islamismo es una amenaza civilizatoria para Occidente y que tendría el proyecto político de invadir/colonizar Francia y el conjunto de Europa.

Es importante detenerse en este punto para observar las diferencias con Le Pen. Para Zemmour, el islam y la inmigración no son un problema social, sino un enemigo político del Estado. Asume una lectura según la cual hay una guerra civil en marcha en suelo francés. De hecho, en el debate con Mélenchon, éste le acusaba de querer una guerra civil en Francia y Zemmour respondía que la guerra ya estaba aquí: “¿Como llamáis un país dónde se mata un policía degollándolo? Yo eso lo llamo guerra civil, empieza por abajo y sube».

Su visión entronca con la propia autopercepción del país, golpeado duramente por el terrorismo durante los últimos 8 años de forma bastante sostenida. Esto ancla su discurso a una realidad perceptible. Aquí no hay xenofobia de tres al cuarto estilo VOX: hay islamofobia pura y dura.

En un tono muy heideggeriano, habla de la angustia existencial del pueblo Francés y la necesidad de una reafirmación judeo-cristiana y blanca de Francia frente a la amenaza del Otro bárbaro (el Islam). No sin cierta provocación, Zemmour afirma que es “Francés antes que republicano” y lo que le inquieta es la salud del alma francesa así como la protección de la pureza de la identidad francesa ante las amenazas del exterior.

Apuesta por una asimilación de los extranjeros de forma brutal y total, negándoles incluso la posibilidad a los padres de poner nombres extranjeros a hijos e hijas. Insisto, todo esto inscrito más que en un racismo decimonónico, en un estiramiento hasta sus extremos de la concepción de la guerra entre civilizaciones. Este tipo de postulados ya están ampliamente desarrollados por los gobiernos polaco y, sobre todo, el húngaro así como el nuevo Fratelli d’Italia, que también aspira a ganar la presidencia italiana. Es una línea distinta a los soberanismos populistas de extrema derecha (Le Pen o Salvini).

Trumpismo a la francesa

Una vez desbrozado el eje principal que está poniendo a Zemmour a la cabeza de las derechas francesas, toca analizar su propio liderazgo y el resto de los elementos que configuran su propuesta política.

Zemmour es un outsider y, al estilo de Trump y tantos otros líderes de ultraderecha contemporáneos, se postula como una persona que no depende de la política para vivir. Carga constantemente contra el resto de aparatos de partidos a los que acusa de algo así como “casta” y las derivas burocráticas del Rassemblement National y de Les Républicains. Un ataque ya clásico que en el modelo político francés tributa al alza, pues es un modelo semi-presidencialista y ya tenemos el precedente del propio Macron como “outsider” de los partidos con capacidad de conquistar el Elíseo.

Estamos atravesando un momento de profunda crisis de los regímenes liberales occidentales donde cualquier tipo de liderazgo que se presente como outsider logra prender la mecha popular y electoral. Zemmour lleva lejos este principio y acusa incluso a Le Pen de derivas “izquierdistas” porque piensa en clave politiquera y no de política. Los políticos y lo politiquero como enemigo a batir. De hecho, una de las diferencias principales en el plano económico con Le Pen es el retraso de la edad de jubilación. Zemmour defiende los 64 años mientras Le Pen avanzarla a los 60 (como Mélenchon). Pero volveremos a ello un poco más adelante.

Otro punto que conecta a Trump con Zemmour es la visión compartida de la sociología política de la que parten: la unión entre las clases populares y la burguesía patriota. Nos inscribimos pues en la lectura de que hay perdedores y ganadores de la globalización, y Zemmour, al igual que Trump, se postula con los perdedores bajo una visión orgánica de la nación (sin conflicto de clases), trasladando este conflicto al ámbito de las naciones. Defiende, al igual que Trump, el libre mercado sin fisuras, de hecho es lo único que salva de la construcción europea. Estamos, en este punto, ya muy lejos de Le Pen que llegó incluso a defender la salida del Euro y la vuelta al Franco.

Por último, pero ya mucho menos original, está la ya consabida carga contra la “dictadura progre”, elemento común a todas las extremas derechas occidentales. La ideología feminista y LGTBI habría contaminado nuestros cuerpos nacionales e instaurado una cultura de la cancelación que nos hace menos libres, menos hombres etcétera. En este punto, no hay nada nuevo en Zemmour.

Refundar la derecha francesa para resolver la tensión soberanía-globalización

Llegados a este punto del análisis, toca identificar por qué Zemmour podría llegar a segunda vuelta e, incluso, disputarle la presidencia a Macron. Pese a que existe una creencia de una ola reaccionaria masiva en todo el mundo occidental, lo cierto es que los proyectos que están ganando todas y cada una de las elecciones presidenciales o generales son los laboristas y socialdemócratas.

La socialdemocracia ha hecho un profundo análisis de su papel en la gestión de la crisis de 2008 y ha incorporado numerosas medidas, lenguajes y programas de su izquierda. De esta forma, a partir de la llegada a la presidencia española de Sánchez en 2018, han ido cayendo todos y cada uno de los países. Por primera vez en 60 años, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suecia, Islandia están gobernados por socialdemócratas. Y en Alemania, el SPD ha vuelto a ganar unas elecciones 15 años después. Ahora mismo, en Europa Occidental, la democracia-cristiana solo gobierna Austria. Quien está realmente en crisis es la derecha conservadora, incapaz de ganar elecciones.

Zemmour es, en realidad, una síntesis entre la ultraderecha y la derecha conservadora clásica. Es cierto que sus proclamas y su biografía de polemista le situarían dentro de un espacio ultra-reaccionario, pero en realidad no es así. Él se define como bonapartista y gaullista y, en cierto modo, es así. Teje un nuevo hilo desde esa tradición política francesa hasta adaptarlo al contexto actual.  De hecho, hasta recoge declaraciones de Chirac sobre la incompatibilidad entre el Islam y Francia, situándose claramente en el espacio de la derecha tradicional y rehuyendo del espacio ultra representado por Le Pen.

La disputa principal del siglo XXI es la soberanía. Es esta disputa -y no otra- la que ha roto a las izquierdas y a las derechas. Desde Trump en los republicanos hasta Salvini o Abascal, pasando por Mélenchon, los verdes, el Brexit, el independentismo catalán… todo está atravesado por esta tensión entre soberanía y globalización.

Probablemente, la forma que la derecha tiene de resolverlo es hacer algo al estilo de Hungría (que, por cierto, Ayuso ya está ensayando). Intervención del Estado para proteger a familias, fomentando la natalidad y a ciertos sectores económicos combinado con un libre mercado en el resto de áreas (bajada de impuestos a las rentas altas, flexibilización laboral etc). Zemmour se inscribe en esta vía inspirándose en Trump y en un cierto nacionalcatolicismo que hacen del personaje alguien original en la política francesa. No es un soberanista al uso como Le Pen, tampoco un ultra-liberal como Bolsonaro, es una conjunción de todo ello fuertemente marcado por una supuesta guerra de civilizaciones en curso. Al final, sin embargo, la propuesta general no deja de ser defensiva. Aquí no hay una ofensiva o una afirmación en positivo de Francia o la soberanía, tampoco una visión republicana de la nación. Estamos ante un producto puramente defensivo, que denuncia mucho y que se reclama guardián de las esencias: blancas, judeocristianas y francesas.

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